El hijo, el espíritu y el padre

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CUARENTA AÑOS SIN PIER PAOLO PASOLINI
Noviembre, 2015

PASOLINI
Abel Ferrara, 2015

El hijo

La película se centra en apenas dos horas de su vida. Es el 2 de noviembre de 1975 y Pier Paolo Pasolini va a morir. La brutalidad del crimen se convertirá en uno de los enigmas y traumas culturales sobre los que más tinta se ha vertido en los últimos cuarenta años. La película se titula Pasolini (2014), la dirige el cineasta neoyorquino Abel Ferrara, la protagoniza Willem Dafoe y se presentó en el pasado Festival de Venecia. Las opiniones de la crítica fueron muy divergentes. Seguramente el film, desde su fragmentación caleidoscópica y su pulso onírico y rabiosamente subjetivo, convocará entusiasmos en festivales y salas alternativas, pero se considerará poco menos que un anatema entre los grandes públicos. Acaso debía ser así, porque en esos circuitos es donde también fue descubierto, apreciado y encumbrado el radical, subversivo, iconoclasta cuerpo fílmico del gran Pier Paolo Pasolini.

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Andrzej Wajda: “Nunca me ha interesado convertir la pantalla en un juzgado”

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WALESA. LA ESPERANZA DE UN PUEBLO
Walesa. Czlowiek z nadziei
Andrzej Wajda, 2013

Advirtieron que no iba a ser fácil sentarle delante de la pantalla a contestar preguntas, y que sí así fuera el tiempo sería breve, quizá demasiado como para extraer algo interesante del ciberencuentro. Más aún teniendo en cuenta que se hacía estrictamente necesaria la intermediacón de una traductora. Unas semanas después, ahí está esa buena mujer polaca en el interface de Skype pegada a la ventana desde la que se asoma Andrzej Wajda (Podlaskie, Poloni, 1926), cruzado de brazos, sin apartar la mirada del monitor. Tras los gruesos cristales de sus gafas, sus empequeñecidos ojos parecen realmente escrutar al rostro de quien le (ad)mira –y le agradece, en castellano, su tiempo y su cine– al otro lado del espejo. Su aspecto no es el que se le supone a un hombre casi nonagenario. Sonríe y agradece el cumplido. Que no es un cumplido.

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Transgresiones de la fe

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SILENCIO
Silence
Martin Scorsese, 2016

Cualquiera que sea el Scorsese que nos embauca en su fuente energética, cualquiera el pacto que establece con las secretas operaciones retinianas del séptimo arte, cualquiera su ambición y su barroquismo de emociones en tensión perpetua, no habrá director norteamericano cruzada la edad de jubilación (de largo) que, hoy por hoy, pueda saltar de un proyecto de irrefrenable posesión satánica como El lobo de Wall Street (2013) a otro de serena introversión cristiana como Silencio (2016), con parada breve en la catódica y catatónica Vinyl (2016), acaso la culminación post-manierista de su poética del exceso. Los surcos de cocaína que cruzaban el plano en prácticamente cada secuencia de sus trabajos precedentes son ahora genuflexiones y crucifijos, de modo que esa tensión en la pupila del cocainómano que el cineasta neoyorquino lograba trasponer al estado mental del espectador se encuentra ahora con la cara de la otra moneda, la de un espectador si no extasiado, al menos transgredido por la fe humana y el silencio de Dios, las resistencias del alma a través de las torturas indecibles del cuerpo y la mente.

