Inercias, contagios y tránsitos

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EL NUEVO PAISAJE DE LA TELEFICCIÓN AMERICANA / Año 2014

Si queremos, la caída de Walter White en su querido laboratorio funcionaba como certificado de defunción de una forma de entender la ficción televisiva. El satisfactorio final de Breaking Bad (AMC, 2008-2013), la serie en la que minimalismo (narrativo) y manierismo (estético) se confabulaban para culminar los trayectos de la teleficción en el albor del siglo XXI, anunciaba un fin de ciclo. Un año después, terminaban Boardwalk Empire (HBO, 2010-2014) y Treme (HBO, 2010-2014), sucedáneos naturales y sofisticación barroca de las series que prendieron la mecha: Los Soprano (Terrence Winter recogía el testigo) y The Wire (de nuevo con David Simon al frente). En unos meses asistiremos al final de Don Draper en Mad Men (AMC, 2007-2015), y no es necesario recordar que su creador, Matthew Weiner, también se forjó en el ‘Writer’s Room’ de David Chase. ¿Qué quedará entonces? ¿La mediocridad de Masters of Sex? Pero por si estas cuatro sepulturas no bastaran, hagámonos a la idea de que el gran círculo de la televisión de autor (el escritor como la figura todopoderosa) lo cerrarán el próximo año quienes alumbraron su trazado: David Lynch y Mark Frost. El regreso de Twin Peaks será como un viaje al utero materno, 25 años después. 

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Olivier Assayas: “El cine debe reescribir la Historia”

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CARLOS
Carlos
Olivier Assayas, 2010

Otros lo han intentado antes. Steven Spielberg (Múnich) y Steven Soderberg (el díptico Che), por ejemplo. Con resultados dispares, con ideas políticas distintas. Cuando el cine ha tratado de ofrecer una lectura contemporánea de la complejidad geopolítica de los años setenta -iconos revolucionarios, internacionalismo terrorista, espionaje político-, y de escenificar los sótanos más oscuros de la historia que nunca nos contaron -las turbias conexiones de gobiernos, traficantes de armas y terroristas mercenarios-, se ha visto generalmente sofocado por los imperativos de la condensación, ergo la simplificación, cuando no por la pátina ideológica. Afortunadamente, el último en intentarlo ha sido Olivier Assayas (París, 1955), uno de esos autores cuya obra –Irma Verp (1996), Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Clean (2004), Las horas del verano (2009)…, etc.- podríamos contemplar como un conjunto de peldaños que ha ido escalando hacia un sentido determinado, hacia una noción clara y consecuente de los factores narrativos y estéticos que definen el cine contemporáneo. Su última parada: Carlos.

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El magnetismo de una gladiadora

Imagen

INDOMABLE
Haywire
Steven Soderbergh, 2011

En una secuencia impagable, al principio del filme, Mallory Kane (Gina Carano) toma prestado el coche de un cliente del diner donde acaba de despachar a un perseguidor. La escena propone una divertida inversión de sexos a partir de una secuencia muy típica en los filmes de acción: el héroe cool al volante del coche en fuga, mientras que el asiento del copolito lo ocupa la joven propietaria del vehículo, asustada y fascinada a partes iguales con su secuestrador. Hoy ya no nos sorprende que semejante cliché se ruede al revés, como hace Steven Soderbergh en Indomable. “No deberías pensar en ella como una mujer. Es un error”, advierte el personaje de Ewan McGregor en una línea de diálogo que parece dirigida al espectador. La intensidad de la debutante Gina Carano no se fabrica en la sala de edición. Es una fuerza de la naturaleza que corre, golpea, salta, dispara y mata mucho mejor de lo que jamás lo hicieron Uma Thurman o Angelina Jolie. Con ella en pantalla, Soderbergh mantiene planos de más de cinco segundos en una secuencia de acción montada sin apoyo musical. Carano puede aguantar eso y mucho más. Su magnetismo es el magnetismo del filme.

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Teleportaciones

STAR TREK
Star Trek
J. J. Abrams, 2009

Empecemos por admitir que, contra todo pronóstico, la ciencia ficción no ha proporcionado todavía grandes hitos en este tercer milenio. La fantasía digital ha impulsado su galopante reproducción, los grandes estudios se han abalanzado sobre toda historieta de cómic disponible, además de dar cuenta de las mil y una variantes de cine apocalíptico y de viajes intergalácticos imaginables, pero son más bien escasas las veces en las que más allá de las notables aportaciones de cineastas afiliados al género como Steven Spielberg y M. Night Shyamalan, o deslumbrantes artefactos como 2046 (Wong Kar Wai, 2004) y WALL·E (Andrew Stanton, 2008), la ciencia ficción no haya sucumbido a la indigestión pirotécnica o al tratamiento administrativo del cine de atracciones. Incluso directores respetables como Soderbergh (Solaris, 2002) y Winterbottom (Código 46, 2003), o menos respetables como Danny Boyle (Sunshine, 2007), se han estrellado contra el muro de la desidia en sus respectivos intentos. Zambulléndose en el manido cine de catástrofes, ese muro lo destruyó la poderosa Monstruoso (Matt Reeves, 2008), filmación subjetiva de una experiencia límite que tomaba el discurso del vídeo digital como un valor en sí mismo, y no como una herramienta para seguir representando el mundo (y el Apocalipsis) con los ojos de siempre. El productor de aquella conquista era J. J. Abrams, director de esta undécima inmersión de la gran pantalla en los universos de Star Trek.

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