La bestia humana de Dumont

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EL PEQUEÑO QUINQUIN
P’tit Quinquin
Bruno Dumont, 2014

Otro ejemplo de que las fronteras entre formatos y ventanas de exhibición se han diluido por completo: El pequeño Quinquin, de Bruno Dumont. Esta producción francesa se presentó en la Quincena de Realizadores de Cannes, pues no en vano se trata de la última creación de uno de los autores más iconoclastas, personales y celebrados del cine galo. Después se pasó por el canal Arte (coproductora de la serie), convirtiéndose en la emisión más exitosa del canal en sus 25 años de historia, al tiempo que se estrenaba en salas francesas para cosechar el aplauso de la crítica y del público. La críticos de la revista Cahiers du Cinéma de hecho la votaron como la Mejor Película de 2014, aunque supuestamente se tratara de un trabajo realizado para televisión en forma de miniserie. Y esta semana, el viernes 12 de junio, después de pasar por la pasada edición del Festival de San Sebastián, se estrena simultáneamente en salas cinematográficas españolas y en Movistar Series, que emitirá sus cuatro capítulos, 200 minutos en total. La grandeza del cine y la expansión narrativa de la televisión al unísono.

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Olivier Assayas: “El cine debe reescribir la Historia”

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CARLOS
Carlos
Olivier Assayas, 2010

Otros lo han intentado antes. Steven Spielberg (Múnich) y Steven Soderberg (el díptico Che), por ejemplo. Con resultados dispares, con ideas políticas distintas. Cuando el cine ha tratado de ofrecer una lectura contemporánea de la complejidad geopolítica de los años setenta -iconos revolucionarios, internacionalismo terrorista, espionaje político-, y de escenificar los sótanos más oscuros de la historia que nunca nos contaron -las turbias conexiones de gobiernos, traficantes de armas y terroristas mercenarios-, se ha visto generalmente sofocado por los imperativos de la condensación, ergo la simplificación, cuando no por la pátina ideológica. Afortunadamente, el último en intentarlo ha sido Olivier Assayas (París, 1955), uno de esos autores cuya obra –Irma Verp (1996), Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Clean (2004), Las horas del verano (2009)…, etc.- podríamos contemplar como un conjunto de peldaños que ha ido escalando hacia un sentido determinado, hacia una noción clara y consecuente de los factores narrativos y estéticos que definen el cine contemporáneo. Su última parada: Carlos.

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En los brazos de América

TOURNÉE
Tournée
Mathieu Amalric, 2010

Tres imponderables que empiezan y terminan en el neoyorquino John Cassavetes, pero que no pueden obviarse ante las imágenes de Tournée. Uno: escribir de Joachim Zand —el protagonista de Tournée, interpretado por Mathieu Amalric— y evocar al Cosmo Vittelli (Ben Gazzara) de El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976). Dos: John Cassavetes es el cineasta peor copiado del mundo. Tres: Mathieu Amalric no es un mero copista.

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El hombre melancólico

TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ
Todas las canciones hablan de mí
Jonás Trueba, 2010

La melancolía no está de moda. Las nostalgias casan mal con un mundo en permanente huida. Mirar al pasado, cuando se avanza tan rápido hacia el futuro (o hacia ninguna parte), parece una bobada. Pero el desajuste contemporáneo es mayor si ese hombre melancólico es apenas un chico que estrena la treintena, todavía resolviendo los hervores de su primera educación sentimental, alguien cuyo pasado puede encerrarse en unos versos (o en unos pocos flashbacks) y a quien le queda casi toda la vida por delante. Ese hombre melancólico es Ramiro Lastra (un extraordinario Oriol Vila), el protagonista de Todas las canciones hablan de mí, enamorado de por vida de Andrea (una no menos extraordinaria Bárbara Lennie), formando una de esas parejas cinematográficas que llenan la pantalla de complicidades y sentimientos genuinos. Y también lo es, con toda probabilidad, Jonás Trueba, el autor de esta, por muchas razones, conmovedora película. Porque uno no concibe que la melancolía se pueda invocar de tal modo sin que esa melancolía haya sido nuestra, la hayamos masticado y vomitado sucesivas veces. He ahí, para empezar, la honestidad de un relato que se arriesga a ser muy personal (o biográfico), de interferencias fílmicas y literarias asumidamente transparentes.

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