Terence Davies: “No hago cine para la posteridad”

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UNA HISTORIA DE PASIÓN
A Quiet Passion
Terence Davies, 2016

La pasión silenciosa, porque fue silenciada, es la de una mujer que escribió un poema al día mientras vivió apartada de la sociedad y encerrada en su casa hasta la muerte, con 56 años. Es el relato enclaustrado por fuera pero abierto a las profundidades del ser, el de la pasión de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), que otro poeta, el británico Terence Davies (Liverpool, 1945), ha llevado a la pantalla con una sensibilidad que ya parece haber desaparecido de las pantallas, cercana a Max Ophüls en su impacto emocional y a Oscar Wilde en la precisión y riqueza literaria de los diálogos. Historia de una pasión, reza el título castellano de A Quiet Passion, es también la historia de una resistencia y una erosión, la de una mujer que nació fuera de su tiempo, cuando ellas no podían ser poetas; cuando el dogmatismo religioso alienaba cualquier espíritu libre y pensante como el suyo; cuando el matrimonio era el único camino aceptable para no llegar virgen a la tumba.

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Reescrituras

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Déjame entrar suma un nuevo caso de reescritura fílmica

La postura más cómoda pasa por entender que todo remake cinematográfico responde a motivos estrictamente pecuniarios. Si la industria norteamericana traslada a la pantalla una exitosa novela sueca que actualiza el mito del vampirismo infantil –Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist– y que ya fue llevada con gran éxito de crítica y público (europeo) a la pantalla apenas dos años atrás –Déjame entrar (Let The Right One In, 2008), del sueco Thom Anderson–, ¿qué otro motivo puede haber? ¿Por qué Matt Reeves, director de ese hito del cine digital titulado Cloverfield, opta para su reválida por filmar un relato ya filmado hace tan poco tiempo? Una de las claves consiste en determinar si esta enésima reelaboración cinematográfica trasciende el concepto canónico de la franquicia industrial –tipo The Ring (1998 y 2002), del original japonés de Hideo Nakata a su inconsistente traslación hollywoodense en manos de Gore Verbinski– o si entra en el territorio de la actualización por medio de determinada radicalidad conceptual –como sería el caso de las siamesas Funny Games (1997 y 2007), la austriaca y la norteamericana, realizadas por Michael Haneke con un rigor reproductivo en el que la duración de las escenas y la composición de los encuadres eran exactamente igual. Fue su forma de cuestionar (o todo lo contrario) la validez temporal de unas imágenes traumáticas.

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Entre soñar y vivir

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EYES WIDE SHUT
Stanley Kubrick, 1999

“Follar”. Es la última palabra en la última película de Stanley Kubrick, estrenada el último año del segundo milenio. Kubrick tenía una mente computerizada y enciclopédica, más propia del Renacimiento que del agitado siglo XX, y fue junto a Hitchcock uno de los cineastas más racionalistas y meticulosos, tan frío y distante como el polo norte, pero se despidió súbitamente del cine (y del mundo) otorgando categoría de respuesta existencial a un exabrupto que no atiende a lógicas empíricas. “¿Qué debemos hacer?”, pregunta el doctor William Howard (Tom Cruise) cuando la sospecha del adulterio, imaginado o real, se ha cernido para siempre sobre ellos. “Follar”, responde Alice (Nicole Kidman). Respuesta sensata a una pregunta incorrecta.

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París era una fiesta

MIDNIGHT IN PARIS
Woody Allen, 2011

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No es la primera vez que Woody Allen juega con la noción de la fuga a un tiempo o un lugar pretendidamente más feliz. Al cineasta de Brooklyn le ha seducido una y otra vez la idea de escapar de una realidad que no le gusta, de un mundo en el que no se encuentra cómodo. Que le asusta, le aburre y le entristece. Sea el propio cine, la literatura, la música, la radio o el béisbol, los otros mundos (y pasiones) que en sus películas se derivan de la realidad inmediata son, en definitiva, los sustitutos en los que sistemáticamente se ha refugiado de una existencia que (como expresan sus películas una y otra vez) nunca ha resuelto sus incertidumbres. “La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad… y además termina demasiado pronto”, dice el Alvy Singer de Annie Hall (1977). Hoy Woody Allen escribiría las mismas líneas sin contradecirse.

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En las cumbres del melodrama

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CAROL
Todd Haynes, 2015

Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así ingresamos, como espectadores, en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, la última película de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

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Mazurca para dos amantes

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ANNA KARENINA
Anna Karenina
Joe Wright, 2012

Tolstoi no lo hubiera imaginado mejor. El romanticismo épico de su Anna Karenina cabe en una prodigiosa, mágica secuencia de baile, la que filma Joe Wright en la enésima adaptación al cine de la novela rusa, tan extraordinariamente popular. Ninguna traslación a la pantalla, en todo caso, ha mostrado antes semejante compromiso con la necesidad de traducir el texto decimonónico, considerado obra cumbre del realismo literario, a un dispositivo formal tan consecuente con aquello que narra y con los designios de la posmodernidad. Superando los vals de Minelli en Madame Bovary (1949) o de Visconti en El gatopardo (1963), incluso al baile de Charles Boyer y Danielle Darrieux en Madame de… (1953, Max Ophüls), la mazurca para dos amantes que pone en escena Wright, coreografiada como un trance o como un sueño capaz de detener el tiempo, es el corazón de la película, el que marca su cadencia y bombea sangre a todo el organismo, determinando su insospechada intensidad.

