El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

El gran masturbador
Lo que me ha movido a escribir este artículo (y lidiaré con la supuesta vergüenza que deba sentir por ello) es otro asunto. El 9 de noviembre de 2017, otro escándalo recorrió como la pólvora los hilos indignados de publicaciones, informativos y redes sociales. Mi adoración por el artista y ser humano al que se dirigían las revelaciones me afectaron de forma profunda. La distribuidora The Orchard decidía cancelar el estreno comercial del tercer largometraje de Louis C.K., I Love You, Daddy (2017), ante las revelaciones de las humoristas Julia Wolov y Dana Min Goodman a “The New York Times” acerca de cómo el cómico tiempo atrás se había desnudado y masturbado delante de ellas. También las comediantes Abby Schachner y Rebecca Corry dieron testimonio de episodios similares, con o sin su permiso (Schachner sostiene que se masturbó cuando mantuvieron una conversación telefónica). Los hechos no tipifican como delito sexual, pero desde luego sí como conducta abusiva ejercida desde una posición de poder. Entendí que la ambivalencia de los hechos, por más condenables y perturbadores que fueran, no se correspondía con las reacciones y los juicios sumarísimos que se sucedieron. Detecté un cierto olor a sangre en el aire.

Bajo los criterios mediáticos sensibilizados ante la oleada de denuncias de abusos sexuales que recientemente habían implicado a figuras destacadas de la industria de Hollywood con carácter retroactivo, generando una corriente masiva de repugna y desprestigio profesional, Louis C.K. se convirtió ipso facto en un monstruo indeseable y condenado al ostracismo, el linchamiento y el deshonor públicos. Al día siguiente, el comediante neoyorquino reconocía que las acusaciones eran del todo ciertas, que había utilizado su poder “de forma irresponsable” sobre unas mujeres que le admiraban, que se arrepentía profundamente y pedía disculpas por ello. En menos de veinticuatro horas se sucedieron las penalizaciones: las compañías FX Networks y FX Productions rompían cualquier vínculo o asociación comercial con el cómico, su agente de prensa anunciaba por Twitter que ya no le representaría más y –lo que considero más desafortunado y desaforado– HBO retiraba de su catálogo la serie Louie y todos los trabajos de su autor.

Las cómicas Julia Wolov y Dana Min Goodman

“The New York Times” colgaba junto a la inflamada noticia un vídeo acusatorio en el que recuperaba algunos de los recurrentes gags del repertorio del comediante alrededor del acto masturbatorio. El gesto indignado detrás del vídeo parecía gritar: “¡Cómo no nos hemos dado cuenta antes! ¡Pero si es un pervertido!”. A los millones de espectadores que se rieron con ellos no pareció importarles mucho en su momento. Más allá de la excentricidad o de la violencia de la situación que se desprende de la narración de los hechos, la confusión entre el autor y el personaje, lo real y lo ficticio, conducía en esta ocasión a fatales consecuencias: el borrado de un valioso legado creativo, que a partir de entonces solo sería accesible mediante descargas ilegales y adquisiciones de DVD fuera de catálogo. Ese es, por lo que a mí respecta, otro drama silenciado.

En su serie Louie –sitcom de 56 capítulos realizados entre 2010 y 2015, todos ellos escritos, interpretados, dirigidos, editados y producidos por el propio Louis C.K.–, el cómico se entrega sin complejos al proselitismo onanista. Fue la obsesión masturbatoria del comediante la que me convenció para subtitular una ponencia centrada en Louie “Autorretrato del gran masturbador”, que me encargó el Festival SOS 4.8 Murcia en 2013 y que vengo impartiendo desde entonces en centros académicas y culturales. En el episodio “Come On, God” [S02E08], el protagonista, suerte de alter-ego de Louis C.K., reivindica en un debate televisivo la masturbación porque “es fácil, divertido y no haces daño a nadie”, para después tratar de meterse en la cama con la portavoz del culto Christians Against Masturbation. Frente a las revelaciones de su extravagante comportamiento, al menos el tercer elemento de la ecuación quedaba anulado. Esta vez sí había hecho daño a alguien. Para Louie, la masturbación es un asunto serio, tanto que necesita predicar sus virtudes en un programa que no encontró otro invitado capaz de hablar de ello sin enrojecer: “Napoleón se masturbaba, Ghandi, Joanne Jet, Shakespeare… Todas las personas se masturban. Es como decirle a la gente que no respire. No es justo”, dice el comediante. Desde su estricta soledad, la masturbación es su camino para adquirir una cierta noción de la dignidad. Lo dice el propio Louie (¿o Louis C.K.?) en el monólogo que clausura la primera temporada de la serie: las dos actividades que mejor sabe hacer en el mundo son masturbarse y educar a sus hijas. “Y sé que no es bonito meter ambas cosas en la misma frase, pero es así”.

