Alegorías y delirios de caudillo

Madregilda (1993) echanove sacristán

MADREGILDA
Francisco Regueiro, 1993

El germen de Madregilda hay que localizarlo en una alucinación de Francisco Regueiro, en la que Franco se cuadra frente a él, como si el dictador esperara las órdenes del director, justo después de comerse su arroz con leche de la nevera. Movido por una búsqueda acaso inconsciente de exorcismo biográfico, Regueiro siente la ineludible necesidad de llevar aquella visión (de carácter no menos surrealista que la película resultante) a la pantalla. Junto al crítico Ángel Fernández-Santos, quien tras haber escrito con él sus anteriores películas se había convertido para el cineasta –uno de los más íntegros, independientes y fronterizos del cine español– en el equivalente de Rafael Azcona para José Luís G. Berlanga, fabulan a partir de la alucinación y construyen sobre el papel una esperpéntica y dickensiana alegoría de la época del hambre en la posguerra española, que con el doble juego de una falsa biografía de Franco y de la película Gilda, se transforma en una historia llena de símbolos recorrida por un inteligentísimo humor costumbrista (no exportable, por incomprensible, a otras geografías y culturas) y por diversos mitos que definieron la generación a la que ambos creadores pertenecen.

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En busca del ‘homo spiritualis’

cave_of_forgotten_dreams

LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS
Cave of Forgotten Dreams
Werner Herzog, 2010

Si el cine consiste en viajar, el aventurero Werner Herzog debería ser el mayor de los cineastas, pues ha emprendido el viaje más remoto, el que nos traslada al mágico origen del arte. En La cueva de los sueños olvidados, este consumado antropólogo alemán –para quien el cine es una herramienta de exploración de la condición humana, perfectamente manifiesto en algunos de sus filmes más recientes como Grizzly Man (2005) o Encuentros en el fin del mundo (2007)– recorre con una cámara estereoscópica el interior de la cueva de Chauvet (Francia), que permanecía completamente aislada del mundo hasta que en 1994 un grupo de científicos descubrió en su interior cientos de pinturas rupestres en perfecto estado. Con más de 30.000 años de antigüedad, casi el doble de edad que cualquier otra pintura conocida, las obras, que lucen como si se hubieran pintado ayer, se remontan a la Edad de Hielo, y arrojan importantes descubrimientos sobre los usos, costumbres y creencias de nuestros ancestros neardentales. En definitiva, son la primera prueba de que el ‘homo sapiens’ era un ser espiritual, que lo distinguía del resto de depredadores en la Tierra.

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Wim Wenders: “Nunca he perdido la fe en el ser humano”

12-00-1877

© Sebastião Salgado

LA SAL DE LA TIERRA
The Salt of Earth
Wim Wenders & Juliano Ribeiro Salgado, 2014

Cuando Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) conoció a Sebastião Salgado, hace cinco años –“con algo de retraso, porque conocía y admiraba su trabajo desde hace mucho tiempo”, explica el cineasta–, el fotógrafo brasileño le pidió consejo: “¿Crees que podría mostar mis fotos en una pantalla de cine?”. El autor de hitos del cine europeo como Alicia en las ciudades (1974), Paris Texas (1984) o El cielo sobre Berlín (1987), que ha desarrollado también un potente trabajo como documentalista –desde filmar los últimas días de Nicholas Ray en Relámpago sobre el agua (1980) hasta su reciente película sobra Pina Bausch realizada en 3D–, tuvo muchas dudas al respecto: “Le dije que tenía miedo de que se convirtiera en un pase de diapositivas, aunque fueran acompañadas de sonido y de imagen”. Pero siguió dándole vueltas a la idea, y cuando volvieron a encontrarse, se retractó: “Concluí que si las fotos estaban protegidas por su propia voz y sus propias historias, eso podría marcar la diferencia”.

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La guerra de los idiotas

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TROPIC THUNDER: ¡UNA GUERRA MUY PERRA!
Tropic Thunder
Ben Stiller, 2008

Tom Cruise haciendo ostensiblemente el ganso bajo el disfraz de un histérico productor judío sin escrúpulos. Sobre tal escena desfilan los créditos finales de la declaración de guerra contra Hollywood que ha firmado Ben Stiller con su cuarto largometraje, Tropic Thunder, del que obviaremos su subtítulo castellano, muy propio por otra parte de una industria tan bufa como la que retrata el autor de Zoolander (2001). Si hace siete años el blanco de sus chistes fue la infantilizada, cruenta industria de la moda, ahora le ha llegado el turno a la mano que le paga su mansión en Beverly Hills. Y aunque el conjunto de Tropic Thunder no mantiene la misma intensidad que Zoolander, bien es cierto que el veneno de su agresión es todavía más nocivo, pues no es en absoluto, como nos recuerda la revista “Amante”, una “parodia funcional al poder” (aunque se haya posicionado en el primer puesto de la taquilla). Un poder que sigue alimentándose de contradicciones al permitir a un dinamitador actuar dentro de su sistema ­–el film lo produce DreamWorks y lo distribuye Paramount–; alguien que además es capaz de arrastrar a la estrella mimada de la Meca (que parecía haber perdido los papeles) en su particular campaña de ridiculización contra las grandes corporaciones del show-business cinematográfico. En su furioso y desternillante “yo acuso”, Stiller encuentra otros aliados sin complejos como Robert Downey Jr. (su papel de actor “negro” del Método lleva inscrita gran parte de la intrahistoria más risible del cine), Jack Black, Steve Coogan, Mathew McConaughey o el mismísimo Nick Nolte, todos ellos en roles de guerrilla sobradamente comprometidos con la causa.

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Misterios y fulgores de la mirada

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MICHELANGELO ANTONIONI
(Ferrara, 1912 – Roma, 2007)

Hace poco más de cinco años, el 30 de julio de 2007, los hilos del azar quisieron que dos luces fundamentales de la historia del cine se apagaran conjuntamente. Aquel aciago día de verano, morían con una diferencia de unas horas el sueco Ingmar Bergman (Uppsala, 1914 – Färö, 2007) y el italiano Michelangelo Antonioni (Ferrara, 1912 – Roma, 2007), cineastas insustituibles y cruciales de la modernidad cinematográfica, sobre todo para quienes entienden que el trayecto modernista es tan importante en el siglo del cinematógrafo como lo fuera el periodo clásico. El de Ferrara murió con 94 años de edad, y en un día como hoy, el 29 de septiembre de 2012, hubiera cumplido cien años.

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