Rivette cruzó el espejo

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JACQUES RIVETTE
(Rouen, 1918 – París, 2016)

El más secreto de los cineastas de la Nouvelle Vague, aunque también fue el primero de todos ellos que dio el salto de la crítica a la dirección en los años cincuenta, Jacques Rivette (Rouen, 1928 – París, 2016) se ha marchado a los 87 años de edad. De aquellos jóvenes turcos de la seminal Cahiers du cinéma, que inventaron el cine moderno y lo elevaron a la categoría de arte, ya solo queda Jean-Luc Godard.

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El imperio sensorial

 

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NAGISA OSHIMA
(Okayama, 1932 – Kanagawa, 2013)

Seguramente fue algo parecido a la inocencia sexual lo que otorgó tanta popularidad y leyenda rosa a una película como El imperio de los sentidos (Ai no corrida, 1976) en España, que estrenó Nagisa Oshima (Okayama, 1932-Kanagawa, 2013) cuando el cadáver del dictador aún estaba caliente, aunque a las salas de nuestro país llegó cuatro años después, en mayo de 1980. En verdad, el filme viajó con el escándalo por todo el mundo, debido a la violencia y el sexo que ponía en escena, y cuya historia de autocomplacencias estaba basada en un acontecimiento real ocurrido en 1930 en Japón. De hecho, en Japón sigue vigente hoy en día la censura de determinadas escenas en las que los actores principales (Tatsuya Fuji y Eiko Matsuda) practicaban sexo explícito frente a la cámara, como en cualquier película pornográfica. No por casualidad, Oshima buscó coproducción en Francia para su filme, pues las estrictas leyes de censura en Japón no le hubieran permitido rodarla.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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La claustrofilia de Bertolucci

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TÚ Y YO
Io e te
Bernardo Bertolucci, 2012

Un sótano y dos actores adolescentes. Poco más ha necesitado Bertolucci para su regreso a un cine de interiores (en toda su extensión), acaso determinado por su condición física. Como Dreyer en Gerturd (1964), Huston en Los muertos (1987) o Antonioni en La mirada de Michelangelo (2004), Bernardo Bertolucci también ha necesitado encontrar una “pieza de cámara” para dirigir desde una silla de ruedas. Todo hace pensar también que Tú y yo será la última película, el último gesto creativo, de otro maestro de la modernidad. Pero la claustrofilia del cine de Bertolucci no necesita justificación alguna, pues le preceden otros enclaustramientos: El último tango en París, Asediada, Los soñadores, etc.

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Los límites del control

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MAPA
Mapa
León Siminiani, 2012

Cuando Jean-Luc Godard presentó sus Histoire(s) du cinéma en el Festival de Cannes, hace quince años, se lamentaba de que el cine, en determinado punto y demasiado pronto, se dedicó exclusivamente a “contar historias”, renunciando así a aquello para lo que idealmente había nacido: generar conocimiento. El llamado ‘cine-ensayo’ se puede rastrear en pocas pero sublimes muestras (Marker, Resnais, Varda, Mekas, Welles, Curtis, Farocki, Godard…), que siempre entroncan con el cine de vanguardia. De tal suerte, la visión futurible de Alexander Astruc en su famoso manifiesto sobre El futuro del cine (en el que se aventuraba a asegurar que si Descartes hubiera vivido en el siglo XX habría “escrito” su Discurso del método con el lenguaje de las imágenes), se antoja 65 años después como un capítulo de la historia del cine de un universo alternativo.

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Noah Baumbach: “Hay que estar abierto al caos”

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FRANCES HA
Frances Ha
Noah Baumbach, 2014

En la imposibilidad de sentirse joven, a pesar de tener 27 años, se cifran las decepciones y fracasos de Frances Halliday, uno de los personajes más inolvidables del último cine americano. En la piel de la penúltima reina del cine indie, Greta Gerwig, es el centro absoluto de un filme casi milagroso que lleva por título su nombre incompleto. Bajo las imágenes en blanco y negro de Frances Ha, dirigida con maestría por Noah Baumbach (Brooklyn, 1969), late no solo uno de los grandes actos de amor que un autor americano haya dedicado nunca a Nueva York, sino también al espíritu de la Nouvelle Vague y, sobre todo, al encantamiento de una actriz. “Es mi poema de amor a Greta”, reconoce Baumbach por teléfono. No en vano, la película la escriben ambos, de ahí que la sátira social que ha caracterizado hasta ahora el cine del autor de Una historia de Brooklyn (2005) y Margot y la boda (2007), se torna más suave y sutil, aunque no desparecen el humor ni la sabiduría. Frances Ha, como su protagonista, es una película joven con alma vieja. O, si lo prefieren, una película vieja con alma joven.

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La conciencia del demiurgo

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EL GRAN HOTEL BUDAPEST
The Grand Budapest Hotel
Wes Anderson, 2014

Es conocida la lectura que François Truffaut hizo del cine de Roberto Rossellini: “Empezó su obra filmando unidades pequeñes: un barco de guerra, una ciudad, una pequeña isla; luego filmó países, después continentes, más tarde periodos de la Humanidad…”. En una escala menor, y salvando todas las distancias –ambos cineastas son prácticamente opuestos–, podemos decir algo similar del cine de Wes Anderson, quien desde la seminal Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996) hasta El Gran Hotel Budapest (2014), en sus ocho largometrajes hasta la fecha, siempre ha sentido la necesidad de encerrar a sus entrañables personajes en microcosmos cada vez mayores, de los que inevitablemente acaban escapando para emprender un viaje de autoconocimiento y relacionarse con el mundo exterior, bien sea para integrarse en él o directamente para ser expulsados.

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