Bárbara Lennie, en las entrelíneas

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EL CONTRAPLANO. Al llegar a la cafetería solo tengo el contraplano. De escorzo, junto a la ventana, Bárbara Lennie parece habitar un lienzo de Hopper. Escribe Ramón Salazar en el cuaderno de rodaje de La enfermedad del domingo que cree haber descubierto el secreto de la actriz, el gesto que necesita para habitar y deshabitar la mirada, el cuerpo, acaso el espíritu que desee: “Mira ligeramente a su derecha y 45º grados en sentido descendente mientras se asiente a sí misma. En algún lugar por ahí abajo hay una puerta de entrada a la forma en la que selecciona, procesa y ordena meticulosamente la información sobre el alma de sus personajes”. Me falta entonces ese plano, así que, por qué no confesarlo, lo busco durante la hora de conversación en el Café Comercial de Madrid, bajo una luz dorada.

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El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

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Bong Joon-ho: “Rompenieves no es un producto de Hollywood”

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ROMPENIEVES
Snowpiercer
Bong Joon-ho, 2014

En Rompenieves, la primera producción angloparlante del surcoreano Bong Joon-ho (Daegu, 1969), los únicos supervivientes de la Humanidad habitan un tren imparable. Se trata de una de las propuestas de ciencia-ficción más seductoras, inteligentes y de promiscuo talento que ha llegado a nuestras salas en mucho tiempo. Transcurre en un futurible cuyo desastre medioambiental se conjugó en el presente, el año 2014. Afuera, el experimento de los hombres por frenar el calentamiento global fracasó: el planeta vive otra Edad de Hielo, donde cualquier forma de vida es imposible. Adentro, en el tren, punta de lanza tecnológica que autogenera su propia energía ad infinitum, la población occidental convive con la asiática y, para entenderse, hablan a través de un dispositivo que traduce simultáneamente sus palabras. La entrevista con el aclamado cineasta surcoreno, responsable de extroardinarios títulos como Memories of Murder (2003), The Host (2006) y Mother (2009) –todos estrenados en España con calurosa acogida de público y jubilosa celebración crítica– parece por momentos una escena salida de la película.

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