Bárbara Lennie, en las entrelíneas

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EL CONTRAPLANO. Al llegar a la cafetería solo tengo el contraplano. De escorzo, junto a la ventana, Bárbara Lennie parece habitar un lienzo de Hopper. Escribe Ramón Salazar en el cuaderno de rodaje de La enfermedad del domingo que cree haber descubierto el secreto de la actriz, el gesto que necesita para habitar y deshabitar la mirada, el cuerpo, acaso el espíritu que desee: “Mira ligeramente a su derecha y 45º grados en sentido descendente mientras se asiente a sí misma. En algún lugar por ahí abajo hay una puerta de entrada a la forma en la que selecciona, procesa y ordena meticulosamente la información sobre el alma de sus personajes”. Me falta entonces ese plano, así que, por qué no confesarlo, lo busco durante la hora de conversación en el Café Comercial de Madrid, bajo una luz dorada.

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Olivier Assayas: “El cine debe reescribir la Historia”

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CARLOS
Carlos
Olivier Assayas, 2010

Otros lo han intentado antes. Steven Spielberg (Múnich) y Steven Soderberg (el díptico Che), por ejemplo. Con resultados dispares, con ideas políticas distintas. Cuando el cine ha tratado de ofrecer una lectura contemporánea de la complejidad geopolítica de los años setenta -iconos revolucionarios, internacionalismo terrorista, espionaje político-, y de escenificar los sótanos más oscuros de la historia que nunca nos contaron -las turbias conexiones de gobiernos, traficantes de armas y terroristas mercenarios-, se ha visto generalmente sofocado por los imperativos de la condensación, ergo la simplificación, cuando no por la pátina ideológica. Afortunadamente, el último en intentarlo ha sido Olivier Assayas (París, 1955), uno de esos autores cuya obra –Irma Verp (1996), Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Clean (2004), Las horas del verano (2009)…, etc.- podríamos contemplar como un conjunto de peldaños que ha ido escalando hacia un sentido determinado, hacia una noción clara y consecuente de los factores narrativos y estéticos que definen el cine contemporáneo. Su última parada: Carlos.

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Regreso al hogar de los Coen

UN TIPO SERIO
A Serious Man
Ethan Coen y Joel Coen, 2009

A los hermanos Coen se les ha dado por muertos en más de una ocasión. Con la feliz cosecha en los Oscar y en las taquillas, No es país para viejos (2007) volvió a colocarles en el mapa de la industria, si bien aquello no fue más que el resultado de una inteligente jugada con sospechoso olor a producto de diseño. No es cuestión de restar méritos a la excelente adaptación de la novela de Cormac McCarthy con la que los hermanos de Mineápolis volvieron a seducir a crítica y público internacionales, devolviéndoles así al territorio conquistado con Fargo (1996), pero a los autores de El gran Lebowski (1998), probablemente la mejor comedia de los últimos veinte años, lo que realmente les gusta es hacer reír. Su filmografía habla por sí sola: nueve de catorce largometrajes son comedias. De esta suerte, el film protagonizado por Javier Bardem vendría a ser la mejor película de los Coen para aquellos a quienes no les gusta el cine de los Coen. Tras la reconquista de un estatus de autores serios y sombríos, regresaron a sus fueros con la brillante Quemar después de leer (2008), una suerte de ensayo desquiciado en torno a la idiocracia que gobierna el mundo. Ahora, con Un tipo serio, han vuelto a explorar el reverso más ridículo de la condición humana, o más bien de la condición judía, hilvanando una fina comedia sobre la angustia.

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