El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

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El sortilegio de la intuición

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PURO VICIO
Inherent Vice
Paul Thomas Anderson, 2014

Cuando el detective en su nube no sabe si aceptar la súplica de la mujer que le ha roto el corazón, esto es, encontrar a su amante (un pez gordo de las finanzas, un hombre casado), pregunta qué debe hacer a otra mujer, aquella que realmente le ama. Ésta responde: “Sigue tu intuición”. Si lo pensamos un poco, el gran misterio de Puro vicio no es el que finalmente resolverá o no el investigador Doc Sportello (Joaquin Phoenix), sino el que apela directamente al espectador, y que descansa en esta mujer, que se hace llamar Sortilège (Joanna Newsom). Es a través de su voz y su memoria que entramos en el relato, narrado desde el flujo impresionista de sus recuerdos y de los tránsitos psicotrópicos en los que flota Sportello. Es a través de una descomunal, inolvidable escena de seducción (el sortilegio sexual), que el espectador también se enamora de ella. Puro vicio responde por tanto a un sortilegio: el de la intuición.

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Un lobo con piel de cordero

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EL JUEGO DE HOLLYWOOD
The Player
Robert Altman, 1992

Una película hobbesiana, podríamos decir, como un lobo con piel de cordero que se devora a sí mismo. Realizada por un maverick que fue expulsado de la industria y cuando regresó a ella colocó un endiablado artefacto explosivo en su interior, El juego de Hollywood (The Player, 1992) es la obra (¿maestra?) de un consumado artificiero. Como indica su título original, Robert Altman, despiadado retratista de América y virtuoso tejedor de corrosivas obras corales, es un jugador que se adapta a las reglas del juego pero solo para subvertirlas y proponer lecturas inversas, sobre todo para esos espectadores entrenados durante años a consumir las películas con candor y sin resistencia. Altman juega sus cartas con la media sonrisa del tahúr irónico, cínico y satírico que siempre fue, y propone una radiografía moral sobre qué clase de personas deciden qué y cómo se hacían las películas en los estudios de Hollywood durante la borrachera publicitaria de los ochenta. Aquella que le arrojó temporalmente al olvido.

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La guerra de los idiotas

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TROPIC THUNDER: ¡UNA GUERRA MUY PERRA!
Tropic Thunder
Ben Stiller, 2008

Tom Cruise haciendo ostensiblemente el ganso bajo el disfraz de un histérico productor judío sin escrúpulos. Sobre tal escena desfilan los créditos finales de la declaración de guerra contra Hollywood que ha firmado Ben Stiller con su cuarto largometraje, Tropic Thunder, del que obviaremos su subtítulo castellano, muy propio por otra parte de una industria tan bufa como la que retrata el autor de Zoolander (2001). Si hace siete años el blanco de sus chistes fue la infantilizada, cruenta industria de la moda, ahora le ha llegado el turno a la mano que le paga su mansión en Beverly Hills. Y aunque el conjunto de Tropic Thunder no mantiene la misma intensidad que Zoolander, bien es cierto que el veneno de su agresión es todavía más nocivo, pues no es en absoluto, como nos recuerda la revista “Amante”, una “parodia funcional al poder” (aunque se haya posicionado en el primer puesto de la taquilla). Un poder que sigue alimentándose de contradicciones al permitir a un dinamitador actuar dentro de su sistema ­–el film lo produce DreamWorks y lo distribuye Paramount–; alguien que además es capaz de arrastrar a la estrella mimada de la Meca (que parecía haber perdido los papeles) en su particular campaña de ridiculización contra las grandes corporaciones del show-business cinematográfico. En su furioso y desternillante “yo acuso”, Stiller encuentra otros aliados sin complejos como Robert Downey Jr. (su papel de actor “negro” del Método lleva inscrita gran parte de la intrahistoria más risible del cine), Jack Black, Steve Coogan, Mathew McConaughey o el mismísimo Nick Nolte, todos ellos en roles de guerrilla sobradamente comprometidos con la causa.

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Como un crepúsculo

GRAN TORINO
Gran Torino
Clint Eastwood, 2008

Hay algo en las grandes películas testamentarias que escapa a los juicios cinematográficos. La corriente del film transborda el caudal fílmico y se convierte en una expresión íntima y desnuda, atravesada por imágenes de despedida que quedan impresionadas a fuego en la retina. No olvidamos el último gesto fílmico de Antonioni, cruzando la basílica de San Pietro in Vincoli en el limbo digital de Lo sguardo di Michelangelo (2004); o el plano final de Robert Altman en El último show (2006), nada menos que un ángel blanco de la muerte atravesando la cámara; tampoco el sereno recorrido de una casa habitada por ánimas en Dublineses (1987), la última obra (maestra) de John Huston. Son películas que atesoran el sueño de la lucidez al final del camino. Hay algo arrolladoramente conmovedor en su paz espiritual, en cómo sus autores sentían el final y lo aceptaban sin resistencia. Las películas-testamento imponen la sensación de que asistimos a un bello crepúsculo y nunca queremos que termine. Es lo que pasa con Gran Torino.

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