Bárbara Lennie, en las entrelíneas

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EL CONTRAPLANO. Al llegar a la cafetería solo tengo el contraplano. De escorzo, junto a la ventana, Bárbara Lennie parece habitar un lienzo de Hopper. Escribe Ramón Salazar en el cuaderno de rodaje de La enfermedad del domingo que cree haber descubierto el secreto de la actriz, el gesto que necesita para habitar y deshabitar la mirada, el cuerpo, acaso el espíritu que desee: “Mira ligeramente a su derecha y 45º grados en sentido descendente mientras se asiente a sí misma. En algún lugar por ahí abajo hay una puerta de entrada a la forma en la que selecciona, procesa y ordena meticulosamente la información sobre el alma de sus personajes”. Me falta entonces ese plano, así que, por qué no confesarlo, lo busco durante la hora de conversación en el Café Comercial de Madrid, bajo una luz dorada.

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“La enfermedad del domingo” (2018), de Ramón Salazar

¿Puede un gesto revelar un universo? Es tanto como preguntar si un café con leche de soja a media tarde basta para revelar a una persona. En todo caso es algo común frente a las películas de Lennie dejarse llevar por la tensión que logra crear entre ella (o quien imaginemos que es ella) y el personaje al que da vida. Localizar la frontera difusa. En el último instante de La piel que habito, de Pedro Almodóvar, el personaje casi satélite que interpreta Lennie encuentra el gesto que precisa el fundido a negro del film, el que de algún modo da la medida de su tono extravagante: entre la tragedia y la euforia, en el alambre del llanto y la risa. La actriz, nacida en Madrid de padres argentinos, criada en Buenos Aires, parece sentirse cómoda en los espacios indefinidos, en las entrelíneas de las emociones, los lugares y acaso las personas.

De modo que la mayor de las fascinaciones de la relevante película de Salazar, que no son pocas, es observar a Lennie trabajando. O a Chiara, su personaje, revelándose. Nos gustaría saber si a Lennie le gusta también verse trabajando: “No mucho. Puede ser una pesadilla. Pero a veces soy capaz de verme en las películas como si fuera otra persona en pantalla. Eso me ha pasado. No sé de qué depende. Con La enfermedad del domingo pasó, y pude pensar la película como si la hubiera hecho otra. Es una sensación muy extraña. Porque otras veces muero de pudor. En teatro creo que eso es más saludable. Lo haces y te lo quitas. El cine te acompaña el resto de tus días”.

Algunos papeles probablemente la acompañarán el resto de sus días. El de Lourdes en Obaba (Montxo Armendáriz, 2005), Andrea en Todas las canciones hablan de mí (Jonás Trueba, 2010), la Bábara de Magical Girl (Carlos Vermut, 2014) o en un futuro próximo la protagonista del nuevo film de Jaime Rosales, Petra. Tengo muchas ganas de ver esa película porque no tengo ni idea de lo que hemos hecho”, sostiene. “Jaime es muy hermético para explicar las cosas. Ha sido un rodaje muy exigente, porque estoy en prácticamente cada plano y he tenido que trabajar por primera vez sin guion. Te lo lees al principio y luego lo tiras. Esa era una de las muchas reglas que había. Y luego en cada secuencia, en cada toma, se improvisa. De manera que de ahí pueden salir muchas películas. La ha rodado en celuloide y en planos secuencia. Me da la sensación de que tendrá una vertiente muy documental y al mismo tiempo una construcción narrativa muy artificiosa, así que no sé qué va a salir”.

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“Obaba” (2005), de Montxo Armendáriz

Bastan unos minutos al menos para entender que Lennie no habla de su trabajo tanto desde la experiencia emocional como intelectual, que bajo su piel hay una intérprete y hay una perspizac espectadora. “Ramón Salazar –continúa– es más bien lo contrario de Rosales. Es muy de explicar las cosas, y yo no soy muy preguntona, no mareo mucho, no me resulta útil. Pero Ramón es como una esponja que lo absorbe todo y pronto empezamos a caminar. Es un cineasta que viene muy preparado, con las ideas muy claras de la dimensión estética, sonora, referencias…”. La actriz no parece guardarse nada, y cuando no encuentra la palabra justa, lo hace con un gesto breve y elocuente. Pero es obvio que guarda cosas, no podía ser de otro modo, pues sus reflexiones ofrecen al final más claves sobre el modo de trabajar de los cineastas que del suyo propio. Es acaso su forma de desviar la atención de sí misma sin dejar de ser tremendamente honesta.

