Wim Wenders: “Nunca he perdido la fe en el ser humano”

12-00-1877

© Sebastião Salgado

LA SAL DE LA TIERRA
The Salt of Earth
Wim Wenders & Juliano Ribeiro Salgado, 2014

Cuando Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) conoció a Sebastião Salgado, hace cinco años –“con algo de retraso, porque conocía y admiraba su trabajo desde hace mucho tiempo”, explica el cineasta–, el fotógrafo brasileño le pidió consejo: “¿Crees que podría mostar mis fotos en una pantalla de cine?”. El autor de hitos del cine europeo como Alicia en las ciudades (1974), Paris Texas (1984) o El cielo sobre Berlín (1987), que ha desarrollado también un potente trabajo como documentalista –desde filmar los últimas días de Nicholas Ray en Relámpago sobre el agua (1980) hasta su reciente película sobra Pina Bausch realizada en 3D–, tuvo muchas dudas al respecto: “Le dije que tenía miedo de que se convirtiera en un pase de diapositivas, aunque fueran acompañadas de sonido y de imagen”. Pero siguió dándole vueltas a la idea, y cuando volvieron a encontrarse, se retractó: “Concluí que si las fotos estaban protegidas por su propia voz y sus propias historias, eso podría marcar la diferencia”.

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Perversiones infantiles

ANTICRISTO
Antichrist
Lars von Trier, 2009

Es un tópico decirlo, pero frente a una propuesta tan radical como Anticristo, el término medio (la indiferencia) no debería encontrar cabida. Está fuera de toda lógica debatir si es una buena o una mala película, si es recomendable o no lo es, si nos ha gustado o no. También los juicios éticos carecen de relevancia desde el momento en que Lars von Trier se propone deliberadamente rasgar la mirada del espectador y agredir su sensibilidad. El objetivo del film no es complacer el gusto o la moral, sino provocar reacciones, y entre ellas el rechazo es tan válido como la fascinada conmoción. Digamos que el director de Rompiendo las olas (1996), Bailar en la oscuridad (2000) y Dogville (2003) lleva a un nuevo límite los placeres por el sadismo y la misoginia ya familiares en su filmografía, y que, en una penúltima vuelta de tuerca, Anticristo ya no se conforma con postularse como una suerte de film-ensayo sobre los límites de la tortura (mental y física) en la pantalla, sino que directamente trata de ejercer esa violencia sobre nuestros sentidos. Una violencia, digámoslo ya, tremendamente explícita y sediciosa, cuya intensidad va mostrándose en imparable crescendo, pero que no necesariamente significa que sea realista. Del mismo modo que no es realista la violencia de los dibujos animados de Tom y Jerry. Al fin y al cabo, los dos únicos personajes del film, Él y Ella —capítulo aparte merecería la pasmosa entrega de los actores, de sus cuerpos y sus mentes—, no se distinguen tanto de aquellos animalitos animados que se persiguen y maltratan irracionalmente en un eterno bucle de amor y odio.

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Dylan en el caleidoscopio

I’M NOT THERE
I’m Not There
Todd Haynes, 2007

Desde los primeros instantes de I’m Not There, cuando la cámara reemplaza a Bob Dylan caminando hacia el escenario, el magnífico film de Todd Haynes toma por propósito inmiscuirnos en el caos y la genialidad que palpitan bajo la piel de Robert Allen Zimmerman. Más allá del excelente empleo de la música para puntuar los significados sumergidos de cada tema (algunos como Positively 4th Street, Ballad of a Thin Man, Moonshiner y Blind Willie McTell recuperan su sentido preciso en yuxtaposición con las imágenes), I’m Not There en realidad no trata en ningún momento de ahondar en el proceso creativo del artista, sino en su pesquisa de una identidad abstracta, elusiva y camaleónica. Es decir, en las máscaras que Dylan ha ido colocándose a lo largo de su carrera para que no viéramos a Zimmerman. Bien como el impostor de Woody Guthrie (Marcus Carl Franklin) o el espíritu reencarnado de Arthur Rimbaud (Ben Whishaw), bien como profeta, trovador y predicador del alma (Christian Bale), como outlaw solitario (Richard Gere), marido imposible o estrella mediática (Heath Ledger), la identidad inaprensible del artista es el gran tema dylaniano y por tanto el núcleo del film de Haynes, un versado dylanófilo. Con buen criterio, el objetivo que se propone Haynes no pasa por simplificar esa complejidad y retratar la vida y milagros del “hombre detrás de su música”, sino por ponerla en evidencia tomando la forma de un criptograma audiovisual con imágenes que recrean, reescriben, reinventan, comentan o remiten a otras imágenes firmemente ancladas en el imaginario visual dylaniano.

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