París era una fiesta

MIDNIGHT IN PARIS
Woody Allen, 2011

805-1-midnight-in-paris-p1

No es la primera vez que Woody Allen juega con la noción de la fuga a un tiempo o un lugar pretendidamente más feliz. Al cineasta de Brooklyn le ha seducido una y otra vez la idea de escapar de una realidad que no le gusta, de un mundo en el que no se encuentra cómodo. Que le asusta, le aburre y le entristece. Sea el propio cine, la literatura, la música, la radio o el béisbol, los otros mundos (y pasiones) que en sus películas se derivan de la realidad inmediata son, en definitiva, los sustitutos en los que sistemáticamente se ha refugiado de una existencia que (como expresan sus películas una y otra vez) nunca ha resuelto sus incertidumbres. “La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad… y además termina demasiado pronto”, dice el Alvy Singer de Annie Hall (1977). Hoy Woody Allen escribiría las mismas líneas sin contradecirse.

allthegang

En su exilio europeo –que ha transitado sobre todo por Londres, con una escapada a España, un feliz paréntesis en Nueva York (Si la cosa funciona, 2009) y ahora una segunda visita a Francia después del ya lejano y atípico musical Todos dicen I Love You (1996)–, Woody Allen ha dado probablemente lo mejor de sí cabalgando sobre el registro trágico de tintes dostoievskianos –Match Point (2005) y El sueño de Casandra (2007)–, es decir, conjugando su pesimismo en clave realista con las variaciones londinenses de un filme tan crucial en su filmografía como Delitos y faltas (1989), donde Martin Landau aseguraba: “Cuando racionalizamos la realidad estamos obligados a negarla. Si no simplemente no podríamos seguir viviendo”. Alternativamente, sus piezas cómicas apenas han trascendido el descuidado divertimento –Scoop (2006), Vicky Cristina Barcelona (2008), Conocerás al hombre de tus sueños (2010)– con el recorrido turístico por ciudades europeas en las que, qué duda cabe, este hijo predilecto de Nueva York debe efectivamente sentirse como un turista accidental.

A este respecto, el arranque de Midnight in Paris –una serie de planos de la capital francesa, de día y de noche, con sol y con lluvia, como si ésta esperara a ser habitada por sus personajes– no es tanto una sinfónica carta de amor a la ciudad como lo era el memorable preludio de Manhattan bajo el sentimiento épico de Gershwin –recordemos que allí había un monólogo en off y aquí es sólo la música de Sidney Bichet la que acompaña las imágenes–, sino más bien el deseo de atrapar postales cuasi-documentales de la atmósfera parisina. Es a partir de esta prosaica belleza que el film se permite rendirse al hechizo, emprender su fuga mágica al consuelo de un tiempo de plenitud idílica y ferviente creatividad, el romantizado París de entreguerras. Al término del misterioso y nostálgico Si tu voi ma mère, Woody corta a un plano que replica los nenúfares de Monet. Quedamos avisados, el filme será impresionista o no será, como no en vano vienen siéndolo en cierto modo las ficciones recientes del neouyorquino, secuestradas todas ellas por una suerte de prosa automática confabulada con la espontaneidad y los apresuramientos de un diletante. El impresionismo es en Midnight in Paris todavía más transparente y acuciante, pero, paradójicamente, también más depurado.

MidnightParis7-e1405452740808

La presentación de los protagonistas –Inez (Rachel MacAdams) y Gil (Owen Wilson)– acerca la cámara a una pareja de prometidos que pasea por los jardines de Luxemburgo, y ella entonces enuncia la frase capitular: “Estás enamorado de una fantasía”. Como hiciera antaño el autor de Zelig (1982), Comedia sexual de una noche de verano (1983), La rosa púrpura del Cairo (1985) y Alice (1990), la coartada fantástica toma el aspecto de un cuento de hadas, en el que el guionista de Hollywood insatisfecho atraviesa con las campanadas de medianoche el opaco espejo de su existencia para viajar al tiempo y al lugar soñados, centro neurálgico de la bohemia y la vanguardia artística, aquel París años veinte en el que, como testimonian las estanterías de Shakespeare & Company (que por supuesto Woody no se priva de filmar), la generación perdida estadounidense también vivió su exilio europeo.

La ocurrencia se impone a un relato sin apenas desarrollo, las intrigas amorosas se resuelven abruptamente, los personajes se abandonan sin solución de continuidad o son apenas prototipos que desfilan en una galería de célebres espectros: Scott Fitzgerald y su mujer Zebra, Ernest Hemingway, Gertude Stein, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Henri Matisse, T. S. Eliot, Luis Buñuel… etc. El humor se decide entonces en el reconocimiento, y en ese parque temático de la “Edad de Oro” que Gil y el espectador recorren estupefactos y encandilados, la (in)verosimilitud nunca es un obstáculo, es el contacto con cierta esencia del cine: poner a caminar a los muertos. Aquí además beben champán a espuertas y bailan el Charlestón como si el mundo estuviera a punto de acabarse.

hemingway-and-gil-midnight-in-paris1

En cierto modo, Midnight in Paris elabora desde la fantasía un discurso sobre los tópicos, pero no para desmontarlos, sino para conjurar un encantamiento que se resuelve entre la fascinación y la parodia, y que entra en colisión con el presente para transformarlo. El recorrido turístico-geográfico de Woody Allen en Midnight in Paris se expande a un turismo-cultural no menos asentado en los lugares comunes. Pero si Gil –un extraordinario Owen Wilson que encuentra al Woody dentro de él para componer una de sus mejores interpretaciones– se bebe la mágica noche parisina hasta que las luces de la mañana le devuelven al presente, si se sumerge alborotado en la bohemia codeándose con un Hemingway acompañado de Belmonte y salmodiando sobre la honestidad del escritor, si inocula en la joven mente de Luis Buñuel el germen de El ángel exterminador, no es tanto para que Gertrude Stein le dé la bendición y la confianza que necesitaba para dedicarse a la “literatura seria”, sino para poner a prueba el amor que siente hacia su prometida conquistando a Adriana (Marion Cotillard), musa ficticia de Picasso que también lo fuera de Braque y Modigliani.

El papel de Adriana, único personaje no histórico con el que se cruza Gil en sus noches sobrenaturales, es el alma redentora del film. Junto a ella, en un carruaje salido de un filme de Ophüls, Gil viaja más atrás en el tiempo –una segunda fuga dentro de la primera–, en uno de los fragmentos más desconcertantes y bellos de toda la filmografía de Woody Allen. En las noches del Moulin Rouge, compartiendo mesa con Toulouse-Lautrec, Degas y Gaugin, quedan en suspenso y al borde de romperse todos los embrujos conjurados hasta entonces por la película. Gil comprende allí, mirando a su alrededor, que toda esa gente, por más que historiadores y artistas los hayan idealizado, también quieren dejar atrás su miserable presente. Alvy Singer tenía razón: la vida es insatisfactoria allá donde vivas y busques donde busques, en cualquier tiempo y lugar.

mid2

–Publicado originalmente en El Cultural, en mayo de 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s