Alegorías y delirios de caudillo

Madregilda (1993) echanove sacristán

MADREGILDA
Francisco Regueiro, 1993

El germen de Madregilda hay que localizarlo en una alucinación de Francisco Regueiro, en la que Franco se cuadra frente a él, como si el dictador esperara las órdenes del director, justo después de comerse su arroz con leche de la nevera. Movido por una búsqueda acaso inconsciente de exorcismo biográfico, Regueiro siente la ineludible necesidad de llevar aquella visión (de carácter no menos surrealista que la película resultante) a la pantalla. Junto al crítico Ángel Fernández-Santos, quien tras haber escrito con él sus anteriores películas se había convertido para el cineasta –uno de los más íntegros, independientes y fronterizos del cine español– en el equivalente de Rafael Azcona para José Luís G. Berlanga, fabulan a partir de la alucinación y construyen sobre el papel una esperpéntica y dickensiana alegoría de la época del hambre en la posguerra española, que con el doble juego de una falsa biografía de Franco y de la película Gilda, se transforma en una historia llena de símbolos recorrida por un inteligentísimo humor costumbrista (no exportable, por incomprensible, a otras geografías y culturas) y por diversos mitos que definieron la generación a la que ambos creadores pertenecen.

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En las cumbres del melodrama

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CAROL
Todd Haynes, 2015

Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así ingresamos, como espectadores, en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, la última película de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

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Bob Dylan nunca estuvo ahí

Las razones del poeta frente al Nobel y su ambivalente relación con los premios

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Los críticos literarios se han propagado por la faz de la tierra. Desde el pasado 13 de octubre, los académicos suecos han sido pasto de todo tipo de ofensas desde el momento en que concedieron al Bardo de Minnesota la máxima distinción literaria por “haber creado nuevas formas de expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Si Irvine Welsh se acordó de “las rancias próstatas de unos hippies seniles y balbucientes”, Sánchez Dragó, con menos gracia, les llamó “dinosaurios borrachuzos”. La quiosquera de mi barrio, cuya cuota de lectura atiende exclusivamente a revistas de cotilleos, también tiene su propia teoría sobre el Nobel de Literatura de 2016: “Pero si no se le entiende cuando canta”. El ciudadano común, frente al hecho de que por una vez el nombre del agraciado le es familiar (y hasta conoce su obra porque ha oído un par de canciones), se siente automáticamente con la autoridad para opinar sobre lo que en realidad tiene un conocimiento muy limitado.

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El imperio del humor

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Gente en sitios (2014), de Juan Cavestany

DE BERLANGA AL POST-HUMOR
El cine español propone nuevos caminos para la comedia

Aunque todo presente se explica en su pretérito, a veces el pasado puede pesar como una losa. ¿Ha sido el cine español capaz de desprenderse de ella para encontrar nuevas formas de humor? Isaki Lacuesta, ganador de la Concha de Oro con Los pasos dobles (2011), está convencido de que “España solo puede entenderse en clave de chirigota, de esperpento, de entremés o de tragicomedia berlanguiana, es decir, en clave de telediario”. Aunque ya en Los pasos dobles había guiños cómicos y en el reciente corto Tres triples triples (2013) practica un humor indefinible, en un sentido estricto el autor de Los condenados (2009) aborda por primera vez la comedia con su último proyecto, Murieron por encima de sus posibilidades (2015), cuyo rodaje ha terminado este verano. Rodada en cooperativa, su argumento gira en torno al secuestro de un banquero por una banda de indignados.

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Mensajes cifrados

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LA INVENCIÓN DE HUGO
Hugo
Martin Scorsese, 2011

Aunque no lo aparente, La invención de Hugo es una película en primera persona. Y no se parece a nada –absolutamente nada– que Martin Scorsese haya hecho antes. Es una película familiar –infantil, podríamos decir, en cuanto su tema es la infancia del cine– dirigida por el mismo cineasta que sembró los infiernos de Taxi Driver (1976) y Uno de los nuestros (1990). Es como si reemplazara el sentido de la violencia con el del asombro. Y al mismo tiempo es la película a la que cabalmente podía llegar el cinéfilo que dirige A Personal Journey Through American Movies (1995), Il mio viaggio in Italia (1999) y A Letter to Elia (2010). También procede del director que rescató a Jerry Lewis en los ochenta, pintó con el Technicolor de los treinta la primera parte de El aviador y replicó a Hitchcock en un anuncio de cava. Pero insisto: La invención de Hugo no se parece a nada que Scorsese haya hecho antes. Es la adaptación de una novela gráfica de Brian Selznick guionizada por John Logan. Pero es su película más personal.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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La guerra de los idiotas

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TROPIC THUNDER: ¡UNA GUERRA MUY PERRA!
Tropic Thunder
Ben Stiller, 2008

Tom Cruise haciendo ostensiblemente el ganso bajo el disfraz de un histérico productor judío sin escrúpulos. Sobre tal escena desfilan los créditos finales de la declaración de guerra contra Hollywood que ha firmado Ben Stiller con su cuarto largometraje, Tropic Thunder, del que obviaremos su subtítulo castellano, muy propio por otra parte de una industria tan bufa como la que retrata el autor de Zoolander (2001). Si hace siete años el blanco de sus chistes fue la infantilizada, cruenta industria de la moda, ahora le ha llegado el turno a la mano que le paga su mansión en Beverly Hills. Y aunque el conjunto de Tropic Thunder no mantiene la misma intensidad que Zoolander, bien es cierto que el veneno de su agresión es todavía más nocivo, pues no es en absoluto, como nos recuerda la revista “Amante”, una “parodia funcional al poder” (aunque se haya posicionado en el primer puesto de la taquilla). Un poder que sigue alimentándose de contradicciones al permitir a un dinamitador actuar dentro de su sistema ­–el film lo produce DreamWorks y lo distribuye Paramount–; alguien que además es capaz de arrastrar a la estrella mimada de la Meca (que parecía haber perdido los papeles) en su particular campaña de ridiculización contra las grandes corporaciones del show-business cinematográfico. En su furioso y desternillante “yo acuso”, Stiller encuentra otros aliados sin complejos como Robert Downey Jr. (su papel de actor “negro” del Método lleva inscrita gran parte de la intrahistoria más risible del cine), Jack Black, Steve Coogan, Mathew McConaughey o el mismísimo Nick Nolte, todos ellos en roles de guerrilla sobradamente comprometidos con la causa.

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