Hagamos un esfuerzo por tomar perspectiva. Si en este punto su indignación moral no le ha forzado a dejar de leer el artículo, es que quizá comparta conmigo algún resquicio de duda, o puede que algo más, sobre todo este asunto. Acaso solo encontré una nota de cordura en la sucesión de reacciones que incendiaron las redes durante aquellos días: las declaraciones de Pamela Adlon. La vieja colaboradora y amiga de Louis C.K. –con quien co-protagonizó la sitcom previa Lucky Louie y co-escribió su serie Better Things (2016), de la que Louis C.K. también ha sido defenestrado– afirmaba en “The Hollywood Reporter” que estaba muy afectada por las noticias pero que no podía pronunciarse al respecto pues debía reflexionar sosegadamente sobre todo ello. Ese sosiego, ese necesario tiempo de digestión (imposibilitado por el vértigo y la ansiedad que propulsa el caudal informativo de las redes sociales), es el que a todas luces ha brillado por su ausencia en la competición de indignados que desató la publicación de la noticia en el rotativo neoyorquino. Nadie quería quedarse el último en la carrera de los pretendidos virtuosos.

El porno de la indignación moral
La psicóloga Molly Crockett acuñó el término “el porno de la indignación moral” en una conferencia pronunciada el pasado mes de mayo en la Oxford Martin School. Según relataba Javier Cercas en una columna de “El País Semanal” (5.11.2017), “la indignación moral tuvo un origen social en parte beneficioso porque, en pequeñas comunidades, servía para prevenir daños futuros y prevenir la solidaridad grupal; sin embargo, en las comunidades masivas creadas por Internet y las redes sociales, la indignación moral se convierte sobre todo en […] búsqueda de prestigio social y audiencia a cualquier coste, incluido el de destruir vidas ajenas”. Pero el dato más determinante es otro: “la psicología experimental ha demostrado que quien se indigna y castiga a otro por la violación supuesta o verdadera de una norma no lo hace por motivos morales, para evitar que la violación se repita, sino porque haciéndolo obtiene una gratificación personal”. Concluye Cercas: “Este fariseísmo tóxico es el porno de la indignación moral”. En otras palabras, la presunta virtud del indignado moral es, en la mayoría de los casos, la fuente de su miseria. Había desde luego algo de revelador, al menos a mis ojos, en el hecho de que el escritor publicara ese artículo apenas cuatro días antes de las lamentables revelaciones alrededor de Louis C.K.

Toda noticia pertenece a un contexto, su impacto está determinado por la atmósfera y el “sentir general” que la rodea. Huelga decir que en el viejo y dorado Hollywood de los estudios, una anécdota de este tipo probablemente ni siquiera hubiera opositado como escándalo, lo que en todo caso no exime al agresor de su conducta. Afortunadamente para la especie humana, y para la industria cinematográfica en particular, los tiempos han cambiado, y las luchas posfeministas siguen conquistando espacios de atención. El empoderamiento de la mujer es una lucha absolutamente esencial y obligada para el progreso social y todo indica que esta última batalla frente al patriarcado instituido será relevante, marcará un punto de giro. El problema surge cuando la pretendida evolución se traduce en un retroceso en las libertades conquistadas, como lo es toda forma de censura cultural.

Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle y Virginia Rappe

Mucho antes de la onda expansiva del caso Harvey Weinstein, el seno de Hollywood había tratado de delatar a sus más conspicuos y célebres depredadores sexuales, de Charles Chaplin a Marlon Brando, pero muy pocas veces tuvieron un efecto real. El miedo a las represalias y la certeza de que las voces determinadas a quebrar el statu quo serían ignoradas acallaba todo amago de denuncia. Tras el juicio a la estrella del cine mudo Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, el gordinflón favorito de los niños, acusado del homicidio y violación de la actriz Virgina Rappe (muerte por peritonitis a causa de una rotura de vejiga) tras una orgía que recibió el nombre de “the bottle party”, en 1922 una asociación de productores y distribuidores (la futura Motion Picure Association of America) impuso una cláusula de “moralidad” en los contratos de las estrellas. Fue una forma de guardar las apariencias para no manchar la imagen de la industria ni arruinar las expectativas de un floreciente negocio, pero nada de ello impidió que Wallace Beery violara a Gloria Swanson, que Clark Gable hiciera lo propio con Loretta Young al final de un rodaje, que el magnate Louis B. Mayer manoseara y obligara a la pequeña Judy Garland a abortar, que los todopoderosos Harry Cohn y Darryl F. Zanuck de la MGM inventaran el casting couch (literalmente, “casting sobre el sofá”, deplorable método de selección de actrices que emuló Harvey Weinstein décadas después), que el galán Errol Flynn fuera acusado de estupro (es decir, violación a una menor, como el mediático caso de Roman Polanski y Samantha Geimer), que Alfred Hitchcock acosara física y psicológicamente a Tippi Hedren durante el rodaje de Los pájaros, que Erich Von Stroheim se comportara como un maníaco sexual en las recurrentes escenas orgíasticas de sus películas o que Sean Connery justificara en diversas entrevistas que a veces las mujeres merecían ser abofeteadas como reprimenda… La lista de agravios es interminable y alcanzan hasta el día de hoy. Hubo un tiempo en el que las estrellas del firmamento, como Lionel Atwill (Mister Lucifer), decían en la prensa cosas de este estilo: “Todas las mujeres besan la mano que les somete… Yo no soy de los que tratan a las mujeres con dulzura. Las mujeres son como los gatos. Lo que desean es un sillón mullido junto al fuego, delicadas fuentes de nata, ocio perfumado… ¡y un Amo!”.

Hollywood siempre ha sido ambicioso y sin escrúpulos, un laberinto de promiscuidad y perversión, y su moral predominante se resume en la frase de La Rochefoucauld con la que Kenneth Anger abría su investigación Hollywood Babilonia: “Todos poseemos la fuerza necesaria para soportar las desgracias de los demás”. Los valores que sostienen a Hollywood, por mucho que se hayan intentado ocultar, son el reflejo de los valores de la sociedad que inventó la megaindustria cinematográfica y sus nociones del glamour y el oropel. La ley del silencio, ese acuerdo tácito según el cual más vale mirar para otro lado si uno quiere llegar a algún sitio en la meca del cine (“soportar las desgracias de los demás”), es una regla de oro que ningún semidios o semidiosa ha osado romper sin pagar luego las consecuencias. Antes de fallecer en circunstancias tan turbias que aún siguen irresueltas, Marilyn Monroe describió Hollywood como “un burdel superpoblado, un enorme picadero en el que las camas sustituyen a los caballos”.

Marilyn Monroe: “Hollywood es un burdel superpoblado”

Todo eso podrá parecer parte de la historia, pero el caso Weinstein no ha hecho más que recordarnos que sigue siendo parte del presente. Afortunadamente, la trascendencia de lo que ha sucedido a finales de 2017 descansa en cómo cierto muro de silencio parece cuanto menos haberse agrietado, si no derruido, pues a la lista encabezada por el productor se han ido sumando un rosario de supuestos depredadores sexuales que tendrán que nadar a la contra de la frenética marea que les arrastra al fondo del justificado repudio: Ed Westwick, Dustin Hoffman, Jeremy Piven, Steven Seagal, Robert Knepper, Jeffrey Tambor (actores), Brett Ratner y Gary Goddard (cineastas), Matthew Weiner (creador de Mad Men), Charlie Rose (presentador), James Toback (escritor), Chris Savino (productor), Roy Price (ejecutivo de Amazon), Mark Halperin, Michael Oreskes, Jann Wenner, Hamilton Fish y Leon Wieseltier (periodistas), Knight Landesman y Stephen Blackwell (directivos de revistas), etc. Lena Dunham, autora de la serie Girls, se hacía eco de este punto de giro con manifiesto clamor: “Cuando callamos, continuamos en el mismo sendero que nos trajo hasta aquí. Hacer ruido es efectuar el cambio. […] Así que hablad más fuerte”, escribía en “The New York Times”.

