El juego de las apariencias

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BERNIE
Richard Linklater, 2011

Desde la primera escena, en la que Jack Black, en uno de los mejores papeles de su carrera –y que desde luego no había interpretado antes–, sube al escenario frente a un grupo de estudiantes de ciencias para mostrar cómo se prepara el cuerpo de un finado para su funeral, Bernie deja claro que es una película sobre las apariencias y el arte de la interpretación. Aunque seamos cadáver, la imagen que proyectamos en público es la que nos define socialmente. La autopsia que practica Bernie al principio del film es como el anticipo de la autopsia que Richard Linklater le va a practicar a la concepción del realismo cinematográfico con este trabajo. Dirigida en 2011, llega a nuestras pantallas cuando desde entonces el director texano ya ha realizado una miniserie (Up to Speed) y otros dos largometrajes (Antes del anochecer y Boyhood) que vienen a certificar al menos dos cosas: que Linklater nunca se repite aunque casi siempre busque lo mismo, y que es uno de los cineastas con más talento y mejores ideas del paisaje norteamericano.

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Inercias, contagios y tránsitos

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EL NUEVO PAISAJE DE LA TELEFICCIÓN AMERICANA / Año 2014

Si queremos, la caída de Walter White en su querido laboratorio funcionaba como certificado de defunción de una forma de entender la ficción televisiva. El satisfactorio final de Breaking Bad (AMC, 2008-2013), la serie en la que minimalismo (narrativo) y manierismo (estético) se confabulaban para culminar los trayectos de la teleficción en el albor del siglo XXI, anunciaba un fin de ciclo. Un año después, terminaban Boardwalk Empire (HBO, 2010-2014) y Treme (HBO, 2010-2014), sucedáneos naturales y sofisticación barroca de las series que prendieron la mecha: Los Soprano (Terrence Winter recogía el testigo) y The Wire (de nuevo con David Simon al frente). En unos meses asistiremos al final de Don Draper en Mad Men (AMC, 2007-2015), y no es necesario recordar que su creador, Matthew Weiner, también se forjó en el ‘Writer’s Room’ de David Chase. ¿Qué quedará entonces? ¿La mediocridad de Masters of Sex? Pero por si estas cuatro sepulturas no bastaran, hagámonos a la idea de que el gran círculo de la televisión de autor (el escritor como la figura todopoderosa) lo cerrarán el próximo año quienes alumbraron su trazado: David Lynch y Mark Frost. El regreso de Twin Peaks será como un viaje al utero materno, 25 años después. 

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En las cumbres del melodrama

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CAROL
Todd Haynes, 2015

Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así ingresamos, como espectadores, en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, la última película de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

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El argumento invisible

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BOYHOOD (MOMENTOS DE UNA VIDA)
Boyhood
Richard Linklater, 2014

Dice Randall ‘Pink’ Floyd (Jason London) en Movida del 76 (1993): “Solo digo que si alguna vez empiezo a referirme a estos como los mejores años de mi vida, recuérdame que me suicide”. En otro momento de esta memorable película que concentra veinticuatro horas en la vida de varios adolescentes, Cynthia Dunn (Marissa Ribisi) sostiene: “Me gustaría dejar de pensar en el presente, en el ahora mismo, como un pequeño, insignificante preámbulo de otra cosa”.

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Todos los martes del año

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52 SEMANAS
52 Tuesdays
Sophie Hyde, 2013

Algunas películas despiertan la necesidad de hacer películas. De algún modo, son capaces de revelar cuestiones profundas y esenciales no tanto sobre el arte del cine, sino sobre su propia naturaleza. ¿Para qué filmamos el mundo? ¿Por qué suspendemos a las personas en fragmentos de tiempo? 52 semanas, de la debutante australiana Sophie Hyde, podría pertenecer a esa clase de películas. Y aquí el modo condicional no es una cuestión retórica. Tal y como está planteado el dispositivo, el relato de la relación entre una madre (o padre) y su hija adolescente a lo largo de un año se antoja exclusivamente fílmico. Otros lenguajes creativos simplemente se quedarían cortos.

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Las edades del amor

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ANTES DE LA MEDIANOCHE
Before Midnight
Richard Linklater, 2013

Los destinos de Jesse y Celine se vieron entrelazados por una discusión conyugal. Fue en el vagón de un tren camino de Viena, hace dieciocho años, en Antes del amanecer (1995). Celine, la jovencísima Julie Delpy, cambiaba de asiento para huir de la furia de un matrimonio alemán manifiestamente hastiado de sí mismo. “¿Habías oído que a medida que las parejas envejecen pierden su habilidad para escucharse?”, le preguntaba a Jesse a modo de presentación. “La naturaleza tiene su forma de permitir que las parejas crezcan juntas sin que lleguen a matarse”, elucubraba el también jovencísimo Ethan Hawke. Era la primera de las muchas conversaciones que, como una marca de estilo en el cine siempre locuaz de Linklater, no solo establecería el sendero dramático y las convulsiones románticas de, llamémosla, su “triología del amor a través del tiempo” (o del tiempo a través del amor), sino que de algún modo definía los espacios intermedios de una relación tan propensa al idealismo como al cinismo.

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