Encanto en el desencanto

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CAFÉ SOCIETY
Woody Allen, 2016

El desencanto es un sentimiento familiar en el cine de Woody Allen. Los grandes sentimientos tienden a empequeñecerse, a perder su épica bajo la mirada descreída y pesimista del neoyorquino, sobre todo en sus trabajos cómicos. Con más de medio siglo a sus espaldas contándonos las dobleces, traumas y satisfacciones de las relaciones de pareja, el autor de Annie Hall aún sigue ideando buenas historias que, desde el encanto y la ligereza, revelan sentimientos profundos y complejos. A esta nueva incursión del cineasta en las perturbaciones del corazón se suma un tono crepuscular, iluminado por Vittorio Storaro, que convierte la ciudad de Los Angales, filmada como si el tiempo se hubiera detenido en el atardecer anarajando, en un concepto alrededor del crepúsculo y la nostalgia. No en vano, Allen sitúa la mitad su nuevo period film en el Hollywood de los años treinta, probablemente la década del cine que más ama, que más le ha influido. La otra mitad, en Nueva York, su particular Macondo.

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La estructura de Café Society –saltando del idilio de la costa Oeste al infierno de la Costa Este, y sesgando también el relato en un antes y un después– apela a los contrastes, como también ocurre con su tono, que va diluyendo el inicial sentido cómico y celebratorio de un amour fou en una sensación general de pérdida y desencanto. El triángulo sentimental (y familiar) protagonizado por Jesse Eisenberg, Kristen Stewart y Steve Carell esboza sin subrayado alguno el retrato entristecido de las devastaciones del amor y los sueños truncados. Lástima que las conquistas emocionales de la película –sobre todo en su último tramo, con una secuencia final de quitarse el sombrero– se vean algo más que desdibujadas por el manifiesto desequilibro del conjunto, pues apenas extrae provecho de la figura del exitoso productor Phil Stern (Carell) como centro de confluencias de una industria en su edad de oro, y añade además un innecesario desvío argumental con chistes grotescos sobre el hampa neoyorquino.

Más allá del retrato bicéfalo de dos Américas, dos estilos de vida, de los que el buscavidas interpretado por Eisenberg extrae lo mejor de cada uno, lo que perdura de Café Society es, como viene ocurriendo especialmente en sus últimas películas, la capacidad de Woody Allen para regalar momentos de alto voltaje evocador –como el encadenado del rostro de Kristen Stewart al puente de Brooklyn, capaz de sintetizar un espíritu asociado a una filmografía– y transmitir un profundo sentimiento de melancolía en una obra de tono leve. Esta película sobre los errores existenciales, los del corazón, esconde mucho más de lo que aparenta, como de hecho ocurre con los trabajos más valiosos y reconocibles del autor de Manhattan y Balas sobre Broadway. Está lejos en todo caso de ser una de sus mejores películas, aunque tampoco es de las peores.

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–Publicado originalmente en Sensacine, en agosto de 2016.

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