El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

Sigue leyendo

La claustrofilia de Bertolucci

tuyyo2

TÚ Y YO
Io e te
Bernardo Bertolucci, 2012

Un sótano y dos actores adolescentes. Poco más ha necesitado Bertolucci para su regreso a un cine de interiores (en toda su extensión), acaso determinado por su condición física. Como Dreyer en Gerturd (1964), Huston en Los muertos (1987) o Antonioni en La mirada de Michelangelo (2004), Bernardo Bertolucci también ha necesitado encontrar una “pieza de cámara” para dirigir desde una silla de ruedas. Todo hace pensar también que Tú y yo será la última película, el último gesto creativo, de otro maestro de la modernidad. Pero la claustrofilia del cine de Bertolucci no necesita justificación alguna, pues le preceden otros enclaustramientos: El último tango en París, Asediada, Los soñadores, etc.

Sigue leyendo

David Simon: “Nada nos hace más estúpidos que el dinero”

David Simon

LA ESQUIZOFRENIA AMERICANA
The Wire (2002-2008)
Treme (2010-2014)


Para David Chase, creador de Los Soprano, su trabajo consistía en “otorgar consistencia al tono y al estilo de la serie”. ¿Cómo describe su trabajo?

Un creador en televisión es la persona que escribe y a veces dirige el piloto. Ya está. “Creado por…” en realidad solo significa que es el autor del piloto. Generalmente el creador es también el showrunner, quien está al mando de la evolución de la serie. Yo de hecho siempre me he sentido incómodo bajo la consideración de “creador”… Le contaré algo. Bob Colesberry era la paleta visual de The Corner (2000) y de The Wire (2002-2008). Era quien entendía el trabajo de cámara y quien estilísticamente llevaba las riendas. Aprendí mucho de Tom Fontana y Barry Levinson en Homicide [1993-1999, serie basada en el libro de no ficción homónimo de David Simon], pero Bob me enseñó mucho más. Murió cuando estábamos preparando la tercera temporada y fue un verdadero shock para todo el equipo. Cuando veíamos los daylies [el metraje en bruto al final de cada jornada de rodaje], yo era los oídos y él era los ojos. Él sabía cómo planificar visualmente las escenas y yo sabía cuándo una línea de diálogo era basura. Traté de que Bob figurara como co-creador, de manera que la mitad de los royalties de la serie se destinaran a una beca que llevara su nombre, pero el Sindicato de Escritores no me lo permitió. Apelé hasta el final pero concluyeron que eso, en televisión, no funciona así: el creador es el guionista y no hay más que hablar.

Sigue leyendo