El arte de la artimaña

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PRIMERA PLANA
The Front Page
Billy Wilder, 1974

Los setenta transformaron Hollywood. Más bien, acabaron con él, con toda una manera de hacer cine, con toda una estructura y un sistema de producción. La política de los estudios había entrado en barrena para dar paso a la política de los autores, al rodaje en las calles y a la agonía del clasicismo. Los viejos directores ya parecían dinosaurios cansados y confundidos. Pero aún les quedaban algunas ideas y se resistían a dar paso a los toros salvajes –Scorsese, Spielberg, Lucas, Ashby, Bogdanovich, etc.– que estaban poniendo la industria del cine norteamericano patas arriba. En ese contexto, y tras el fracaso de ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? (Avanti!, 1972), Billy Wilder reúne de nuevo al tándem Jack Lemmon-Walter Matthau que tan buenos resultados le había dado en En bandeja de plata (The Fortune Cookie, 1966) y toma una obra de Ben Hecht y Charles MacArthur de los años treinta en torno al oficio del periodismo, varias veces llevada anteriormente a la pantalla –ahí está la seminal Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks–, para rodarla con una fotografía y una puesta en escena que enfatizan el artificio de la representación, pero que a su manera rezuma un memorable aliento de urgencia y de inmediatez.

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Desdoblamientos de la Guerra Fría

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EL PUENTE DE LOS ESPÍAS
Bridge of Spies
Steven Spielberg, 2015

El film arranca con un retrato: la mirada neutra de un hombre. El plano abre y descubrimos que se mira en un espejo. El encuadre sigue abriéndose y en el otro extremo aparece un lienzo con el mismo rostro. Ya vemos dos reflejos: en cristal (a la izquierda) y en pintura (a la derecha). En el centro, de espaldas, el pintor frente a su autorretrato: Rudolf Abel (Mark Rylance). Es el mismo hombre, supuestamente ruso, que unos minutos después, tras una prodigiosa secuencia de vigilancia y seguimiento en el metro de Nueva York, será detenido en su apartamento y acusado de espionaje por la CIA. La dualidad de este primer plano de El puente de los espías –cuya evidencia referencial es la obra de Norman Foster Triple autorretrato (1960), pintada en el periodo en el que se inscribe el relato– no solo anuncia las áreas grises para la percepción del film (¿podemos fiarnos de lo que vemos?), sino que actúa como sugerente metáfora de los desdoblamientos y las tensiones alrededor de las cuales construye Steven Spielberg su magnífico último largometraje.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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Woody David o Larry Allen

SI LA COSA FUNCIONA
Whatever Works
Woody Allen, 2009

No es la primera vez que ocurre. Empezó con una hormiga animada (Hormigaz, Eric Darnell y Tim Johnson, 1998), y después Kenneth Branagh (Celebrity, 1998), Jason Biggs (Todo lo demás, 2003) y Will Ferrell (Melinda y Melinda, 2004) también han intentado calzarse los zapatos de Woody Allen. Pero no es sencillo tomar sus neurosis como propias, simular su lenguaje corporal o declinar sus chistes. Productos de un enmascaramiento forzado, aquellas “personificaciones” del genio neoyorquino caminan entre la sosa imitación de Branagh, el infranqueable muro generacional que se interponía entre este y Jason Biggs y las desesperadas muecas de Will Ferrell en busca de los manierismos y tartamudeos de Woody. Pero en Si la cosa funciona, la mascarada realmente funciona. El motivo es Larry David. Aunque el guión lo escribió Woody Allen hace más de treinta años con la idea en mente de que lo protagonizara el gran Zero Mostel, esta vez parece haber entendido que no se trata de buscar la mímesis interpretativa, sino de elegir a su auténtico doppelgänger. El cuerpo diminuto y enclenque de Woody Allen toma entonces la forma alta y desgarbada de Larry David, pero, de algún modo, la conjura de impostaciones permite que Larry David pueda ser Woody Allen sin dejar de ser Larry David, mientras que Woody Allen puede hacer una película con Larry David sin dejar de ser Woody Allen. Intentemos descifrar este galimatías.

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