Al otro lado del espejo: la infancia

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CÉLINE Y JULIE VAN EN BARCO
Céline et Julie vont en bateau
Jacques Rivette, 1974

El fallecimiento de Jacques Rivette coincide con el 150 aniversario de la publicación de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1866), de Lewis Carroll. Otro círculo cósmico se cierra así en la vida y obra del cineasta más carrolliano que ha dado el cine. A lo largo de toda su obra, y especialmente en Céline y Julie van en barco (1974), nos invitó a cruzar el espejo para reconocernos en el otro lado de la pantalla.

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Los años del limbo

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FULGORES DEL CORTOMETRAJE DIGITAL (2000-2010)

1. Cartas de naturaleza

Hay que comenzar hablando de los gigantes sobre cuyos hombros se alzarán los enanos. Tratándose del cortometraje español, probablemente sería irrespetuoso no hacerlo así. Uno de esos gigantes es Víctor Erice.

Mediada la primera década del siglo XXI, la década del limbo digital –aquella en la que algo se remueve sin la certeza de hacia dónde se mueve–, nuestro mayor cineasta vivo, y también el más silencioso, movía ficha, realizaba un gesto revelador y tomaba posición en el marasmo digital. Y lo hacía en el terreno del cortometraje. Dos piezas de apenas diez y veinte minutos, El jardín del pintor y Arroyo de la luz, dos cartas audiovisuales enviadas al cineasta iraní Abbas Kiarostami en gozosa correspondencia creativa. Las películas, realizadas en vídeo digital, formaban parte de la exposición impulsada por Alain Bergala y Jordi Balló bajo el título Correspondencias. Erice-Kiarostami. Aumentando el cruce de vídeo-cartas en cada paso de su itinerancia –hasta llegar a las diez misivas–, el curso de esta cardinal aventura fílmica arrancó en Barcelona (CCCB, febrero de 2006), se prolongó en Madrid (La Casa Encendida, julio de 2006) y terminó en París (Centre Georges Pompidou, septiembre de 2007).

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Olvidado Rey Godard

FILM SOCIALISME
Film socialisme
Jean-Luc Godard, 2010

En una conversación que mantuvieron para la televisión francesa en 1987, Jean-Luc Godard le confesaba a Marguerite Duras: «Ahora empiezo a llegar al final y me siento un poco solo». La soledad de Godard no es solo la del intelectual que se aísla en una apartada villa suiza con su compañera, ni la del ermitaño que ha desarrollado una alergia a la vida social, a la prensa y los reconocimientos —capaz de dejar plantados, en el mismo año, a Cannes y a Hollywood, los dos grandes bastiones del cine mundial—, ni la del artista insobornable de convicciones culturales y políticas alejadas del pensamiento único. «Si me llevo mal con los terrestres es probablemente porque formo parte de los extraterrestres», dijo en cierta ocasión. La soledad de Godard es, en todo caso, la de su pantagruélica obra, que forma todo un continente en sí misma —casi 200 películas entre largometrajes, cortometrajes, televisión, vídeo-arte, publicidad, clips, cine-ensayo, diarios filmados, etc. —, de formas y relieves ferozmente intransferibles, una obra totalmente al margen de las inercias y exigencias de producción de la industria. Como dijo Rossellini de Chaplin: «Es la obra de un hombre libre».

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Tránsitos

MI NOMBRE ES HARVEY MILK
Milk
Gus Van Sant, 2008

Ante la recuperación en la pantalla grande de Mala noche (1986), se habló de un director que había «cedido y echado a perder su talento» para luego reaparecer con «algo parecido al silencio» (Gonzalo de Lucas, en el número 3 de Cahiers du cinéma. España). Ese silencio, lo sabemos bien, es el que se oficia sobre los jóvenes cadáveres de su trilogía de espectros: el que nutre la desesperación en el desierto de Gerry (2002), el vacío por los pasillos de Elephant (2003), el aislamiento en los bosques de Last Days (2005). Películas de caminantes sobre la desorientación existencial perfectamente orientadas en el mapa del cine contemporáneo, tan necesarias en los paisajes de resistencia del arte norteamericano como lo fueron en su momento Easy Rider. Buscando mi destino (Dennis Hopper, 1969), Carretera asfaltada en dos direcciones (Monte Hellman, 1971) y Malas tierras (Terrence Malick, 1973).

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