¿Cómo se concreta ese cambio? ¿Mediante qué clase de manifestaciones? ¿Podrán en un tiempo razonable modificar los códigos morales que rigen las estructuras de poder? Creo que son preguntas muy difíciles de responder dado que hay un silencio acaso más duro y más insondable. Un silencio que no está necesariamente determinado por el miedo. El mismo país que expulsó indignado a su inquilino en la Casa Blanca por las pruebas de semen presidencial que aportó una becaria –no olvidemos el affaire de la felación de Monica Lewinsky, que mantuvo al país en vilo durante la segunda legislatura de Bill Clinton– es el que ha sentado en el mismo despacho, o escena del crimen, a un sociópata de probada misoginia y vergonzante conducta. Mucho mayor, a mi parecer, bajo la que se ha fundado el linchamiento de Louis C.K. La filtración que se produjo en la salvaje batalla electoral entre Donald Trump y Hilary Clinton se convirtió inmediatamente en una competición de presunta indignación moral para demostrar quién era el más degenerado de los contendientes. Un vergonzoso vídeo que recorrió el mundo en el interín entre los debates presidenciales –supuestamente filtrado por la escarnecida cónyuge del “depravado” expresidente– no dejaba lugar a dudas. El fanfarrón Trump se vanagloriaba de su posición de poder como patente de corso para agarrarle el sexo a cualquier mujer que despertara su lascivia. Unos días después, la elocuencia del silencio, o de la indiferencia, se expresó en las urnas con los resultados que ya conocemos.

El affaire francés
Es muy posible (y emocionante) que “el tiempo del silencio” haya terminado (o haya al menos iniciado el principio de su final), tal y como titulaba France 24 las manifestaciones contra la retrospectiva a Roman Polanski que le dedicó recientemente la Cinemateca Francesa, pero debemos estar atentos para que no le tome el relevo el tiempo de los fariseos. El 30 de octubre, varias organizaciones feministas movilizaron a través de sus redes sociales a casi un centenar de personas frente al edificio acristalado de la institución parisina para intentar cerrar la retrospectiva que inauguraba el cineasta franco-polaco con la presentación de su último film, Según una historia verdadera, presentado a concurso en el pasado Festival de Cannes (donde nadie se rasgó las vestiduras). La portavoz de la asociación Osez le Féminisme! que convocó la protesta, Raphaëlle Rémy-Leleu, consideró que la retrospectiva constituía un insulto para las víctimas de agresiones sexuales, dadas las acusaciones de violación que penden sobre el autor de La semilla del diablo desde hace cuarenta años, y por las que tiene su entrada prohibida en Estados Unidos: “Para nosotras, lo importante es que la retrospectiva sea cancelada, que la Cinemateca se disculpe y que tome conciencia de la situación”. El presidente de la filmoteca gala, el cineasta Costa–Gavras, recordaba la “independencia” de la institución y su negativa a cancelar el acto por circunstancias “ajenas a la Cinemateca que no pueden sustituir a la justicia”. Señalaba de paso que las películas de Polanski “son indispensables para nuestra comprensión del mundo y del cine”.

