Terence Davies: “No hago cine para la posteridad”

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UNA HISTORIA DE PASIÓN
A Quiet Passion
Terence Davies, 2016

La pasión silenciosa, porque fue silenciada, es la de una mujer que escribió un poema al día mientras vivió apartada de la sociedad y encerrada en su casa hasta la muerte, con 56 años. Es el relato enclaustrado por fuera pero abierto a las profundidades del ser, el de la pasión de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), que otro poeta, el británico Terence Davies (Liverpool, 1945), ha llevado a la pantalla con una sensibilidad que ya parece haber desaparecido de las pantallas, cercana a Max Ophüls en su impacto emocional y a Oscar Wilde en la precisión y riqueza literaria de los diálogos. Historia de una pasión, reza el título castellano de A Quiet Passion, es también la historia de una resistencia y una erosión, la de una mujer que nació fuera de su tiempo, cuando ellas no podían ser poetas; cuando el dogmatismo religioso alienaba cualquier espíritu libre y pensante como el suyo; cuando el matrimonio era el único camino aceptable para no llegar virgen a la tumba.

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En las cumbres del melodrama

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CAROL
Todd Haynes, 2015

Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así ingresamos, como espectadores, en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, la última película de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

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La agonía y la resignación

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JUVENTUD EN MARCHA
Juventude em Marcha
Pedro Costa, 2006

Un gesto de brutal intimidad que alumbra una de las epopeyas del cine reciente. Cuando Pedro Costa filma completamente solo con una cámara de valor irrisorio en Fontainhas, un suburbio lisboeta hoy completamente desparecido en el que encontró a Vanda Duarte, trata de determinar hasta qué punto su salto al vacío es un suicidio profesional o un órdago creativo. Después del éxito de Ossos, por fin todo se le pone de cara para filmar su próximo proyecto sin estrecheces, con los medios técnicos y humanos que necesite, pero él tiene otra idea en mente. Decide desmantelar todo equipo de rodaje, toda parafernalia técnica, toda expectativa. Decide revaluar el verdadero valor de su trabajo: renuncia a la posibilidad de un cine lleno de medios y se aventura en solitario a capturar el auténtico rostro de Vanda, no el que la convierte en un icono cinematográfico, sino el que florece del intercambio real entre quien observa y es observado.

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