Sobre mitos y tumbas

William Henry McCarty, Jr.

RÉQUIEM POR BILLY EL NIÑO
Requiem for Billy the Kid
Anne Feinsilber, 2007

Los intersticios entre el mito y el fraude son muy porosos. Y poéticos. Aunque John Ford siempre prefirió imprimir la leyenda, la incógnita de la ecuación Liberty Valance permanece irresoluble. Los mitos de la América salvaje recorren con fantasmas sus paisajes hermosos y crepusculares, son tan parte de su tierra como los ferrocarriles que cruzan sus horizontes o las tumbas que albergan. Si en algo podemos calibrar la trascendencia de una película documental como Réquiem por Billy el Niño, ópera prima enormemente evocadora, es en su voluntad de profanar esas tumbas, de explorar con mirada y sensibilidad nuevas (y en esto interviene el alma feminina y europea) las tensiones entre la historia y los mitos del Viejo Oeste. ¿Para redefinirlos y renovarlos? No. Para regresar al punto cero, a la necesidad misma de su existencia.

Billy the Kid's headstone.

Transcurridos más de 120 años del homicidio más popular del Viejo Oeste, el sheriff del condado de Lincoln abre una investigación para determinar si el hombre al que mató su predecesor Pat Garret en Fort Sumner fue realmente William H. Bonney. Otra teoría sostiene que Billy el Niño terminó sus días bajo una nueva identidad a la sombra de un porche de Texas. La iniciativa de contrastar el ADN de los restos de la madre de Billy el Niño con los dos cadáveres que partes contrarias aseguran que son del forajido (la explotación turística está en juego), precipita una guerra de intereses que detiene el esclarecimiento de la verdad.

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De esa frustración surge un logro inesperado. La magnitud del mito, el peso de la leyenda, reaparece, se hace visible. En un hermoso gesto que tiene tanto de guiño cinéfilo como de broma luctuosa, la voz de Kris Kristofferson e el médium para acceder a los ecos de ultratumba de Billy el Niño. Asistimos a una sesión de espiritismo. La directora le interpela, le acusa, le pone en jaque, y Billy, seductor incluso en su tumba, va desgajando la historia de sus gestas y las de las gentes que conoció, que a veces asesinó. La elegía de Peckinpah es la perfecta caja de resonancias. Como también parece serlo el sorprendente paralelismo que Feinsilber establece entre dos historias de amistad y exilio: Billy el Niño / Pat Garret y Arthur Rimbaud / Paul Verlaine. Leyendas gemelas y sucesivas.

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A pesar de su aparente llaneza, el film no evita participar en la grandeza de lo que narra. Lo refrendan las voces poéticas, los textos declamatorios, las fotografías recuperadas, la belleza de los paisajes y la épica del scope. No estamos ante un western, pero cuando los pobladores del lugar reproducen la guerra de Lincoln (la que hizo de William H. Bonney un asesino), descubrimos una continuidad insospechada en la herencia del forajido, una herencia que las entrevistas con los habitantes de Nuevo México no hacen sino reforzar.

Las injerencias del mito en la realidad mundana pueden tomar formas diabólicas. El peligro paso no sólo por la libre posesión de armas, sino por una conciencia colectiva agarrada al clavo ardiendo de sus mitos fundadores, a su indentidad. ¿Puede alguien quebrar esa identidad? Sea el sheriff que lleva hoy la placa de Pat Garret, sea una cineasta francesa, nadie va a remover los cimientos de América. Ninguna evidencia científica, ni siquiera aquellas al alcance de la mano (las muestras de ADN, el Luminol), podrá reescribir la América post 11-S que hoy, enfrentada al abismo de su pasado, necesita de sus mitos más que nunca. Balada de resonancias fúnebres y fronterizas, este réquiem de Feinsilber también da carta de defunción a una clase de rebeldía que ya no tiene cabida. Enterrado Billy el Niño, solo queda la melancolía de su verdugo.

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– Publicado originalmente en Cahiers du cinéma. España, en junio de 2007.

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