Concentración frente a Cinemateca Francesa (REUTERS / Charles Platiau)

Este nuevo affaire Polanski incluso dividió al Gobierno francés, pues mientras la Secretaria de Estado para la Promoción de Igualdad, Marlène Schiappa, declaró que semejante evento cultural contribuía a perpetuar la “cultura de la violación”, la ministra de Cultura, Françoise Nyssen, se posicionaba en contra de cualquier clase de censura a una obra cinematográfica, es decir, frente a la violación de la cultura. Fue en la propia Cinemateca parisina donde Bernardo Bertolucci confirmó, dos años después de la muerte de Maria Schneider en 2011, la versión que la actriz francesa había relatado de la famosa escena de la sodomización con mantequilla a la que la sometió Marlon Brando en El último tango en París (1972). Efectivamente, tal secuencia no estaba prevista en el guión y fue un complot entre el actor americano y el director italiano para capturar con la cámara la reacción real de la joven actriz ante semejante acto de humillación sexual. Prevenido por las presiones de asociaciones feministas, en marzo de 2017 el director del archivo francés Frederic Bonnaud explicó que había desistido de invitar a Bertolucci a presentar la proyección de la copia restaurada de su épica histórica Novecento (1976), alegando que “iba a ser tratado como un violador por unas semilocas, cuando se trata de un inmenso cineasta que jamás ha violado a nadie”. Y añadía: “Así que me autocensuro. Una brillante victoria de las autodenominadas feministas”.

Las duras y resentidas palabras de Bonnaud sonaban como un golpe en la mesa cuyos efectos tsunámicos bien se hubiera podido ahorrar. Pero el archivo filmográfico francés, una verdadera institución en el país vecino, parece desde hace un tiempo determinado a recuperar el protagonismo social y cultural que conquistó en el revolucionario mayo del 68 bajo la dirección de su fundador Henri Langlois. Recientemente ha protagonizado otro caso de “autocensura” al aplazar sine die la retrospectiva que tenía prevista consagrar al cineasta Jean-Claude Brisseau en enero de 2018. El autor de obras de contenido erótico hiperrealista como Choses secrètes (2002) y The Girl from Nowhere (2012), cuya aspiración artística pasa por neutralizar cualquier simulación de placer o filtro artificial en el rodaje de las escenas de sexo, fue arrestado en 2002 bajo cargos de agresión sexual ante las denuncias de varias actrices que le acusaron de filmarlas practicando sexo bajo la promesa de un papel en su próximo film. La justicia le declaró culpable y le sentenció a un año de prisión, de la que se libró con el pago de una multa. Brisseau convirtió este capítulo en la trama semiautobiográfica de su film Les Anges exterminateurs (2006), presentado en el Festival de Cannes y estrenado en Estados Unidos.

Les anges exterminateurs (2006), de Jean-Claude Brisseau

El diálogo de sordos entre la Cinemateca Francesa y las demandas feministas parecía llegar a un estado de apaciguamiento bajo el nuevo clima creado por el affaire Harvey Weinstein. “Las feministas han ganado –dijo Bonnaud–. Es una lucha que no es nuestra, solo somos una filmoteca. Aquí no producimos, no escogemos, no seleccionamos lo que debe producirse. Nos reprochan que haya un déficit de cineastas mujeres, pero no podemos hacer nada al respecto porque estamos al final de la cadena. Es como reprocharle al Museo del Louvre que en la pintura flamenca hay pocas pintoras. Y sí, es cierto, se puede explicar desde un punto de vista antropológico, pero reprochárselo al director del Louvre es sencillamente ridículo”. En el canal televisivo Mediapart, Bonnaud añadía que si había dado marcha atrás no era por haberse vuelto más sensible a los argumentos de la militancia feminista, y que seguía considerando sus críticas un “retorno al orden moral” y una “exigencia totalitaria”, concluyendo que esperarían a un clima más propicio para programar a un relevante cineasta del cine contemporáneo francés o, con sus palabras, “cuando poner películas de Brisseau en este país no sea motivo de drama”.

