El arte de la artimaña

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PRIMERA PLANA
The Front Page
Billy Wilder, 1974

Los setenta transformaron Hollywood. Más bien, acabaron con él, con toda una manera de hacer cine, con toda una estructura y un sistema de producción. La política de los estudios había entrado en barrena para dar paso a la política de los autores, al rodaje en las calles y a la agonía del clasicismo. Los viejos directores ya parecían dinosaurios cansados y confundidos. Pero aún les quedaban algunas ideas y se resistían a dar paso a los toros salvajes –Scorsese, Spielberg, Lucas, Ashby, Bogdanovich, etc.– que estaban poniendo la industria del cine norteamericano patas arriba. En ese contexto, y tras el fracaso de ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? (Avanti!, 1972), Billy Wilder reúne de nuevo al tándem Jack Lemmon-Walter Matthau que tan buenos resultados le había dado en En bandeja de plata (The Fortune Cookie, 1966) y toma una obra de Ben Hecht y Charles MacArthur de los años treinta en torno al oficio del periodismo, varias veces llevada anteriormente a la pantalla –ahí está la seminal Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks–, para rodarla con una fotografía y una puesta en escena que enfatizan el artificio de la representación, pero que a su manera rezuma un memorable aliento de urgencia y de inmediatez.

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Un lobo con piel de cordero

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EL JUEGO DE HOLLYWOOD
The Player
Robert Altman, 1992

Una película hobbesiana, podríamos decir, como un lobo con piel de cordero que se devora a sí mismo. Realizada por un maverick que fue expulsado de la industria y cuando regresó a ella colocó un endiablado artefacto explosivo en su interior, El juego de Hollywood (The Player, 1992) es la obra (¿maestra?) de un consumado artificiero. Como indica su título original, Robert Altman, despiadado retratista de América y virtuoso tejedor de corrosivas obras corales, es un jugador que se adapta a las reglas del juego pero solo para subvertirlas y proponer lecturas inversas, sobre todo para esos espectadores entrenados durante años a consumir las películas con candor y sin resistencia. Altman juega sus cartas con la media sonrisa del tahúr irónico, cínico y satírico que siempre fue, y propone una radiografía moral sobre qué clase de personas deciden qué y cómo se hacían las películas en los estudios de Hollywood durante la borrachera publicitaria de los ochenta. Aquella que le arrojó temporalmente al olvido.

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