Con Chiara encontró un papel áspero pero gratificante. Drama materno-filial en torno a los abandonos y las ausencias, película de frágiles equilibrios, basculando entre los conflictos interiores y el paisaje exterior, La enfermedad del domingo nos muestra una versión bergmaniana de Salazar, que exige de sus dos actrices –en duelo interpretativo con Susi Sánchez, magnánima– una plena concentración en lo que se calla y en lo que desconocemos. “A pesar de la densidad y el dramatismo de la historia, ha sido un rodaje que hemos disfrutado mucho las dos. En la primera reunión que tuvimos para la lectura del guion Ramón vino preparado con un análisis sobre el objetivo y el contraobjetivo de las escenas y demás teorías, y Susi y yo nos miramos sorprendidas, porque lo más práctico es empezar a leer y sentir la energía que se crea… Así que aunque no fue fácil, también fue finalmente un proceso bastante orgánico”.

El guion lo escribió Salazar con Susi Sánchez en mente, pero Lennie conquistó el papel tras una prueba que describe el director en el dossier de prensa. Explica ahí Salazar que la película surge de dos fotografías: una niña en escorzo mirando algo fuera de plano y una mujer de espaldas sumergida en un lago. La prueba del casting estaba reservada a la escena más catártica del film, la hija expresando su dolor por el abandono de su madre cuando tenía ocho años. “Empezó a hablar por una ventana que no existía y a decir –cargada de odio, asco y mesura– las palabras que yo había escrito un año antes. Arrasó, como el huracán del viernes. Cuando intenté hablar con ella después, cogió su mochila como si estuviera ruborizada y se marchó”. Bárbara recuerda el momento: “Intuí que había que ir por un sitio y me lancé al vacío. Siempre tengo la sensación después de hacer una prueba que no tengo nada que decir, nada más que aportar. Me voy. Me pasó con Asghar [Farhadi] también. La situación ya de por sí me resulta incómoda y difícil y me da cierto pudor quedarme por lo que acabo de hacer, en un sitio vacío…”.

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“María (y los demás)” (2016), de Nely Reguera


LA CONSTANTE NEGOCIACIÓN.
Acaso ingenuamente, uno imaginaba que Lennie ya había demostrado lo que puede dar de sí un personaje en su piel, pero lo cierto es que las audiciones para un papel no han desaparecido de su rutina. Con Jaime Rosales tuve que contestar una serie de preguntas. Fue algo extraño. En las pruebas puedes dar hasta un punto, pero también depende del espacio que te pueda conceder el otro a ti. Creo que debería tratarse más sobre a ver si se crea un encuentro entre los que estamos aquí o no, y no tanto una prueba para demostrar algo”.

–¿Qué criterios manejas al leer los papeles que te ofrecen?

–Confío mucho en mi instinto y mi criterio. Nunca me he dedicado a esto solo por hacer algo, por rodar lo que sea. Me gusta acercarme a las películas desde un lugar apasionado e íntimo, y si eso no ocurre, pues mejor hacer otras cosas. El primer criterio es el entusiasmo que despierte en mí el guion, y después entra en juego el autor. La carne es muy importante. Es más, a veces la película sobre el papel no te convence, pero la charla con el director o la directora te despierta otro imaginario. No es fácil leer las películas cuando todavía están en un papel. La mirada del que va a hacer eso es fundamental. Y a veces comprendo que yo puedo aportar algo y otras me doy cuenta de que ese papel no es para mí, sin más. Trato de ser honesta conmigo misma en eso.

De su filmografía extreamos un manifiesto compromiso artístico con los proyectos en los que se implica, y aunque también ha realizado películas alimenticias, la posición adquirida con el Goya por Magical Girl le permite ahora, dice ella, poder escoger dejándose guiar por su intuición. En otra muestra de honestidad, cuenta su caso con Nely Reguera: “Cuando fui a la prueba de María (y los demás), se hizo evidente que yo era una actriz impuesta por producción, que la directora no quería ni verme. Pero la prueba no le debió parecer tan mal y volvieron a llamarme para una segunda prueba. Dije que muy bien, pero que antes mejor me siento a hablar con Nely, a ver si nos entendemos, pues si no hay cierta complicidad es imposible subirse al carro de alguien.”

