En las cumbres del melodrama

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CAROL
Carol
Todd Haynes, 2015

Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así ingresamos, como espectadores, en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, la última película de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

Pensemos por ejemplo en Carta de una desconocida (1948), de Max Ophüls, considerada hoy unas de las más altas cumbres del melodrama. Por entonces, estas películas recibían el sobrenombte de women pictures: no solo porque trataban sobre mujeres sino porque al parecer iban dirigidas a ellas. Eran carne de cañón para la crítica, que solo las trataba con desconsideración. El mismo rotativo neoyorquino que hoy se rinde ante Carol –como lo ha hecho prácticamente toda la crítica desde su presentación en Cannes– consideró entonces que el filme de Ophüls no era más que un febril discurso amoroso “ahogado de retórica y tontería” (Bosley Crowther, abril de 1948), cuyo único propósito fuera espolear las fantasías románticas de las amas de casa.

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Todd Haynes siempre ha adorado las women pictures. En verdad, como descendiente creativo de Douglas Sirk o Vincente Minnelli o King Vidor, el melodrama clásico forma parte de su código genético como cineasta. Con Lejos del cielo trascendió el mero ejercicio de estilo o el pastiche nostálgico al reescribir el universo de Sirk (especialmente Solo el cielo lo sabe, 1955) en el cine del siglo XXI. Vean el ensayo audiovisual All That Pastiche Allows, de Catherine Grant, para comprobar empíricamente la hermandad de ambos filmes. Más adelante, Haynes revisitó de nuevo el melodrama de época con la magnífica miniserie Mildred Pierce (HBO, 2011), donde profundizó en la reescritura y los códigos de un género que parece cobijar en su interior los secretos del gran cine.

No son muchos los que se han atrevido con él. Es un género esquivo, del que los cineastas más conscientes suelen huir, pues los riesgos a quedarse a mitad de camino (es decir, en el ridículo telefilm) son muy altos. Pero en verdad, no hay cineasta sin ambición, de Chaplin a Kubrick, que no lo haya intentado, consciente también de que la raíz del melodrama es la raíz del cine: la mirada como el gran vehículo de fascinación. Pero el melodrama con pedigrí ya ha pasado a mejores tiempos, cuando en Hollywood importaba eso tan esquivo y etéreo como es el glamour, y parece en este siglo XXI un género reservado a las genialidades o excentricidades de Wong Kar-Wai (In the Mood for Love), de Terrence Davies (The Deep Blue Sea), de Pedro Almodóvar (Hable con ella), de Richard Linklater (Antes del atardecer), de Paul Thomas Anderson (Punch-Drunk Love), etc.

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Todd Haynes trasciende la sombra de sus maestros y culmina con Carol su exploración, como si no fuera posible llevarla más lejos. Es su women picture definitiva. Estamos sin duda frente a una de las grandes cumbres del melodrama, destinada a ingresar en el mismo linaje de obras como Tú y yo (Leo McCarey, 1939), Madame de… (Max Ophüls, 1953) o Breve encuentro (David Lean, 1945), de la que de hecho toma prestada su estructura circular como vehículo catártico del romance. El punto de partida es la novela semi-autobiográfica El precio de la sal (1952), que una jovencísima Patricia Highsmith publicó bajo seudónimo para evitar ser rotulada como una “escritora lesbiana”, pues relataba un romance por entonces poco convencional y escandaloso: la joven y humilde Therese se enamora perdidamente de la adinerada y adulta Carol, en proceso de divorcio.

Hace dos años, el francés Abdelatif Kechiche fue galardonado con la Palma de Oro en Cannes por La vida de Adéle (2013), donde armonizaba la pasión lésbica con el deseo carnal explícito. Haynes, que también compitió en el templo del cine de autor, hace exactamente lo opuesto. Si Kechiche consideraba al espectador un “voyeur consentido”, que asistía de frente al éxtasis de las amantes mediante largas y arrebatadas secuencias de sexo, Haynes lo trata como a un “voyeur clandestino”, en consonancia con la época de represiones y prohibiciones que retrata. Lo que para Kechiche era pulsión documental, para Haynes es pura estilización. Así, además de mantener la tensión sexual en suspenso durante gran parte del metraje (manteniéndolo incluso fuera de plano), Carol desnuda el deseo de sus protagonistas sin alardes ni enfásis, observándolas a través de escaparates, reflejadas en espejos, en retratos esquinados, filtrados, velados. En suma, desde la ensoñación.

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El film mantiene en esencia el punto de vista de la joven interpretada por una magnífica Rooney Mara (Premio a la Mejor Actriz en Cannes), cuyo look recuerda tanto a Audrey Hepburn como a Jean Simmons, pero añade respecto a la novela la propia perspectiva de Carol, retratada casi como el fantasma de una semidiosa, a medio camino entre Lauren Bacall, Kim Novak y Lana Turner. Mediante esta doble exposición del proceso de enamoramiento, el gran estilista que es Haynes pone en escena un verdadero juego de espejos, la perfecta traslación plástica de la realidad interior de las protagonistas y la percepción social de su romance. A través del prisma de eros, entramos en el territorio prohibido al que la América de Eisenhower arrinconó la homosexualidad, el divorcio, el adulterio. El espectro del clasicismo que recorre toda la película se transforma así, entre la serenidad y la elegancia, en una declaración política.

Resulta significativo que, respecto a la novela que adaptan, Todd Haynes y el coguionista Phyllis Nagy hayan permutado las aspiraciones a diseñadora de la joven Therese por sus ambiciones como fotógrafa. La mirada es, al fin y al cabo, el núcleo de la propuesta. La mirada con la que Therese enciende y transforma la vida de Carol. Alejándose de la explosión kitsch de colores propia del melodrama de los cincuenta, el maestro Ed Lachman, que ha fotografiado el film en 16mm para buscar una textura granulosa, ilumina colores desgastados, atmósferas diluidas, casi abstractas, inspirándose sobe todo en las imágenes del fotógrafo Saul Leiter. Acaso nunca el deseo fue tan palpable y tan oculto al mismo tiempo como en Carol, la última obra maestra en salir de Hollywood.

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– Publicado originalmente en Ahora Semanal, en enero de 2016.

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