El sortilegio de la intuición

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PURO VICIO
Inherent Vice
Paul Thomas Anderson, 2014

Cuando el detective en su nube no sabe si aceptar la súplica de la mujer que le ha roto el corazón, esto es, encontrar a su amante (un pez gordo de las finanzas, un hombre casado), pregunta qué debe hacer a otra mujer, aquella que realmente le ama. Ésta responde: “Sigue tu intuición”. Si lo pensamos un poco, el gran misterio de Puro vicio no es el que finalmente resolverá o no el investigador Doc Sportello (Joaquin Phoenix), sino el que apela directamente al espectador, y que descansa en esta mujer, que se hace llamar Sortilège (Joanna Newsom). Es a través de su voz y su memoria que entramos en el relato, narrado desde el flujo impresionista de sus recuerdos y de los tránsitos psicotrópicos en los que flota Sportello. Es a través de una descomunal, inolvidable escena de seducción (el sortilegio sexual), que el espectador también se enamora de ella. Puro vicio responde por tanto a un sortilegio: el de la intuición.

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Un lobo con piel de cordero

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EL JUEGO DE HOLLYWOOD
The Player
Robert Altman, 1992

Una película hobbesiana, podríamos decir, como un lobo con piel de cordero que se devora a sí mismo. Realizada por un maverick que fue expulsado de la industria y cuando regresó a ella colocó un endiablado artefacto explosivo en su interior, El juego de Hollywood (The Player, 1992) es la obra (¿maestra?) de un consumado artificiero. Como indica su título original, Robert Altman, despiadado retratista de América y virtuoso tejedor de corrosivas obras corales, es un jugador que se adapta a las reglas del juego pero solo para subvertirlas y proponer lecturas inversas, sobre todo para esos espectadores entrenados durante años a consumir las películas con candor y sin resistencia. Altman juega sus cartas con la media sonrisa del tahúr irónico, cínico y satírico que siempre fue, y propone una radiografía moral sobre qué clase de personas deciden qué y cómo se hacían las películas en los estudios de Hollywood durante la borrachera publicitaria de los ochenta. Aquella que le arrojó temporalmente al olvido.

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En el corazón de la psique americana

J. EDGAR
J. Edgar
Clint Eastwood, 2011

Con las películas de Clint Eastwood podría formarse un gran mosaico de la historia norteamericana. Un mosaico que actuaría de sismógrafo ultrasensible de las tensiones y disensiones entre lo público y lo privado a lo largo de prácticamente toda la historia de Estados Unidos: desde la mitología fundacional del imperio (El fuera de la ley, 1976; Sin perdón, 1992) hasta la pulsión de muerte del tercer milenio (Million Dollar Baby, 2004; Más allá de la vida, 2010). Si con Gran Torino (2008), el cineasta parecía levantar acta testamentaria de lo que ha significado la persona y el personaje Eastwood en la gran pantalla y su incidencia en la cultura social, ahora con J. Edgar propone un recorrido por casi todos los periodos históricos que ha tratado en su cine a lo largo cuatro décadas. Eastwood entrega así, cuando alcanza los 81 años de edad, su película más ambiciosa y expansiva en el tiempo, un compendio de viñetas históricas del siglo XX en los rincones más oscuros de la política norteamericana —que se inicia en los atentados anarquistas de 1919 en Washington y termina en las escuchas ilegales que hundieron a Nixon—, al tiempo que una investigación de la psique (no menos oscura y perturbadora) de J. Edgar Hoover. O, lo que viene a ser lo mismo, la psique de América.

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