La sonrisa aterrorizada

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EL INCIDENTE
The Happening
M. Night Shyamalan, 2008

Ya venia siendo una sospecha desde aquella magistral vuelta de tuerca de El Protegido (2000), en la que dos humanos adquirían al final de la película la dimensión de superhéroes antagónicos. Entonces el espectador debía recapitular y recomponer la película bajo otra mirada: un drama fantástico se transformaba en la fábula pop de unos personajes extraídos directamente de un cómic. Excepcional. Para los más avezados (y obvio deliberadamente Praying With Anger, 1992, y Wide Awake, 1998), la guasa ya empezó con El Sexto Sentido (1999) y con sus irritantes trampas de guión para cualquiera que se tomara su frágil discurso metafísico en serio. Pero con la resolución y el último plano del reverendo Mel Gibson en Señales (2002), o con el monstruo de opereta acosando a una caperucita ciega en El Bosque (2004) y, sobre todo, con el cuento infantil La Joven del Agua (2006) -el particular Fellini 8 1/2 de Shyamalan, donde pone al descubierto la tramoya de su delirante imaginería-, la cuestión ya quedó más que manifiesta. M. Night Shyamalan es un bromista. Un bromista siniestro.

A estas alturas, no cabe otra coartada para la firme creencia del director en el poder de la inocencia que reivindican sus relatos. Uno de los últimos verdaderos autores del cine norteamericano difícilmente puede albergar un discurso naif convencido, más bien un pathos fantástico-burlesco. Antes que a su fe en la magia de lo desconocido, es preferible rendirse a su originalidad discursiva (las mismas historias pueden volver a contarse de otro modo, por ejemplo desde sus contraplanos) y al magnetismo de su inteligencia visual: la secuencia en la estación de tren en El Protegido, la puñalada accidental en El Bosque, los suicidios colectivos, filmando a la altura de los pies el itinerario de una pistola, en El Incidente. La prueba irrefutable puede encontrarse en el falso documental realizado por el canal Sci-Fi The Buried Secret of M. Night Shyamalan (2004, Nathaniel Kahn), que veladamente sirvió como video de promoción de El Bosque. Aunque Shyamalan arremetiera contra la película (había que publicitarla), es imposible pretender que no estuviera involucrado en su planteamiento y realización. A partir de la investigación de su obra, supersticiones y excentricidades, el film retrata a Shyamalan como un ser misterioso y místico que habla con los espíritus y establece pactos con el más allá. El tono serio y realista del fake documentary trataba de enmascarar la broma implícita, y sorprendentemente fueron tantos los espectadores que se tragaron la farsa (por obvia que fuera) que el canal televisivo finalmente tuvo que desvelarla para enterrar las dudas.

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The Buried Secret of M. Night Shyamalan (2004), de Nathaniel Kahn 

Sería un error, por tanto, tomarse ahora El Incidente con mayor seriedad de la que solicitan la tosquedad, a veces incluso la torpeza, de su premisa, de sus personajes, de su guión, y hasta de sus imágenes. A diferencia de sus anteriores trabajos, la sorna nace ahora en el propio concepto de producción: ideada románticamente como un subproducto de serie-B (tras el fracaso comercial de sus dos anteriores películas, Shyamalan ha contado ahora con un presupuesto moderado), se propone deliberadamente realizar una película bastarda que no oculta sus referentes de culto, y que además impugna varios de los elementos estructurales y formales que amalgaman el fantastique moderno de qualité. La dimensión humorística como parte integrante del discurso fantástico estará aquí más cerca de Hitchcock o Gilliam, pues la comedia funciona, como en aquéllos, por efracción. Pero para lo que algunos espectadores supondrá una decepcionante ruptura con sus trabajos precedentes, o cuanto menos una película fallida (algo siempre discutible), para otros se traducirá en un audaz paso de adaptación y depuración fílmica. Aunque strictu sensu no lo manifieste, Shyamalan sabe que la mejor historia del cine fantástico se ha filmado al margen de la industria, con los despojos que va dejando el cine convencional.

La esencialidad a la que apunta El Incidente está ya inscrita en la magnífica apertura, capaz de instalarnos en la atmósfera precisa: nubes blancas que viran a negras bajo la pavorosa música de James Newton Howard. Contrastes. Cambio climático. La naturaleza enfurecida. Este es el motor “ecológico” de un film que iba a titularse “El efecto verde” (titulo más adecuado para una película de estas características): el planeta se toma su venganza anulando del ser humano su instinto de supervivencia. La inquietante premisa, a la vez que comparte el obvio sentido metafórico y el romo mensaje moral de las entrañables producciones B de ciencia-ficción, es puramente “shyamaliana”, en el sentido de que su cine cautiva por su capacidad para representar el encuentro de lo cotidiano con entidades desconocidas, filmándolo desde el asombrado, aterrorizado punto de vista del hombre. La naturaleza no aparece retratada con la aparatosidad de un arma de destrucción masiva (lo que aleja El Incidente de los frecuentes filmes apocalípticos que nos llegan de Hollywood), sino que la acción que se toma contra la especie humana es íntima y sutil, silente y atmosférica. De ahí que la sonrisa de la película esté constantemente en tensión, siempre al borde de quebrarse en espanto, pues debajo de ella se desliza un terror palmario, indescifrable. Asoma de nuevo la habilidad del autor de Señales para aterrorizar sonriendo.

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Los espacios abiertos y luminosos de El Incidente reivindican la inquietante belleza de un planeta moribundo cuya venganza el hombre se merece, según reza una instalación publicitaria bajo la que corren los personajes en su huida de la pandemia (otra broma). El contraste que establece con los refugios oscuros habitados por seres paranoicos (La Guerra de los Mundos, como en Señales, siempre presente) forma parte de la estrategia de un film capaz de hacer convivir la naturaleza idílica con una de las más dolorosas analogías visuales con el 11-S que ha recreado el cine. La violencia tiene por primera vez en Shyamalan efectos sangrientos, como también lo tenía la explicitud artesanal de los subproductos de los cincuenta, menos domesticados por el “buen gusto”, más pesimistas. Su metraje, noventa minutos que prescinden esta vez de los radicales giros de perspectiva dramática propios de Shyamalan, no deja de apelar a la síntesis casi expresionista de sus referentes.

Bajo ese paraguas conceptual, quizá asumido por Shyamalan con demasiadas licencias, se protege el trazo grueso con que está narrada la evolución interna de los personajes y también la inexistente profundidad de campo con que está fimada la dinámica exterior. Los misterios fuera del alcance de nuestra lógica que se descifraban de la forma más prosaica (una caja de cereales en La Joven del Agua, un vaso de agua en Señales), quedan irresueltos en El Incidente. Todo finaliza como empezó (otra vez H. G. Wells) y la explicación queda en el aire. Es esa respuesta natural, como lo es este paso en la carrera de Shyamalan, que los despistados o ciegos medios de comunicación de El Incidente (representados como equivalentes al crítico de cine de La Joven del Agua), no querrán o no sabrán interpretar.

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– Publicado originalmente en Cahiers du cinéma. España, en junio de 2008.

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