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La casa de los sueños rotos

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CASA DE TOLERANCIA
L’Apollonide (Souvenirs de la maison close)
Bertrand Bonello, 2011

He aquí una película que podemos habitar. Una película que abre sus puertas –las de un prostíbulo en el cambio del siglo XIX al XX– y nos invita a vivir dentro de ella, recorrer sus espacios, relacionarnos con los cuerpos y las miradas que los habitan. Una película, por tanto, que no podemos si no frecuentar una y otra vez, atrapados por la hipnótica experiencia que propone, por los paraísos artificiales que atesora y los fragmentos de vida (de placer y de dolor) retratados y que, gracias al poder de seducción artística de Bertrand Bonello y sus extraordinarias actrices, no querremos abandonar por un minuto. Es más, volveremos a este burdel parisino que huele a Baudelaire y a Monet y a Renoir –y también a sífilis y a semen y a champagne–, acaso como hacen los clientes habituales del burdel (interpretados en su mayoría por cineastas franceses), convencidos de que en esa burbuja donde la felicidad puede tocarse, donde los fetichismos son la norma, encontrarán consuelo a las vidas que acontecen fuera de sus paredes, esas vidas a las que nunca tendremos acceso. El “huis clos” de Casa de tolerancia, que solo se rompe en dos ocasiones, configura una genuina poética del placer y la pérdida. 

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Wes Anderson: “Siempre me ha gustado la Europa de Hollywood”

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EL GRAN HOTEL BUDAPEST
The Grand Budapest Hotel
Wes Anderson, 2014

De un instituto a una academia, de una casa a un submarino, de un tren a una madriguera, de un campamento a un hotel… En sus ocho largometajes, desde Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996) hasta El Gran Hotel Budapest (2014), ganadora del Premio del Jurado en Berlín, Wes Anderson (Houston, Texas, 1969) siempre ha sentido la necesidad de encerrar a sus entrañables personajes en ínsulas aisladas, en microcosmos de los que inevitablemente acaban escapando. Con su última película, el cineasta que ostenta el “dandismo” del cine independiente parece llevar su universo y su estética particular a un punto sin retorno.

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La conciencia del demiurgo

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EL GRAN HOTEL BUDAPEST
The Grand Budapest Hotel
Wes Anderson, 2014

Es conocida la lectura que François Truffaut hizo del cine de Roberto Rossellini: “Empezó su obra filmando unidades pequeñes: un barco de guerra, una ciudad, una pequeña isla; luego filmó países, después continentes, más tarde periodos de la Humanidad…”. En una escala menor, y salvando todas las distancias –ambos cineastas son prácticamente opuestos–, podemos decir algo similar del cine de Wes Anderson, quien desde la seminal Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996) hasta El Gran Hotel Budapest (2014), en sus ocho largometrajes hasta la fecha, siempre ha sentido la necesidad de encerrar a sus entrañables personajes en microcosmos cada vez mayores, de los que inevitablemente acaban escapando para emprender un viaje de autoconocimiento y relacionarse con el mundo exterior, bien sea para integrarse en él o directamente para ser expulsados.

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Los actores de la Nouvelle Vague

DOS O TRES COSAS QUE SABEMOS DE ELLOS
Digresiones en torno a (algunos) cuerpos y espíritus de la Nouvelle Vague


EL CUERPO

Se abre el telón. La condesa de Landsfeld, perdido el honor, es objeto de escarnio y pleitesía. Ella, cuya belleza y malas artes arruinaron a monarcas y millonarios de todo el mundo (así lo asegura el maestro de ceremonias), es expuesta como un maniquí, encerrada en una jaula, en el circo de Nueva Orléans. El plano frontal nace cerca de su rostro, impávido, resignado, solitario, de una belleza decadente. La cámara se aleja de ella, el plano va mostrando dos largas colas de ciudadanos anónimos acercándose en procesión. Han pagado un dólar y, por un instante, pueden ver de cerca, incluso besar la mano, de un mito sexual, la más perversa y fascinante de las mujeres de una época extinguida. Se cierra el telón.

[“Lola Montes” (1956), Max Ophüls]

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I.

El estrellato de Martine Carol fue breve y terminó trágicamente. Sólo pudo disfrutarlo durante los primeros años cincuenta, después de una labrada carrera en el teatro y como diosa pin-up de la posguerra. En 1956, una rubia llamada Brigitte Bardot irrumpió como un huracán en una película dirigida por su marido que borró de un plumazo todos los cuerpos precedentes en las pantallas del cine francés. El título, irónico, Y Dios creó a la mujer. La irrupción de la Bardot fue la verdadera extinción de Martine Carol. Lo que vino después –las drogas, los fracasos amorosos y profesionales, un fatal accidente y una muerte en turbias circunstancias–, fue la tragedia extendida de una vida truncada a los 46 años de edad. Al poco de aparecer muerta sumergida en una bañera de un hotel de Mónaco, se estrenó su último film, una producción británica que llevaba cuatro años durmiendo en el limbo. Su título, no menos irónico, Hell is Empty.

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