Paréntesis (de esclavitud) junto al Río Rojo

12-years-a-slave-trailer

12 AÑOS DE ESCLAVITUD
12 Years of Slave
Steve McQueen, 2013

Once años, ocho meses y veintiséis días. Esos son los doce años a los que hace mención el título de la película del británico Steve McQueen, basado en las memorias de Solomon Northup, un hombre de raza negra, padre de familia y violinista, que como reza el subítulo de su testimonio, fue “secuestrado en Washington en 1841 y rescatado en 1853 de una plantación de algodón cerca del Río Rojo, en Louisiana”. Vendido como esclavo, su periplo de amo en amo y de humillación en humillación representa la crónica de los avatares de un individuo en el contexto de una nación esquizofrénica y naciente. El relato épico de Northup, que se publicó un año antes de La cabaña del tío Tom aunque nunca ha formado parte de la mitología literaria más reconocible de Estados Unidos, es el que concentra con una fuerza visceral 12 años de esclavitud en sus poco más de dos horas de metraje.

Los doce años de esclavitud representan un paréntesis en la vida de Northup, que había gozado de 34 años de libertad antes de ser secuestrado, torturado y vendido en la misma avenida de Washington donde Marthin Luther King alzaría la dignidad negra más de un siglo después y donde Barack Obama se investiría como presidente casi 160 años tras la liberación de Norhtup, los que se cumplen ahora y han propulsado la producción del film. Un simple movimiento de cámara alzándose sobre el muro de la cárcel para encuadrar la Casa Blanca encierra todo ese peso de la historia. Un paréntesis, obviamente, inarticulable. Tan inarticulable como la representación de la barbarie humana, debate que todavía hoy apela a las entrañas del cine.

336468_orig

Los paréntesis son intervalos de tiempo (de texto) puestos en suspenso con una ambivalente finalidad: esconder y mostrar su contenido, obviarlo y resaltarlo, menguarle y sumarle importancia. La película de McQueen, como la vida de Northup, está determinada por la noción del paréntesis, no cesa de remitir a ella. “Si quieres sobrevivir no digas quién eres realmente ni que sabes leer y escribir”, le aconseja otro esclavo. Northup, encarnado con estremecedora intensidad por Chiwetel Ejiofor, se ve obligado a contemplar sus años de esclavitud como un paréntesis. Lo que habrá después es solo una esperanza. Lo que ha quedado atrás, una vida en suspenso, que no debe ser revelada. La eliminación como estrategia de supervivencia, tal y como Estados Unidos (y su cine) ha enterrado, puesto entre paréntesis, su culpa histórica.

La película entra y sale de ese intervalo (biográfico, histórico, cinematográfico) para recordarnos el sueño de la libertad, de tal modo que los flashbacks van diluyéndose en el relato de la ignominia a medida que se disuelve en la memoria (y la esperanza) de Solomon, forzado a anular su identidad: “Eres un fugitivo… negro… de Georgia”, le dice el primero de sus torturadores. Y efectivamente, a partir de entonces, será eso y solo eso. La amputación de su dignidad. El compromiso de McQueen (no en vano, un cineasta de color) a la fidelidad de la tragedia de Northup pasa por retratar el esclavismo con evidente visceralidad, como una manifestación pura del mal, donde el trauma no procede tanto de la historia en sí, sino de sus alrededores. El papel de Michael Fassbender, el sádico dueño de una plantación secretamente enamorado de una de sus esclavas, incide en esta idea convirtiéndose en uno de los centros emocionales de la trama.

12-años-de-esclavitud

McQueen, procedente del videoarte, completa con esta película un trayecto que va de la radicalidad creativa a la domesticación de su discurso (la película es seria candidata a triunfar en los Oscar), con un interés especial por explorar los agravios físicos y psicológicos en la pantalla, formando una consecuente trilogía de largometrajes en torno a las vejaciones del cuerpo y las torturas de la mente. Tanto el disidente irlandés Raymond Lohan en Hunger, como el Brandon de Shame y su adicción al sexo, y ahora el “insólito” esclavo Solomon arrancado de su respetalidad burguesa, son retratados como cuerpos puestos al límite del sufrimiento humano. Aunque el marco sea el de una producción comercial hollywoodense, el cineasta británico logra salir airoso de la explotación emocional que el drama parece pedir a gritos, mientras que los intervalos de castigo físico, suficientemente traumáticos, reciben un tratamiento realista (sangriento) muy por encima de la costumbre en este tipo de producciones. En cierto modo, McQueen adopta una brillante estrategia apropiándose del lenguaje y el modelo de película con el que históricamente el cine ha perpetuado las fabricaciones de la historia americana.

DF_02659.CR2

– Publicado originalmente en Caimán. Cuadernos de Cine, en diciembre de 2013.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s