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El hilo común que recorre sus últimos trabajos desde entonces, y que parece conectar películas tan distintas entre sí como María (y los demás), Las furias, Los comensales, Una especie de familia o La enfermedad del domingo, es el cambio de paradigma respecto a la configuración familiar, acaso respecto a su propia vida. “No ha sido en absoluto algo buscado, y a la vez, mirándolo ahora, creo que también tiene que ver con una búsqueda propia”, explica. “¿Qué es la familia para mí? Me planteo preguntas sobre ello. Sobre todo en este umbral de los treinta, en un momento vital en el que también busco qué quiero para mí, qué clase de familia. Y creo que tiene que ver también con un desconcierto de carácter generacional. También son todas ellas películas relacionadas con las pérdidas, la soledad, la enfermedad y la muerte. Es curioso. Tengo ganas de que cambie, te diré”.

–¿Y eso?

–Me he quedado un poco exhausta. Son papeles que agotan mucho. No me he dado cuenta mientras lo hacía, pero en el camino siempre llegaba a un punto en el que me desmayaba, tenía que parar, y cuando llegó el verano fue cuando ya me quedé sin fuerza alguna. Y lo cierto es que yo no soy una actriz que se perturba mucho con sus personajes, no me los llevo a casa ni dejo que me vampiricen, al menos conscientemente. Me pueden cambiar la visión por un tiempo, pero poco más. Aun así, hay algo que va quedando, y tengo ganas de que entre otro tipo de luz. No tienen por qué ser trabajos menos interesantes o personales. Quiero hacer ahora un cine quizá no tan pegado a la realidad, más fantasioso. Si me dan un personaje de fantasía, alguna criatura extraña, una bruja, lo que sea, tendría que plantearme desde dónde lo hago, buscar algo en mí y creo que tendría que ver más con lo lúdico. Por ahora no me ha ocurrido, pero me apetecería.

–La Bárbara que interpretaste en Magical Girl tenía algo que ver con eso, ¿no?

–Sí, era una mezcla. Como la propia película, era un personaje por un lado muy fantasioso y por otro muy pegado a la realidad. Un personaje muy sórdido. Tuve que jugar con mi imaginación para recomponerlo, porque Carlos [Vermut] no me daba ningún dato. Recuerdo de esa película de haber pasado por encima del personaje. Al menos durante el rodaje. Me obsesioné mucho con el guion y trabajé el personaje, pero luego me olvidé de él y en el rodaje lo medio experimenté, traté de no hacer preguntas, de distanciarme un poco de Bárbara, incluso de reírme de ella. Creo que ese es también un poco el tono de la película. Lo mismo ocurría con Pascal Rambert, que escribe de repente esos dos monólogos de La clausura del amor y en ningún momento pretende decirnos quiénes son, de dónde vienen esas dos personas capaces de decirse tantas crueldades.

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“Magical Girl” (2014), de Carlos Vermut

Recordado como un momento de culto entre los asistentes a las representaciones de la obra en el Festival de Otoño a Primavera de 2015, la experiencia fue otro punto de inflexión para la actriz, quien prácticamente a la par recibía el Goya por su trabajo con Vermut. La clausura del amor era un escenario cuadrado completamente blanco, como la lona de un ring, con una pareja y dos monólogos: él habla y ella escucha; ella habla y él escucha, cuarenta minutos cada uno, dos asaltos. De nuevo, la fascinación procedía tanto de la torrencial réplica de Lennie a la crueldad verbal de Israel Elejalde como de haberla visto antes simplemente escuchar, acaso lo más difícil. Al final de la magnífica Los condenados, Isaki Lacuesta neutralizaba el audio del monólogo político de su padre ficticio para sostener largamente el plano en ella, abstraída en la escucha, en las entrelíneas. Y la declaración de amor incontenible que Oriol Vila lanza a Andrea al final de Todas las canciones hablan de mí lo filma Trueba también en el contraplano, preocupado por registrar la reacción de la actriz. “Pascal [Rambert] dice que soy como un perro, que voy husmeando y rastreando hasta que encuentro algo –dice–. Me gusta mucho poder plantear cambios, intervenir en la medida que pueda para poner mi alma y mi cuerpo al servicio de lo que estoy haciendo, pero sin necesidad de ser invasiva. Al final es todo cuestión de llegar a acuerdos. Porque un rodaje, o un montaje teatral, es una constante negociación. Negocias todo el tiempo”.

–¿Para protegerte?

