Encanto en el desencanto

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CAFÉ SOCIETY
Woody Allen, 2016

El desencanto es un sentimiento familiar en el cine de Woody Allen. Los grandes sentimientos tienden a empequeñecerse, a perder su épica bajo la mirada descreída y pesimista del neoyorquino, sobre todo en sus trabajos cómicos. Con más de medio siglo a sus espaldas contándonos las dobleces, traumas y satisfacciones de las relaciones de pareja, el autor de Annie Hall aún sigue ideando buenas historias que, desde el encanto y la ligereza, revelan sentimientos profundos y complejos. A esta nueva incursión del cineasta en las perturbaciones del corazón se suma un tono crepuscular, iluminado por Vittorio Storaro, que convierte la ciudad de Los Angales, filmada como si el tiempo se hubiera detenido en el atardecer anarajando, en un concepto alrededor del crepúsculo y la nostalgia. No en vano, Allen sitúa la mitad su nuevo period film en el Hollywood de los años treinta, probablemente la década del cine que más ama, que más le ha influido. La otra mitad, en Nueva York, su particular Macondo.

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Inercias, contagios y tránsitos

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EL NUEVO PAISAJE DE LA TELEFICCIÓN AMERICANA / Año 2014

Si queremos, la caída de Walter White en su querido laboratorio funcionaba como certificado de defunción de una forma de entender la ficción televisiva. El satisfactorio final de Breaking Bad (AMC, 2008-2013), la serie en la que minimalismo (narrativo) y manierismo (estético) se confabulaban para culminar los trayectos de la teleficción en el albor del siglo XXI, anunciaba un fin de ciclo. Un año después, terminaban Boardwalk Empire (HBO, 2010-2014) y Treme (HBO, 2010-2014), sucedáneos naturales y sofisticación barroca de las series que prendieron la mecha: Los Soprano (Terrence Winter recogía el testigo) y The Wire (de nuevo con David Simon al frente). En unos meses asistiremos al final de Don Draper en Mad Men (AMC, 2007-2015), y no es necesario recordar que su creador, Matthew Weiner, también se forjó en el ‘Writer’s Room’ de David Chase. ¿Qué quedará entonces? ¿La mediocridad de Masters of Sex? Pero por si estas cuatro sepulturas no bastaran, hagámonos a la idea de que el gran círculo de la televisión de autor (el escritor como la figura todopoderosa) lo cerrarán el próximo año quienes alumbraron su trazado: David Lynch y Mark Frost. El regreso de Twin Peaks será como un viaje al utero materno, 25 años después. 

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Woody Allen: “Detesto profundamente mis películas”

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IRRATIONAL MAN
Woody Allen, 2015

“Lo único que se interpone entre mí y la grandeza soy yo”. Aunque esta declaración de humildad ya se ha convertido en un lugar común en boca de Woody Allen (Nueva York, 1935), lo cierto es que sigue sin sonar a falsa modestia. El autor de Hannah y sus hermanas o, para no irnos tan lejos, de Match Point, sigue pensando que él no pertenece ni pertenecerá nunca a la liga de los más grandes cineastas. “Es algo que está fuera de mi alcance -explica unas horas después de haber presentado Irrational Man en el Festival de Cannes-. El ladrón de bicicletas, Ocho y medio, El séptimo sello… Ni siquiera puedo soñar con acercarme al genio que hay en esas películas. Puedo hacer algún film decente de vez en cuando, pero algo así… imposible”.

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París era una fiesta

MIDNIGHT IN PARIS
Woody Allen, 2011

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No es la primera vez que Woody Allen juega con la noción de la fuga a un tiempo o un lugar pretendidamente más feliz. Al cineasta de Brooklyn le ha seducido una y otra vez la idea de escapar de una realidad que no le gusta, de un mundo en el que no se encuentra cómodo. Que le asusta, le aburre y le entristece. Sea el propio cine, la literatura, la música, la radio o el béisbol, los otros mundos (y pasiones) que en sus películas se derivan de la realidad inmediata son, en definitiva, los sustitutos en los que sistemáticamente se ha refugiado de una existencia que (como expresan sus películas una y otra vez) nunca ha resuelto sus incertidumbres. “La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad… y además termina demasiado pronto”, dice el Alvy Singer de Annie Hall (1977). Hoy Woody Allen escribiría las mismas líneas sin contradecirse.

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El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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Hombres rotos y giros dramáticos

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IRRATIONAL MAN
Woody Allen, 2015

Los créditos en silencio, sobre negro, sin la habitual música, ya anunciaban tragedia. Es la que se agazapa a la vuelta de la esquina de Irrational Man, en concreto al otro lado de la mesa de un diner, el extraordinario punto de giro del filme y de lo mejorcito que ha rodado Woody Allen en los últimos tiempos. La comedia ligera del profesor de Filosofía alcohólico (Joaquin Phoenix), roto por dentro, que tiene enamoradas a su alumna más brillante (Emma Stone) y a una profesora casada (Parker Posey), da paso entonces al relato dostoievskiano. No es la primera vez que el neoyorquino combina humor y homicidio. Lo hizo en Delitos y faltas y en Match Point, y esta película se ofrece como una variante alrededor de los mismos temas, acaso como la coronación de una trilogía con Crimen y castigo como base moral.

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