Borremos la historia
La idea de fondo que subyace en algunas de las demandas de la militancia feminista y los linchamientos cibernéticos es que si la historia no puede reescribirse, entonces hay que borrarla. La penosa realidad histórica que ha silenciado a la mujer en la industria del cine desde su misma existencia no debería traducirse en que ahora haya que silenciar las altas cumbres artísticas que esa misma industria ha alumbrado, pues además semejantes sanciones solo debilitan los principios esenciales de la causa feminista. Ni los genios ni los grandes innovadores del arte tienen por qué ser buenas personas, aparte de que todos ellos también se han alimentado de la tradición y la cultura machista en la que han desarrollado su carrera. Siempre serán insuficientes las denuncias por agresión sexual, sean de carácter retrospectivo o no, y sobre ellas nunca debería pesar la noción de los hechos infundados que ha servido de coartada durante tanto tiempo para no prestar atención a las conductas más execrables y mirar para otro lado. Es sintomático que la mayor parte de  las revelaciones que se han sucedido en los últimos meses vayan acompañadas del lamento por no haberlo dicho antes, si bien como expone Zelda Perkins, la exasesora británica de Harvey Weinstein, hasta sus propios abogados la aconsejaban que callara, pues era su palabra frente a cualquier atisbo de evidencia. Ahora que la valentía se ha abierto paso –cuando escribo esto, la estrella Salma Hayek también ha roto su silencio, y es de esperar que muchas voces más se sumen a la suya–, sería de lamentar que las confesiones se traduzcan en formas de inquisición.

Como decía al principio del artículo, en realidad nada de todo esto es exactamente nuevo. La historia se ha escrito (y reescrito) muchas veces en todo caso bajo la pulsión inquisitorial. Se trata ya de un viejo debate de las artes determinar dónde establecer los límites de la difusión cultural, hasta qué punto la condena social y legal debe invadir la condena creativa. Sin embargo, las prácticas censoras han resurgido en los últimos tiempos con una renovada fuerza y crueldad. Acaso deberíamos plantearnos si las vindicaciones prohibicionistas que han surgido serían o no equiparables a hipotéticas acciones como vetar la edición de las novelas del dipsómano Charles Bukowski y su admirado colaboracionista nazi Louis-Ferdinand Céline, o los poemos de Pablo Neruda, quien confesó haber violado a una criada en la India. Tampoco podríamos volver a escuchar a Miles Davis, James Brown o John Lennon, quien en una de sus últimas entrevistas reconoció que golpeaba con frecuencia a su primera mujer, ni apreciar nunca más el genio del misógino, tiránico y posesivo Pablo Picasso. Hasta el héroe del sueño americano Bruce Springsteen reconocía en sus recientes memorias que ha maltratado a sus parejas en sus periodos más oscuros.

De izqda. a dcha.: Dylan Farrow, Woody Allen, Mia Farrow y Roman Farrow

Bajo la misma regla de tres con la que se justifica la cancelación de las retrospectivas a Polanski y Brisseau, también podría defenderse la idea de que nunca más, en ninguna filmoteca, sala comercial o cadena televisiva, se programen películas de Chaplin (pedofilia) o de Buñuel (machista patológico marcado de por vida por el complejo de Edipo), de los misóginos Stanley Kubrick y Orson Welles (“Odio a las mujeres, pero las necesito… Las mujeres bloquean cualquier conversación. Esto es así desde el día que se ganaron el derecho a voto. Deberían haber permanecido como esclavas”, dijo el autor de Ciudadano Kane), de Woody Allen y de Jean-Luc Godard, entre muchos otros. Sobre el autor de Manhattan (1979) –crónica de la relación entre el adulto Woody Allen y la adolescente Mariel Hemingway– se cierne desde hace décadas algo más que la mera sospecha de que abusó de la hija de su exmujer Mia Farrow, Dylan, pues los hechos los corroboró en 2016 el hermano de ésta, mediante un artículo en “The Hollywood Reporter” que también denunciaba “la máquina de autoperpetuación” puesta en marcha por la publicista de Allen para negar continuadamente los hechos. Roman Farrow, sin ir más lejos, ha sido el periodista que ha destapado el caso Weinstein. Por su parte, el biógrafo de Godard, Richard Brody, aporta escalofriantes datos sobre las tensiones pro-pedofílicas del cineasta franco-suizo con la actriz Camille Virolleaud durante el rodaje de la miniserie France Tour Détour (1977), producto de un clima de libertades y reposicionamiento moral en que pensadores como Jean-Paul Sartre, Gilles Deleuze, Roland Barthes, Louis Aragon, Félix Guattari o Jack Lang (futuro ministro de Cultura) firmaron una petición para rebajar la edad legal de consentimiento sexual a los 13 (trece) años.

