Terence Davies: “No hago cine para la posteridad”

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UNA HISTORIA DE PASIÓN
A Quiet Passion
Terence Davies, 2016

La pasión silenciosa, porque fue silenciada, es la de una mujer que escribió un poema al día mientras vivió apartada de la sociedad y encerrada en su casa hasta la muerte, con 56 años. Es el relato enclaustrado por fuera pero abierto a las profundidades del ser, el de la pasión de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), que otro poeta, el británico Terence Davies (Liverpool, 1945), ha llevado a la pantalla con una sensibilidad que ya parece haber desaparecido de las pantallas, cercana a Max Ophüls en su impacto emocional y a Oscar Wilde en la precisión y riqueza literaria de los diálogos. Historia de una pasión, reza el título castellano de A Quiet Passion, es también la historia de una resistencia y una erosión, la de una mujer que nació fuera de su tiempo, cuando ellas no podían ser poetas; cuando el dogmatismo religioso alienaba cualquier espíritu libre y pensante como el suyo; cuando el matrimonio era el único camino aceptable para no llegar virgen a la tumba.

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Bárbara Lennie, en las entrelíneas

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EL CONTRAPLANO. Al llegar a la cafetería solo tengo el contraplano. De escorzo, junto a la ventana, Bárbara Lennie parece habitar un lienzo de Hopper. Escribe Ramón Salazar en el cuaderno de rodaje de La enfermedad del domingo que cree haber descubierto el secreto de la actriz, el gesto que necesita para habitar y deshabitar la mirada, el cuerpo, acaso el espíritu que desee: “Mira ligeramente a su derecha y 45º grados en sentido descendente mientras se asiente a sí misma. En algún lugar por ahí abajo hay una puerta de entrada a la forma en la que selecciona, procesa y ordena meticulosamente la información sobre el alma de sus personajes”. Me falta entonces ese plano, así que, por qué no confesarlo, lo busco durante la hora de conversación en el Café Comercial de Madrid, bajo una luz dorada.

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Andrzej Wajda: “Nunca me ha interesado convertir la pantalla en un juzgado”

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WALESA. LA ESPERANZA DE UN PUEBLO
Walesa. Czlowiek z nadziei
Andrzej Wajda, 2013

Advirtieron que no iba a ser fácil sentarle delante de la pantalla a contestar preguntas, y que sí así fuera el tiempo sería breve, quizá demasiado como para extraer algo interesante del ciberencuentro. Más aún teniendo en cuenta que se hacía estrictamente necesaria la intermediacón de una traductora. Unas semanas después, ahí está esa buena mujer polaca en el interface de Skype pegada a la ventana desde la que se asoma Andrzej Wajda (Podlaskie, Poloni, 1926), cruzado de brazos, sin apartar la mirada del monitor. Tras los gruesos cristales de sus gafas, sus empequeñecidos ojos parecen realmente escrutar al rostro de quien le (ad)mira –y le agradece, en castellano, su tiempo y su cine– al otro lado del espejo. Su aspecto no es el que se le supone a un hombre casi nonagenario. Sonríe y agradece el cumplido. Que no es un cumplido.

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Woody Allen: “Detesto profundamente mis películas”

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IRRATIONAL MAN
Woody Allen, 2015

“Lo único que se interpone entre mí y la grandeza soy yo”. Aunque esta declaración de humildad ya se ha convertido en un lugar común en boca de Woody Allen (Nueva York, 1935), lo cierto es que sigue sin sonar a falsa modestia. El autor de Hannah y sus hermanas o, para no irnos tan lejos, de Match Point, sigue pensando que él no pertenece ni pertenecerá nunca a la liga de los más grandes cineastas. “Es algo que está fuera de mi alcance -explica unas horas después de haber presentado Irrational Man en el Festival de Cannes-. El ladrón de bicicletas, Ocho y medio, El séptimo sello… Ni siquiera puedo soñar con acercarme al genio que hay en esas películas. Puedo hacer algún film decente de vez en cuando, pero algo así… imposible”.

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Nanni Moretti, cineasta sin certezas

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MIA MADRE
Mia Madre
Nanni Moretti, 2015

Ettore Scola acaba de morir y Nanni Moretti (Brunico, Italia, 1953) está al otro lado del teléfono. El director de Querido diario (1993), como todo el cine italiano, reconoce que siente algo parecido a la orfandad. Aunque aclara que no ha sido Scola una influencia de “gran peso” en su trabajo, su figura emana como una especie de “conciencia política del cine italiano”, sobre todo en el modo en que ha descrito durante más de medio siglo las relaciones entre la historia y el individuo. Al respecto de Moretti podría decirse algo ciertamente parecido. A tres años vista de ingresar en la edad de la jubilación, Moretti bien podría encarnar el legado más visible de Scola, aunque también el de Franceso Rosi o Elio Petri. Como ellos, ha agitado en sus manos el látigo de la izquierda intelectual de la cinematografía italiana durante años, en obras que van desde Ecce Bombo (1978) hasta Il Caimano (2006). Desde que era un joven creciendo en las calles de Roma, ha compartido su pasión por el cine y el waterpolo (jugó en la primera división italiana en 1970) con un fuerte activismo político, que practicó tanto en la lucha extraparlamentaria como en los márgenes de la pantalla cinematográfica.

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J. C. Chandor: “Puse a Robert Redford contra las cuerdas”

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CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO
All is Lost
J. C. Chandor, 2013

Escuchas el sonido del agua sobre negro. Un golpe sordo y el estrépito de un BANG. Un hombre se levanta y el agua entra a raudales en el barco…”. Al otro lado del teléfono, J. C. Chandor recita de memoria las primeras líneas del guión de Todo está perdido, su segunda película. Un guión sin diálogos, descriptivo, sobre un hombre solo, un naúfrago en un velero que se hunde. “La película es sobre un hombre despidiéndose, diciendo adiós a sus seres queridos –explica Chandor–. Lo primero que escribí fue la carta de despedida. Creo que sabía que estaba en un barco, pero desde luego no tenía decidido qué iba a pasar…”. La despedida es también una disculpa: “Lo siento. He tratado de ser honesto, de ser fuerte, de ser amable, he tratado de amar, de ser justo… pero no lo he sido”.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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