El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

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Amor físico, desgarro interior

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LA VIDA DE ADÈLE
La Vie d’Adèle
Abdellatif Kechiche, 2013

A gran parte de los presentes en el Festival de Cannes sorprendió la contundencia y el consenso con que La vida de Adèle sedujo a casi todos los espectadores. Por lo que a este cronista se refiere, tratándose de Abdellatif Kechiche, el entusiasmo era cuanto menos previsible. En sus anteriores largometrajes –La Faut a Voltaire (2001), La escurridiza (2004), Cuscús (2007), Vénus noire (2010)–, no todos ellos estrenados en nuestras salas, el cineasta francés de origen magrebí ya dio muestras de su extraordinario talento para armar relatos de vocación popular pero con un tratamiento profundamente personal y artístico (la magnífica Cus-cús fue un verdadero éxito de taquilla en Francia), así como de la importancia crucial que concede al trabajo de los intérpretes, al cine entendido como la aventura expresiva del cuerpo. Su obra parece responder a una búsqueda en la que el valor de la palabra y de la imagen encuentren su perfecta equivalencia. Inspirada en el cómic de Julie Maroh El azul es un color cálido –quien publicó en su blog personal varias reflexiones controvertidas en torno a sus impresiones del film, como que se trataba de un emotivo relato sobre lesbianas pero realizado sin lesbianas–, la película con la que Kechiche obtenía la Palma de Oro parecía proponer una mirada insólita, hasta entonces nunca vista en el cine, en torno a la naturaleza carnal del deseo en el amor lésbico.

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Wes Anderson: “Siempre me ha gustado la Europa de Hollywood”

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EL GRAN HOTEL BUDAPEST
The Grand Budapest Hotel
Wes Anderson, 2014

De un instituto a una academia, de una casa a un submarino, de un tren a una madriguera, de un campamento a un hotel… En sus ocho largometajes, desde Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996) hasta El Gran Hotel Budapest (2014), ganadora del Premio del Jurado en Berlín, Wes Anderson (Houston, Texas, 1969) siempre ha sentido la necesidad de encerrar a sus entrañables personajes en ínsulas aisladas, en microcosmos de los que inevitablemente acaban escapando. Con su última película, el cineasta que ostenta el “dandismo” del cine independiente parece llevar su universo y su estética particular a un punto sin retorno.

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La conciencia del demiurgo

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EL GRAN HOTEL BUDAPEST
The Grand Budapest Hotel
Wes Anderson, 2014

Es conocida la lectura que François Truffaut hizo del cine de Roberto Rossellini: “Empezó su obra filmando unidades pequeñes: un barco de guerra, una ciudad, una pequeña isla; luego filmó países, después continentes, más tarde periodos de la Humanidad…”. En una escala menor, y salvando todas las distancias –ambos cineastas son prácticamente opuestos–, podemos decir algo similar del cine de Wes Anderson, quien desde la seminal Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996) hasta El Gran Hotel Budapest (2014), en sus ocho largometrajes hasta la fecha, siempre ha sentido la necesidad de encerrar a sus entrañables personajes en microcosmos cada vez mayores, de los que inevitablemente acaban escapando para emprender un viaje de autoconocimiento y relacionarse con el mundo exterior, bien sea para integrarse en él o directamente para ser expulsados.

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