Si la espectadora del Metropolitan de Nueva York que ha pedido la retirada del extraordinario lienzo de Balthus El sueño de Teresa por cosificar la sexualidad pubescente supiera de esto, cabe suponer que también recogería miles de firmas –de personas jaleadas por la indignación de las redes sociales– para retirar de las librerías las obras de semejantes intelectuales. Como señalaba David Trueba en un reciente artículo (Atrás, “El País”, 12.12.2017), acaso tanta lectura cerril de las obras de arte responde al reflejo que esas propias obras devuelven al espectador de mente enfermiza, despertando en él un espíritu proteccionista y un ánimo inquisitorial que los ojos bienintencionados, los que saben distinguir realidad de ficción y establecer el necesario “marco de comprensión” para las creaciones artísticas, no tienen por qué padecer. De seguir por este camino, si de ahora en adelante se encerraran con llave las películas producidas por Harvey Weinstein, desaparecerían de golpe buena parte de las filmografías de Quentin Tarantino, David O. Russell, Martin Scorsese, Ron Howard o Peter Jackson, quien por cierto ha denunciado que Weinstein apartó del reparto de El señor de los anillos (2001) a Mira Sorvino y Ashley Judd. ¿Habrá que enterrar para siempre Pret-a-porter (1994, Robert Altman), Smoke (1995, Wayne Wang y Paul Auster), Beautiful Girls (1996, Tony Scott), El paciente inglés (1996, Anthony Minghella), El indomable Will Hunting (1997, Gus Van Sant), Velvet Goldmine (1998, Todd Haynes), Holy Smoke (1999, Jane Campion), Master and Commander (2003, Peter Weir) o El discurso del Rey (2010, Tom Hooper) porque el cochino productor de Miramax puso sus sucias manos (y dólares) sobre estas películas? ¿Debemos olvidarnos de que se estrene la próxima película de Michael Moore sobre Donald Trump?

“El sueño de Teresa” (1938), Balthus

Joderos todos
La realidad es que por más obstáculos que se traten de poner en el camino, por más censores que dificulten el acceso o por más borrados del acervo creativo que se practiquen, las grandes obras siempre sobrevivirán a sus creadores, ajenas a ellos y sus prácticas o pensamientos impuros. Y aún con todo, el borrado de la cumbre creativa de Louis C.K. en los catálogos de HBO acaso debería haber despertado las alertas frente a un creciente clima de censura cultural basado en el mayor de los agravios: confundir la conducta humana con su expresión creativa. Para los anales de la perversión correctiva quedará el “borrado” de Kevin Spacey en el último trabajo de Ridley Scott. A siete semanas del estreno de All the Money in the World, unos días después del ambivalente comunicado torpemente autoinculpatorio (lo convertía en su forma de salir del armario) por haber abusado de un menor que hizo público Spacey el 29 de octubre, los productores de Sony decidieron refilmar las 22 escenas en las que aparecía el actor británico y sustituirle por Christopher Plummer. Como reafirma la psicología experimental, el “castigo” a Spacey no parece obedecer a motivos morales (en un primer momento decidieron seguir adelante con el estreno), sino porque haciéndolo obtienen, en este caso, una gratificación comercial en forma de promoción gratuita.

Algo de ello también parecía gravitar alrededor de la controversia que generó la película de romance lésbico La vida de Adèle (2013) tras su estreno, lo cual no libra al tunecino Abdellatif Kechiche de la posibilidad de que una futura retrospectiva suya se vea saboteada por el clamor feminista. Recordemos que Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, las actrices protagonistas premiadas en Cannes por sus valientes interpretaciones, aseguraron que no volverían a trabajar con el cineasta por los “extraños métodos” a los que fueron sometidas durante cinco meses y medio de rodaje, especialmente en las escenas de explícito contenido sexual, de las que llegaron a hacer innumerables tomas. “La mayoría de directores ni siquiera se atreven a pedir las cosas que nos exigió –declaró Seydoux–, y si lo hacen, son más respetuosos. ¡Estuvimos diez días rodando la misma escena de sexo! ¡Diez días!”. Incluso la autora de la novela gráfica que inspiró el filme, Julie Maroh, arremetió contra el film señalando que lo que manifiestamente brilló por su ausencia en el rodaje fueron lesbianas (las actrices son heterosexuales), que las escenas de sexo son “una encarnación de las fantasías de los hombres en la pantalla” y que “como espectadora feminista y lesbiana” no podía alinearse “con la dirección que tomó Kechiche en estos aspectos”.