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La vuelta al cine en quince horas

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THE STORY OF FILM: AN ODYSSEY
Mark Cousins, 2011

El principio del que parte la selectiva, inusual y provocativa historia del cine elaborada por Mark Cousins es simple y llanamente el de la creatividad. ¿Qué películas, qué directores, qué movimientos han propulsado el séptimo arte, qué innovaciones lo han convertido en ese medio tan poderoso, qué mutaciones ha experimentado como arte y como industria? “Este libro cuenta la trayectoria del arte de hacer cine”. Es la primera frase del estudio de 500 páginas que el documentalista y crítico británico publicó en 2004 (Blume) y que años después, bajo el auspicio de Channel 4, convirtió en una serie de 15 episodios, 900 minutos: The Story of Film: An Odyssey (2011). El trayecto arranca en los pioneros del cine y llega hasta nuestra era digital, mostrado en orden cronológico y ordenación geográfica, proyectando afinidades y corrientes estéticas, proponiendo una mirada globalizada y omnívora alejado de cánones. Caben el cine experimental, el mainstream y el de autor. Una obra realmente ambiciosa que se propone conferir un contexto, ordenar y clarificar los orígenes y efectos de las creaciones cinematográficas a lo largo de un siglo.

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El tiempo de los fariseos

De la cultura de la violación a la violación de la cultura

Puede que este artículo me granjee algunas enemistades y acaso algún motivo de arrepentimiento. Soy consciente de que me meto en un jardín en el que nadie quiere adentrarse, enfangado en posiciones extremas que no admiten escepticismos o matices. Su tesis es vieja y sencilla, aunque no por ello deja de revelar algo profundo sobre las dinámicas ético-sociales de la sociedad occidental de la que formamos parte: su alarmante hipocresía y superficialidad moral. No es algo nuevo, pero el imperialismo del pensamiento único avivado por la realidad paralela del ciberespacio han llevado recientemente esta situación a un lugar desde el que ya no parece aceptable poner en cuestión acciones injustas y peligrosas, por más justas y necesarias que sean las causas que las avivan. Las desmedidas reacciones al más aberrante de los comportamientos también pueden conducir a ciertas formas de abyección.

No han sido las repetidas denuncias y los linchamientos mediáticos a los depredadores sexuales Harvey Weinstein o Kevin Spacey los que me han llevado a escribir esto. Sentir lástima o compasión por ellos es una estupidez (incluso aunque responda a un sentimiento humano), si bien el enjuicamiento social se ha impuesto sobre la condena legal en ambos casos. Hay que colocarse sin duda del lado de la víctima, de las numerosas e indefensas víctimas, a las que se añade el factor de opresión histórica que las ha silenciado durante siglos. Eso es obvio, de modo que pongo por delante mi infinita repulsa, condena y tristeza. Pero dicho esto, no consigo dejar de preguntarme por qué los comportamientos sexualmente abusivos de la sociedad patriarcal son suficientes para destruir la carrera y silenciar el legado de varios artistas cinematográficos (de Hollywood y más allá) pero no para impedir que un evidenciado agresor sexual tome las riendas del país más poderoso del mundo. Como decía, esto va de hipocresía moral.

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Bob Dylan nunca estuvo ahí

Las razones del poeta frente al Nobel y su ambivalente relación con los premios

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Los críticos literarios se han propagado por la faz de la tierra. Desde el pasado 13 de octubre, los académicos suecos han sido pasto de todo tipo de ofensas desde el momento en que concedieron al Bardo de Minnesota la máxima distinción literaria por “haber creado nuevas formas de expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Si Irvine Welsh se acordó de “las rancias próstatas de unos hippies seniles y balbucientes”, Sánchez Dragó, con menos gracia, les llamó “dinosaurios borrachuzos”. La quiosquera de mi barrio, cuya cuota de lectura atiende exclusivamente a revistas de cotilleos, también tiene su propia teoría sobre el Nobel de Literatura de 2016: “Pero si no se le entiende cuando canta”. El ciudadano común, frente al hecho de que por una vez el nombre del agraciado le es familiar (y hasta conoce su obra porque ha oído un par de canciones), se siente automáticamente con la autoridad para opinar sobre lo que en realidad tiene un conocimiento muy limitado.

