Los golpes de la vida

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THE FIGHTER
The Fighter
David O. Russell, 2010

De un modo u otro, la extraordinaria historia del campeón del mundo Micky Ward debía ser contada. El actor con quien comparte iniciales, Mark Wahlberg, se volcó en el proyecto durante años. Como productor y actor protagonista, debía encontrar al director adecuado para trasladar a la pantalla la esquizofrenia narrativa de un relato pugilístico tan cerebralmente desafiante como emocionalmente primitivo, donde los mundos del boxeo y las drogas convergen y colisionan hacia zonas inesperadas. En la búsqueda de Whalberg cayeron varios pesos pesados, como Darren Aronofsky, que pudo haberla dirigido si no hubiera resucitado a Mickey Rourke en El luchador. Ironías de la vida, el título español para The Wrestler vendría a ser la traducción exacta de esta otra película que finalmente no hizo, The Fighter (si bien figura como productor ejecutivo), que finalmente cayó en manos de David O. Russell (director del filme más carismático sobre el expolio de Irak, Tres reyes), y que llega a nuestras pantallas después de haber amasado ocho nominaciones a los Oscar.

De un modo u otro, efectivamente, la historia debía contarse. Y quizá lo más intrigante de The Fighter es que, con una dramaturgia lineal, interpreta los mismos hechos de dos modos casi opuestos. The Fighter asombra por sus procesos de metamorfosis, no sólo dentro del propio relato o en la figura del protagonista -un boxeador con más que corazón que cerebro que ha dejado su carrera en manos de su avara, ignorante y vampírica familia-, también el de Christian Bale, que se somete a otra de sus impresionantes mutaciones físicas para interpretar al has been Dicky Eklund, hermano y preparador técnico de Micky, un espectro charlatán cuya mente devora el crack y el recuerdo trastocado de aquella vez que tumbó en la lona a Sugar Ray Leonard.

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Tal y como presenta despiadadamente David O. Russell a la familia del bueno de Micky (un papel que viene al pelo a la parquedad expresiva de Whalberg), con una madre (Melissa Leo) y siete hermanas caricaturizadas como arpías, The Fighter adquiere la forma de un drama con tintes satíricos en torno a la poética del loser. En esta primera parte, el compromiso familiar del púgil es como un cáncer para su éxito. Después, los personajes (y la película) se sobreponen a su destino: ya no es la historia de una tragedia personal, sino la de la improbable conquista de un grupo, una familia unida.

Las distantes formas del filme pueden entrar en contradicción y entonces la película de David O. Russell se arriesga a mostrar graves signos de deshonestidad. Es como si de la lucha de clases de El ídolo de barro (1949) de Robson y la lectura antropológica del Fat City (1972) de Huston pasáramos inopinadamente al Rocky (1976) de Stallone. De la estupefacta mirada entre el retrato familiar y el reality show a la épica de la superación. Los hechos son los hechos, sin embargo, y la opción de la película es cómo representarlos: primero con el punto de vista de un documental de la HBO y luego apelando a la felicidad de un cuento de hadas. Si la convulsión de Million Dollar Baby, filme pugilístico que también se quebraba en el ecuador, respondía al golpe mortal que sufría Maggie Fitgzerald, The Fighter emprende el sentido inverso, de la depresión a la euforia, y encuentra su punto de giro en el personaje de Amy Adams, una camarera que despertará la individualidad de Micky Ward en sus decisiones.

The Fighter glosa el poder de la televisión como creadora y destructora de mitos. Resulta especialmente brillante el modo en que Russell filma las emisiones televisivas, verdadero vehículo de pasiones del boxeo. Y así, con su explosiva energía musical, con su inteligente sentido del sarcasmo, sus sobresaltos de la distancia a la cercanía emocional con que se aproxima a sus personajes, y con una eficaz, que no efectista, puesta en escena, arma un filme tan convincente por lo que cuenta como por la(s) forma(s) de hacerlo.

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–Publicado originalmente en El Cultural, en febrero de 2011.

 

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