Inercias, contagios y tránsitos

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EL NUEVO PAISAJE DE LA TELEFICCIÓN AMERICANA / Año 2014

Si queremos, la caída de Walter White en su querido laboratorio funcionaba como certificado de defunción de una forma de entender la ficción televisiva. El satisfactorio final de Breaking Bad (AMC, 2008-2013), la serie en la que minimalismo (narrativo) y manierismo (estético) se confabulaban para culminar los trayectos de la teleficción en el albor del siglo XXI, anunciaba un fin de ciclo. Un año después, terminaban Boardwalk Empire (HBO, 2010-2014) y Treme (HBO, 2010-2014), sucedáneos naturales y sofisticación barroca de las series que prendieron la mecha: Los Soprano (Terrence Winter recogía el testigo) y The Wire (de nuevo con David Simon al frente). En unos meses asistiremos al final de Don Draper en Mad Men (AMC, 2007-2015), y no es necesario recordar que su creador, Matthew Weiner, también se forjó en el ‘Writer’s Room’ de David Chase. ¿Qué quedará entonces? ¿La mediocridad de Masters of Sex? Pero por si estas cuatro sepulturas no bastaran, hagámonos a la idea de que el gran círculo de la televisión de autor (el escritor como la figura todopoderosa) lo cerrarán el próximo año quienes alumbraron su trazado: David Lynch y Mark Frost. El regreso de Twin Peaks será como un viaje al utero materno, 25 años después. 

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Energías renovables

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BONE TOMAHAWK
S. Craig Zahler, 2015

MI HIJA, MI HERMANA
Les Cowboys
Thomas Bidegau, 2015

El cine se disputa desde hace mucho tiempo en las ondas sísmicas de viejos epicentros. Pensemos en el western: convendríamos fácilmente en que su epicentro es John Ford. Y para concretar más: Centauros del desierto. John Wayne, Monument Valley, indios salvajes, la épica de la frontera, el gran romance explícito en la imagen, pero silenciado en el drama. Su fuerza sísmica nos alcanza hasta hoy. No solo eso: está inscrita en el código genético de prácticamente cualquier western que quiera dignificarse. Lo comprobamos con el estreno de Bone Tomahawk, de S. Craig Zahler, multipremiada en Sitges, y también con la producción franco-belga Mi hija, mi hermana (Les Cowboys), de Thomas Bidegain. Emanan ambas películas, escritas y dirigidas por debutantes, como perfectos y muy distintos ejemplos de cómo el western de autor apenas puede eludir el epicentro fordiano.

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Principios de la ficción cuántica

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COHERENCE
Coherence
James Ward Byrkit, 2013

Podemos llamarla “ficción cuántica” porque otros ya lo han hecho. Es la clase de ficción generada a partir de las múltiples variantes en torno a un mismo acontecimiento que se pueden poner en escena. Todo depende desde dónde se observe el fenómeno Es mucho más complejo, en verdad, pero hay que ser físico para comprenderlo. O, en estos tiempos, guionista de televisión. Aparte de los videojuegos (pura mecánica cuántica), quizá ningún otro soporte como la ficción televisiva ha explorado sus posibilidades con tanta dedicación y asombro –sobre todo Lost y Fringe, ambas de J. J. Abrams–, si bien la gran pantalla también tiene algo que decir al respecto. Si nos ponemos categóricos, en verdad toda ficción es una ficción cuántica: solo acontece mientras es observada.

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Teleportaciones

STAR TREK
Star Trek
J. J. Abrams, 2009

Empecemos por admitir que, contra todo pronóstico, la ciencia ficción no ha proporcionado todavía grandes hitos en este tercer milenio. La fantasía digital ha impulsado su galopante reproducción, los grandes estudios se han abalanzado sobre toda historieta de cómic disponible, además de dar cuenta de las mil y una variantes de cine apocalíptico y de viajes intergalácticos imaginables, pero son más bien escasas las veces en las que más allá de las notables aportaciones de cineastas afiliados al género como Steven Spielberg y M. Night Shyamalan, o deslumbrantes artefactos como 2046 (Wong Kar Wai, 2004) y WALL·E (Andrew Stanton, 2008), la ciencia ficción no haya sucumbido a la indigestión pirotécnica o al tratamiento administrativo del cine de atracciones. Incluso directores respetables como Soderbergh (Solaris, 2002) y Winterbottom (Código 46, 2003), o menos respetables como Danny Boyle (Sunshine, 2007), se han estrellado contra el muro de la desidia en sus respectivos intentos. Zambulléndose en el manido cine de catástrofes, ese muro lo destruyó la poderosa Monstruoso (Matt Reeves, 2008), filmación subjetiva de una experiencia límite que tomaba el discurso del vídeo digital como un valor en sí mismo, y no como una herramienta para seguir representando el mundo (y el Apocalipsis) con los ojos de siempre. El productor de aquella conquista era J. J. Abrams, director de esta undécima inmersión de la gran pantalla en los universos de Star Trek.

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