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La ambigüedad de la epopeya

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EL FRANCOTIRADOR
American Sniper
Clint Eastwood, 2014

No habrá otro director en el firmamento de Hollywood que se atreva a emplear de modo tan manifiesto un muñeco por bebé. Ocurre en dos ocasiones en la película, dos escenas de conflicto familiar entre Chris Kyle (Bradley Cooper) y su esposa Taya (Sienna Miller) que evidentemente pierden todo su supuesta energía dramática cuando advertimos –y es tan evidente que no podemos dejar de observarlo– que el atrezzo de goma ocupa involuntariamente todo la atención de la escena. ¿Cómo es posible?, nos preguntamos, ¿qué clase de desinterés en la silla del director provoca el consecuente asombro en el espectador? Es inconcebible pensar en otro cineasta de peso (incluso legendario), no ya de generaciones posteriores a la suya, sino coetáneos a él –Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian de Palma, etc.–, capaces de tomar esa negligente decisión (no es creativa) de puesta en escena.

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Mensajes cifrados

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LA INVENCIÓN DE HUGO
Hugo
Martin Scorsese, 2011

Aunque no lo aparente, La invención de Hugo es una película en primera persona. Y no se parece a nada –absolutamente nada– que Martin Scorsese haya hecho antes. Es una película familiar –infantil, podríamos decir, en cuanto su tema es la infancia del cine– dirigida por el mismo cineasta que sembró los infiernos de Taxi Driver (1976) y Uno de los nuestros (1990). Es como si reemplazara el sentido de la violencia con el del asombro. Y al mismo tiempo es la película a la que cabalmente podía llegar el cinéfilo que dirige A Personal Journey Through American Movies (1995), Il mio viaggio in Italia (1999) y A Letter to Elia (2010). También procede del director que rescató a Jerry Lewis en los ochenta, pintó con el Technicolor de los treinta la primera parte de El aviador y replicó a Hitchcock en un anuncio de cava. Pero insisto: La invención de Hugo no se parece a nada que Scorsese haya hecho antes. Es la adaptación de una novela gráfica de Brian Selznick guionizada por John Logan. Pero es su película más personal.

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Peter Bogdanovich: “Ya solo se hacen películas para niños”

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De entre los genuinos cinefils que aún rondan por Hollywood, el septuagenario Peter Bogdanovich (Nueva York, 1939) es acaso el más letrado de todos ellos. Es tan pasional y erudito como Martin Scorsese, compañero de generación, pero su fijación por la Edad de Oro del cine americano ha demostrado ser mucho más acuciante. En sus mejores trabajos, desde los dramas de época La última película (1971) y Luna de papel (1973) hasta las comedias sofisticadas ¿Qué me pasa, doctor? (1972) o ¡Qué ruina de función! (1992), la nostalgia está incorporada a su cine. También en Lío en Broadway, su última película, que se postula sin miramientos como una encendida carta de amor a Ernst Lubitsch. No es un síndrome ni una enfermedad, no es una nostalgia nociva. Es más bien su forma de rendir cuentas con la cinefilia clásica que alumbró sus retinas de juventud. “En mis mejores años de espectador, llegué a ver 500 películas al año, y tomaba notas de cada una de ellas, hasta que llegó un momento, cuando empecé a dirigir mis propios filmes, en el que decidí que ya había aprendido lo suficiente. Desde entonces solo veo lo esencial”.

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Mazurca para dos amantes

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ANNA KARENINA
Anna Karenina
Joe Wright, 2012

Tolstoi no lo hubiera imaginado mejor. El romanticismo épico de su Anna Karenina cabe en una prodigiosa, mágica secuencia de baile, la que filma Joe Wright en la enésima adaptación al cine de la novela rusa, tan extraordinariamente popular. Ninguna traslación a la pantalla, en todo caso, ha mostrado antes semejante compromiso con la necesidad de traducir el texto decimonónico, considerado obra cumbre del realismo literario, a un dispositivo formal tan consecuente con aquello que narra y con los designios de la posmodernidad. Superando los vals de Minelli en Madame Bovary (1949) o de Visconti en El gatopardo (1963), incluso al baile de Charles Boyer y Danielle Darrieux en Madame de… (1953, Max Ophüls), la mazurca para dos amantes que pone en escena Wright, coreografiada como un trance o como un sueño capaz de detener el tiempo, es el corazón de la película, el que marca su cadencia y bombea sangre a todo el organismo, determinando su insospechada intensidad.

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