Transgresiones de la fe

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SILENCIO
Silence
Martin Scorsese, 2016

Cualquiera que sea el Scorsese que nos embauca en su fuente energética, cualquiera el pacto que establece con las secretas operaciones retinianas del séptimo arte, cualquiera su ambición y su barroquismo de emociones en tensión perpetua, no habrá director norteamericano cruzada la edad de jubilación (de largo) que, hoy por hoy, pueda saltar de un proyecto de irrefrenable posesión satánica como El lobo de Wall Street (2013) a otro de serena introversión cristiana como Silencio (2016), con parada breve en la catódica y catatónica Vinyl (2016), acaso la culminación post-manierista de su poética del exceso. Los surcos de cocaína que cruzaban el plano en prácticamente cada secuencia de sus trabajos precedentes son ahora genuflexiones y crucifijos, de modo que esa tensión en la pupila del cocainómano que el cineasta neoyorquino lograba trasponer al estado mental del espectador se encuentra ahora con la cara de la otra moneda, la de un espectador si no extasiado, al menos transgredido por la fe humana y el silencio de Dios, las resistencias del alma a través de las torturas indecibles del cuerpo y la mente.

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