Todo cambia

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HABEMUS PAPAM
Habemus Papam
Nanni Moretti, 2011

De algún modo, todo artista busca el desconcierto. Desde su particular arte, a veces íntimo y rupturista (Caro Diario), a veces inapelablemente desolador (La habitación del hijo), a veces políticamente militante (Il Caimano), Nanni Moretti ha demostrado una y otra vez por qué, aparte de ser uno de los látigos intelectuales de la izquierda italiana, es uno de los cineastas europeos más iconoclastas. Por eso, cuando el veterano director italiano dirige una película sobre un Papa que, angustiado y bloqueado por las dudas, se fuga del Vaticano tras su nombramiento, el espectador bien puede esperar una suerte de desenfrenada sátira en torno a la institución católica o, para resumir, una película anti-Iglesia. Pero Habemus Papam viene a demostrar una vez más que, en el cine, los prejuicios y las expectativas son tan peligrosos como injustos. Las opiniones sobre una película no pueden sostenerse a partir de lo que la película no es (o lo que esperábamos que fuera), sino por lo que finalmente es. ¿Y qué es, exactamente, Habemus Papam? ¿Qué clase de película se encontrará el espectador? Esa es la pregunta más difícil de contestar.

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Se trata de un filme cuyo veneno lo enmascara el suave terciopelo. En apariencia, es aquello que se entiende por una “comedia amable”. Y de hecho hay mucha ligereza en el trazo de una farsa extremadamente sutil, que se propone ofrecer un retrato de los funcionarios de Dios alejado de la fácil irreverencia, que prefiere retratar los cardenales fumando sus cigarrillos en el aburrimiento de la espera o en el ridículo baile de sotanas de un partido de voléibol que abusando sexualmente de un monaguillo. No es Habemus Papam una película manifiestamente provocativa que denuncie los comportamientos y la moral de la Iglesia Católica –si acaso los pone en cuestión en burla respetuosa–, sino que el film se pregunta fundamentalmente sobre la moral y el humanismo de su protagonista, el cardenal Melville, interpretado por el gran Michel Picolli. El propio Moretti, a través de su alter-ego en el film –un psiquiatra ateo contratado por el Vaticano para ayudar a Melville a calmar su angustia y aceptar el “designio divino”–, lo pone en su boca: “Quiero hablar con el hombre, no con el Papa”. Y el hombre, Melville, es un anciano asustado que cuando debe dirigirse a las masas en su primera aparición pública como líder terrenal de la Iglesia Católica, sólo puede contestar a la manera del Bartleby de ¡Melville!: “Preferiría no hacerlo”.

Bajo sus aparentes debilidades, traslucen las virtudes de Habemus Papam –la inteligencia, la sutileza, la claridad fílmica–, pero su encanto lo proporciona sobre todo la delicada, riquísima interpretación de Michel Piccoli. El filme puede comenzar como una parodia institucional y adentrarse en las difíciles aguas del surrealismo cómico, pero su esencia dramática es el retrato de un hombre enfrentado a una imposible responsabilidad. En su deambular por el mundo exterior, el Papa fugitivo revive su olvidada vocación de actor junto a una compañía teatral que interpreta La gaviota de Chéjov, una pieza que Melville conoce de memoria. El enmascaramiento acaba emergiendo entonces como la gran paradoja de su vida (¿no es también la del Catolicismo?), al igual que la propia película, que a la manera de un film de Jacques Rivette, encuentra en el espacio de la representación teatral el canal metafórico de la revelación cinematográfica. Pero acaso el conducto más elocuente que encuentra este socarrón –incluso buñuelesco– y, sí, respetuoso filme, es la voz y música de Mercedes Sosa, que en una hermosa secuencia de clausura condensa el alegato de Moretti contra la vigencia del dogma cristiano en nuestro mundo.

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– Publicado originalmente en Sensacine, en noviembre de 2011.

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