Léa Seydoux, Abdellatif Kechiche y Adèle Exarchopoulos en Cannes

La distribución de Louie puede estar oficialmente cautiva, pero los futuros espectadores ávidos por verla siempre encontrarán alguna forma, aunque sea paralegal, de hacerlo. La misma red de redes que ha fustigado y condenado a su creador permite al mismo tiempo que I Love You, Daddy ya esté al alcance de cualquiera (Portugal ha sido el primer país en estrenarla comercialmente, el próximo será Dinamarca, de modo que los screeners del film se multiplican por el ciberespacio), y la lección que podemos extraer de su visionado es valiosa desde el momento en que vemos en esta película a un artista de éxito, interpretado por el propio Louis C.K., cuestionando moralmente a una famosísima actriz (Rose Byrne) que se ha acostado con él con la esperanza de protagonizar su próximo proyecto y a un cineasta maduro (John Malkovich) que inicia una relación con su hija menor (Chloë Grace Moretz). El personaje acaba por descubrir que, como casi todo, nada es blanco y nada es negro, que los litigios de carácter ético casi siempre ocupan el espectro de los grises. Y paga cara su ceguera.

Al parecer, la producción televisiva de Bill Cosby no se ha visto de momento afectada por el ambiente de poscensura retrospectiva, si bien el cómico americano había acumulado 60 denuncias de sendas víctimas antes de ser juzgado por acusaciones de agresión sexual. También la integridad moral de Lena Dunham parece estar en peligro al haber saltado en defensa del productor de su serie Girls, Murray Miller, que había ingresado en la lista negra de los abusos sexuales de Hollywood, denunciado por la actriz Aurora Perrineau. El hecho de que la actriz y escritora hubiera participado muy activamente en la campaña englobada bajo el lema “Yo sí te creo” , y que su figura se hubiera convertido en un emblema de la militancia feminista en la industria audiovisual, aún añadía más fuego a las incendiadas redes sociales. Ocurría lo que parecía imposible, y en la realidad paralela de las redes el mundo se volvía por completo del revés: el nombre de Lena Dunham quedaba asociado a la etiqueta #machista. Toda clase de matización desaparecía, solo había lugar para los virtuosos y los herejes, y más aún cuando la palabra traición entraba en escena. Dunham, acaso víctima de la misma intransigencia que había alimentado, enviaba un segundo comunicado pidiendo disculpas.

Auguste Ames

Debemos pensar en todo caso que Louis C.K. ha sido víctima del timming, de un clima polarizado especialmente propenso para las procacidades de la indignación moral, como también ha revelado recientemente la muerte de la actriz porno Auguste Ames. Su caso es el más triste y trágico, el que no acepta la marcha atrás. Tras anunciar en twitter que se negaba a trabajar con un actor que había hecho porno gay, argumentando “motivos de seguridad” para proteger su cuerpo de enfermedades de transmisión sexual, recibió un aluvión de insultos y de mensajes de hordas enfurecidas que la condujeron al pozo más oscuro de la depresión. Resulta escalofriante seguir la cadena de tuits que relatan su descenso al infierno en sus últimos días de vida. La canadiense de 23 años se suicidó tras tuitear un último mensaje: “Joderos todos”. En su dimensión metafórica, desde su desesperación sin palabras y sin fuerzas, la despedida de Ames trascendía su sentido aparentemente primario. Efectivamente, de seguir envueltos en este clima de fiscalización intransigente y extrema, que conduce directamente a la parálisis o a la fuga, estamos todos realmente jodidos.

¿Dónde establecer el límite de la repudia? ¿Quién merece salir impune de los guardianes de la ortodoxia que se han propuesto acabar con la cultura de la violación mediante la violación de la cultura? Incluso Jesús expulsó a los fariseos del templo de Jerusalén cuando lo tomaron bajo su control. Las imprescindibles conquistas de la militancia feminista no deberían permitir que los nuevos fariseos se hagan con el control del templo del cine.

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