Al otro lado del espejo: la infancia

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CÉLINE Y JULIE VAN EN BARCO
Céline et Julie vont en bateau
Jacques Rivette, 1974

El fallecimiento de Jacques Rivette coincide con el 150 aniversario de la publicación de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1866), de Lewis Carroll. Otro círculo cósmico se cierra así en la vida y obra del cineasta más carrolliano que ha dado el cine. A lo largo de toda su obra, y especialmente en Céline y Julie van en barco (1974), nos invitó a cruzar el espejo para reconocernos en el otro lado de la pantalla.

“¿Y de qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?”. El primer pensamiento de Alicia en la obra de Lewis Carroll responde a un deseo infantil, pero también parece adelantarse al nacimiento del cinematógrafo. Desde esa misma pulsión de fabulación incontenida, asociado a la infancia, Jacques Rivette inventó mil fugas a otras dimensiones. Su cine entero se ofrece como un laberinto o un tablero de juego que nos invita constantemente a cruzar al otro lado del espejo. En Céline y Julie van en barco (1974), quintaesencia de toda su obra, dos fantasmas (Phantom Ladies Over Paris es el título original), magas, actrices y espectadoras de sí mismas, se adentran en los reversos de la película que estamos viendo, hasta el punto de hacernos cuestionar, junto a Gonzalo de Lucas, si no es “quizá el propio cine quien contempla al espectador y no a la inversa”. Nunca el cine-Lumière y el cine-Méliès se parecieron tanto, reflejos de sí mismos.

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Traslación del inicio de la obra carrolliana, la joven Julie (Dominique Labourier) aparece al principio del film leyendo un libro de magia, buscando algo que active su aburrida vida, como la Alicia de Carroll.

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La presencia de un gato y las hojas de los árboles agitándose anticipan el momento en el que cualquier cosa puede ocurrir, pero solo, como ocurre con todo espectador, si hay predisposición de espíritu.

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De repente, un ser libre y extraño, Céline (Juliet Berto), cruza el parque como alma llevada por el diablo. Simboliza el Conejo Blanco, siempre con prisas y distraído.

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Julie la sigue y persigue por las calles de Montmarte hasta las puertas de ese cabaret de prestidigitación en el que ambas actrices darán también rienda suelta a sus fantasías, transformando sus identidades frente al espejo.

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La casa encantada del film es, por supuesto, la casa del cine. Allí se irán turnando Julie y Céline para interpretar a la enfermera que cuida de la niña Madlyn en ese relato dentro del relato inspirado en la literatura de Henry James (The Other House), como también la película se inspira en Bioy Casares y en Julio Cortázar.

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La primera vez que Julie observa el melodrama tras ingerir el caramelo mágico –como las setas mágicas que ingiere Alicia–, contemplamos con ella la ficción dentro de la ficción penetrando a través de un espejo.

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En el momento en que, en el último tramo del film, ambas entran juntas en la casa para intervenir en los destinos del relato y penetrar en la propia imagen desde la conciencia, también habrá un espejo que parece actuar como conducto mágico al otro lado de sus visiones, de la pantalla.

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El juego especular adquiere un sentido pleno una vez que ambas actrices han logrado su propósito: rescatar a la infancia (a Alicia) del intento de asesinato por parte de los adultos. Olivier (Barbet Schroeder, también productor del film), figura ya espectral, se mira en el espejo y comprobamos que no puede ver el reflejo de Céline y Julie, vestidas como enfermeras y simulando los desdoblamientos de sus propios reflejos.

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Acto seguido, saltando por la ventana, como si fuera esa madriguera en el bosque al que caía Alicia tras los pasos del Conejo, regresan junto a la niña al universo de “realidad” de la película, como si pudiéramos doblar la pantalla y ver su otra cara.

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El final se espeja en el principio, y ambas actrices intercambian de nuevo sus papeles: Céline será Alicia y Julie el Conejo Blanco.

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La ficción se prolonga así ad eternum, como la perpetua fuga de imágenes que un espejo refleja en otro espejo. El gato de Chesire, último plano del film, nos mira, invitándonos a atravesar la pantalla, a salvar la infancia, a vencer a la muerte mediante la ficción. Como Jacques Rivette.

 

–Publicado originalmente en Caimán. Cuadernos de Cine, en marzo de 2016.

 

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