Bob Dylan nunca estuvo ahí

Las razones del poeta frente al Nobel y su ambivalente relación con los premios

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Los críticos literarios se han propagado por la faz de la tierra. Desde el pasado 13 de octubre, los académicos suecos han sido pasto de todo tipo de ofensas desde el momento en que concedieron al Bardo de Minnesota la máxima distinción literaria por “haber creado nuevas formas de expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Si Irvine Welsh se acordó de “las rancias próstatas de unos hippies seniles y balbucientes”, Sánchez Dragó, con menos gracia, les llamó “dinosaurios borrachuzos”. La quiosquera de mi barrio, cuya cuota de lectura atiende exclusivamente a revistas de cotilleos, también tiene su propia teoría sobre el Nobel de Literatura de 2016: “Pero si no se le entiende cuando canta”. El ciudadano común, frente al hecho de que por una vez el nombre del agraciado le es familiar (y hasta conoce su obra porque ha oído un par de canciones), se siente automáticamente con la autoridad para opinar sobre lo que en realidad tiene un conocimiento muy limitado.

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Paréntesis (de esclavitud) junto al Río Rojo

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12 AÑOS DE ESCLAVITUD
12 Years of Slave
Steve McQueen, 2013

Once años, ocho meses y veintiséis días. Esos son los doce años a los que hace mención el título de la película del británico Steve McQueen, basado en las memorias de Solomon Northup, un hombre de raza negra, padre de familia y violinista, que como reza el subítulo de su testimonio, fue “secuestrado en Washington en 1841 y rescatado en 1853 de una plantación de algodón cerca del Río Rojo, en Louisiana”. Vendido como esclavo, su periplo de amo en amo y de humillación en humillación representa la crónica de los avatares de un individuo en el contexto de una nación esquizofrénica y naciente. El relato épico de Northup, que se publicó un año antes de La cabaña del tío Tom aunque nunca ha formado parte de la mitología literaria más reconocible de Estados Unidos, es el que concentra con una fuerza visceral 12 años de esclavitud en sus poco más de dos horas de metraje.

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Tránsitos

MI NOMBRE ES HARVEY MILK
Milk
Gus Van Sant, 2008

Ante la recuperación en la pantalla grande de Mala noche (1986), se habló de un director que había «cedido y echado a perder su talento» para luego reaparecer con «algo parecido al silencio» (Gonzalo de Lucas, en el número 3 de Cahiers du cinéma. España). Ese silencio, lo sabemos bien, es el que se oficia sobre los jóvenes cadáveres de su trilogía de espectros: el que nutre la desesperación en el desierto de Gerry (2002), el vacío por los pasillos de Elephant (2003), el aislamiento en los bosques de Last Days (2005). Películas de caminantes sobre la desorientación existencial perfectamente orientadas en el mapa del cine contemporáneo, tan necesarias en los paisajes de resistencia del arte norteamericano como lo fueron en su momento Easy Rider. Buscando mi destino (Dennis Hopper, 1969), Carretera asfaltada en dos direcciones (Monte Hellman, 1971) y Malas tierras (Terrence Malick, 1973).

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Como un crepúsculo

GRAN TORINO
Gran Torino
Clint Eastwood, 2008

Hay algo en las grandes películas testamentarias que escapa a los juicios cinematográficos. La corriente del film transborda el caudal fílmico y se convierte en una expresión íntima y desnuda, atravesada por imágenes de despedida que quedan impresionadas a fuego en la retina. No olvidamos el último gesto fílmico de Antonioni, cruzando la basílica de San Pietro in Vincoli en el limbo digital de Lo sguardo di Michelangelo (2004); o el plano final de Robert Altman en El último show (2006), nada menos que un ángel blanco de la muerte atravesando la cámara; tampoco el sereno recorrido de una casa habitada por ánimas en Dublineses (1987), la última obra (maestra) de John Huston. Son películas que atesoran el sueño de la lucidez al final del camino. Hay algo arrolladoramente conmovedor en su paz espiritual, en cómo sus autores sentían el final y lo aceptaban sin resistencia. Las películas-testamento imponen la sensación de que asistimos a un bello crepúsculo y nunca queremos que termine. Es lo que pasa con Gran Torino.

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