La poética de la podredumbre

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QUÉ DIFÍCIL ES SER UN DIOS
Trudno byt bogom – Hard to Be a God
Alexey German, 2013

La leyenda dice que frente a la película Khrustalyov, My Car! (1998), cuando se proyectó en Cannes, un miembro del jurado dijo: “Esta película es tan extraordinaria que ni siquiera yo la entiendo”. Se trataba de Martin Scorsese. Han transcurrido más de quince años desde entonces, es decir, prácticamente los que ha invertido el visionario cineasta ruso Aleksey German (Leningrado, 1938 – San Petersburgo, 2013), con apenas seis largometrajes dirigidos en 45 años de carrera, en realizar Qué difícil es ser un dios, su filme póstumo. Seis años de rodaje y ocho de post-producción, tras pasar por diferentes montajes y un minucioso, perfeccionista trabajo de sonorización y mezclas durante el cual se lo llevó la muerte. La película estaba prácticamente completada, aseguran su mujer y su hijo (guionista y director, respectivamente), que acabaron el trabajo por él. German, qué duda cabe, sabía que iba a ser su último trabajo. Aquel por el que se le recordaría in saecula saeculorum.

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Según cuenta el crítico alemán Olaf Möller, que ha seguido el proceso desde su mismo nacimiento, el verdadero origen de esta película inclasificable y monumental, adaptación muy libre de la novela homónima de Arkady y Boris Strugatsky (los guionistas del Stalker de Tarkovsky), en realidad se remonta a principios de los años sesenta, pues German contempló debutar con ella antes de que la censura rusa le obligara a cambiar de opinión y realizar Sedmoj sputnik (1967). En blanco y negro, de 170 minutos de duración, con una ambientación histórica de un hiperrealismo que trasciende cualquier clase de imaginación, Qué difícil es ser un dios es, escribe Möller, “como un mensaje de otro tiempo” (Cinemascope), sea del pasado o del futuro. No hay forma de valorar, comentar o juzgar la película desde los parámetros habituales de la crítica cinematográfica. Todo, absolutamente todo en ella es de una singularidad y excepcionalidad sin precedentes, acaso como lo fue la múltiple adaptación shakesperiana Campanadas a medianoche (1965) de Orson Welles, proyecto también de muy larga incubación.

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La grave voz de un narrador omnisciente evoca al principio del filme el contexto que describe la novela: estamos en otro planeta muy parecido a la Tierra, pero todavía anclado en la Edad Media, esperando un imposible Renacimiento. Allí han sido enviados una serie de científicos terrícolas para observar el planeta, llamado Arkanar, pero con la orden de no interferir violentamente en su desarrollo: deben ayudar a la “civilización” local a encontrar el mejor camino hacia el progreso. Qué difícil es ser un dios se pega a lo largo de todo su metraje a la anatomía del terrícola Don Rumata (Leonid Yarmolnik), siguiendo su periplo por la laberíntica ciudad medieval mediante largos planos-secuencia, en los que la cámara flota en planos abigarradísimos, populosos de rostros grotescos, sucios y desdentados, como extraídos de cuadros de El Bosco (que a veces miran directamente a cámara), de animales, comida, objetos, casquería animal y humana y todo tipo de fluidos que convierten la experiencia en algo tan imponente como desagradable.

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German sublima la estética de lo grotesco y la poética de la podredumbre hasta propulsarla a un nivel de corporeidad tan tangible que casi podemos olerla. No en vano, el sentido del olfato ocupa un lugar de privilegio en la ambientación de un filme que apenas confía en la narración de una historia, sino que se vuelca por entero a la “recreación” del entorno. El vuelo esférico de la cámara, en perpetuo movimiento, nos hace partícipes de plena presencia en el filme, hasta comprender las motivaciones que llevan a Don Rumata a saltarse los protocolos y tratar de salvar a pensadores y artistas de la miseria que les aguarda. German, creador excepcional, ha culminado una película tan única y sorprendente, tan especial y milagrosa, que este humilde comentarista solo puede alentar al lector a que corra a descubrirlo con sus propios ojos. Nada de lo que pueda decirles haría justicia a la experiencia. Es cine de otro mundo, cine sobrehumano.

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– Publicado originalmente en El Cultural, en abril de 2015.

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