No sé si para protegerme, pero sí para sentir que eres un poco dueña de lo que estás haciendo. A veces me ha costado mucho. En Contratiempo, Oriol [Paulo] me pedía que marcara más los gestos porque “es una película de género”, y aunque me parecía extraño, lógicamente tienes que amoldarte al tono de la película. Son momentos en los que me cuesta sentir que el papel lo construyo yo.

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PALPITAR EN EL PLANO. Podemos pensar que la mujer en el cine americano ha privilegiado el cuerpo y el cine europeo el espíritu –Marilyn Monroe y Rita Hayworth versus Monica Vitti y Anna Karina–, pero no se habla tanto de las actrices que privilegian el brillo de la inteligencia. No es solo la belleza, ni el aura, también la lucidez. Joan Crawford, Vannessa Redgrave, Jeanne Moreau, Liv Ullmann, Cate Blanchett… Un fulgor de agudeza en la mirada magnetiza a todas estas actrices. Esa clase de fulgor es acaso el que irradian las mujeres que ha sido Bárbara Lennie en el cine, la certeza de que detrás de la presencia hay una lucidez muy consciente de su poder. El magnetismo de su discurso, o de su conversación con la mirada siempre al frente, es que del plano teórico siempre acaba descendiendo al práctico, proponiendo ejemplos que ilustran su pensamiento.

“He trabajado con diferentes directores, con sus diferentes métodos de trabajo, y la realidad te acaba desmontando cualquier idea preconcebida para llegar a un lugar predeterminado. A veces interpreto desde fuera de mí y a veces desde dentro. Las necesidades varían en función de la película, del actor que tengas en frente, de la localización… Idealmente, ahora me gustan los rodajes dinámicos, en los que puedo estar siempre en movimiento, que es muy difícil en cine, con tantas esperas y tanta estructura artificial. En televisión es a veces al revés, va demasiado rápido y en algunas escenas ni sé por qué estoy diciendo lo que digo o dónde está la cámara. Ni lo uno ni lo otro. En el rodaje de Farhadi, uno de los días contabilicé el tiempo que había estado delante de la cámara tras catorce horas de trabajo y no llegaba a diez minutos. En la película se traducirá en treinta segundos. Esto para mí es muy difícil de llevar”.

El cineasta iraní doblemente oscarizado ha finalizado recientemente en Madrid el rodaje de su último trabajo. El reparto de Todos lo saben encabezado por Penélope Cruz y Javier Bardem lo conforma un elenco de actores hispanos en el que Bárbara Lennie comparte pantalla con Ricardo Darín y Eduard Fernández. La actriz nos revela los procesos creativos del autor de la soberbia Nader y Simin, una separación (2011): “Es muy exigente, rueda muchísimas tomas. Repite y repite. Él busca la naturalidad mediante la construcción casi barroca de las secuencias. En sus películas parece que la vida entra mucho, que palpita en los planos, pero para llegar a eso hay una enorme construcción. Hay un coche que tiene que pasar para dar ambiente, hay unas personas al fondo, un bar que tiene que estar lleno, iluminado de tal modo, y para organizar todo eso hace falta una coreografía importante. Luego es un director que va cambiando sobre la marcha durante el rodaje, y si hay que buscar extras en mitad de una escena, pues se para todo y se buscan. Puede ser agotador”.

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“Una especie de familia” (2017), de Diego Lerman

No se nos escapan los pequeños pasos internacionales que la actriz de doble acento –“con mis padres hablamos un híbrido de español y argentino”– empieza a dar en su carrera, sobre todo tras su prodigioso trabajo a las órdenes de Diego Lerman en Una especie de familia. “Fue un rodaje muy kamikaze… muy trash y selvático, de quedarte en pelotas de principio a fin de jornada, muy demandante, porque el material lo era y porque trabajamos con no actores, que exige otra perspectiva, estar a la vez fuera y dentro. Para mí ha sido una oportunidad maravillosa, porque tenía muchas ganas de rodar en Argentina”. Pero de momento, no se ha decidido a dar el gran paso, a pesar de las ofertas y su trilingüismo (puede actuar en francés y en inglés): “Si no lo he hecho es porque no me he puesto seriamente, la verdad. No he volcado tanta energía en ello…”

–¿Por cuestiones profesionales o personales?

–Es como algo que siempre pienso que quiero hacer pero para lo que nunca encuentro el momento. No acabo de ver cuándo. A la vez, siempre he tenido el instinto de que unas películas llaman a otras, unos directores a otros, y que hasta ahora mi viaje era este y debo seguirlo. Si alguna de las películas se ve en el extranjero pues igual algún director se plantea quién es esta actriz, y me llama… No he tenido la ambición de irme a Estados Unidos a hacer pruebas, por ejemplo. Lo he intentando en Francia pero nadie me ha hecho caso. Magical Girl fue bien allí, pero no he encontrado un representante. No hubo feedback. Es algo que me encantaría, descubrirme bajo otras miradas, en otros entornos.

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EL VIAJE DE BÁRBARA. Con trabajo a espuertas, papeles de peso, respetada y premiada por el público y el gremio, ¿no se siente cómoda Bárbara Lennie en la industria del cine español? “Sería injusto decir lo contrario porque tengo la suerte de hacer cosas que me gustan mucho, y hay gente buenísima, de gran talento, pero no quita que me parezca que a la vez hay que salir de aquí. Es algo que siento porque forma parte de mi ambición artística. A mí me gusta el cine de muchos sitos, y ya que soy actriz me gustaría hacer cine en muchos de esos sitios. Y sí que creo que en España la industria de por sí tiene sus grandes limitaciones. Es muy complicado sacar ciertas películas adelante, es complicado distribuirlas, promocionarlas, tienes que estar muy cerca de las grandes televisiones, que tienen sus propios criterios, etc. Hay gente que lo tiene realmente difícil para levantar sus proyectos”.

–En los últimos años se ha creado una especie de industria paralela, con autores que de algún modo trabajan al margen. Tú has sido uno de los rostros más visibles de esas producciones, con Isaki Lacuesta, con Jonás Trueba, con Carlos Vermut…

–Sí, la mayoría de mis películas pertenecen a ese espectro, que es muy amplio y variado. Pero también hay una precariedad ahí que puede ser tóxica. A todos nos gustaría poder trabajar con unos mínimos, que en la mayoría de los casos no se cumplen. Pedimos unas condiciones muy básicas para salvaguardar cierta libertad. Lo cierto es que algunas cosas funcionan de forma algo desastrosa… En este tipo de cine siento un abandono por parte de las instituciones, no del público. Hay que establecer un diálogo con la gente, y eso tiene que ver con una idea de Estado, que el cine tiene que entrar en la educación, en los colegios, porque el público del futuro también se construye. Cómo le explicas a una chica de trece años que el cine le puede cambiar la vida, que puede desarrollar su mirada…

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Se acerca la hora dada para que tenga que marcharse y el rigor de la actualidad se impone. En el año del affaire Harvey Weinstein, el #MeToo y el silencio roto, pero también el año en el que el extraordinario debut de Carla Simón, Verano 1993, ha copado el protagonismo del cine español, la menor alusión a las condiciones laborales y las desigualdades conduce inevitablemente a tratar de establecer marcos comparativos. “Lo he venido hablando con diferentes personas, y lo cierto es que en la industria española no he visto ejercer el poder de esa forma tan perversa y tan enferma”, explica Lennie. “A mí nadie me lo ha contado, aunque tampoco significa que no ocurra. Pero más allá de los abusos sexuales, vivimos otra serie de abusos y desigualdades, que creo que aún tienen que ver con una herencia casi franquista en el que se mira a las mujeres del sector (a todas, no solo a actrices) casi con condescendencia. Es algo que he sentido muchas veces”. Del total de películas que se producen en nuestro país, un 12% las escriben mujeres y un 19% las dirigen. Si el viaje de Bárbara era éste, “en el que unas películas llaman a otras”, la perspectiva analítica y reflexiva sobre su oficio nos indica que acaso sus próximas películas podrían engrosar levemente la endémica cifra de cuota femenina.

Ya cogiendo el abrigo, siento que la conversación nos ha llevado hasta el punto en el que no debería terminar, que la actriz, como la entrevista, está en la antesala de algo relevante. Se lo pregunto antes de despedirme: “¿Y cuándo vas a dirigir?”. Un respingo y un brillo en los ojos: “Ya estoy en ello. Este año espero poner toda mi energía ahí”. Estaremos atentos, claro, bajo la sospecha de que al otro lado del visor, habitando su propia mirada sobre el mundo, tampoco le deberían ir mal las cosas. Puede que, con todo, sus mejores planos estén todavía por llegar, cuando esté detrás y no delante del foco. Rumiando semejante paradoja abandono la cafetería, sintiéndome acaso como ella al terminar una audición, sin saber muy bien si he encontrado el plano que buscaba.

–Versión alternativa de la entrevista publicada en Sofilm España, en febrero de 2018.

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