El regreso a negro

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AMY

Amy
Asif Kapadia, 2015

Articular la tragedia, darle un sentido al caos. Hay algo escalofriante en el documental Amy de Asif Kapadia: la inexorabilidad del destino. Por supuesto, no hay lugar para los spoilers, sabemos cómo termina, y si en vida de Amy Winehouse antes de su desaparición a los 27 años tuvimos algo de curiosidad por la suerte que corrió su talento en el agujero negro de la fama, las drogas y el amor, también sabremos por dónde discurre. El drama, inexorable, es bien conocido: ascenso fulgurante y caída a la más cruel de las demencias y la más oscura de las noches. Regreso a negro.

Hay algo escalofriante, decimos, porque aunque el pathos del relato no nos cause mayor sorpresa, siempre hay que encontrar el ethos que lo haga interesante, que sepa, como decíamos, articular la tragedia y darle sentido (y emoción) al caos. Ahí entra el punto de vista de Kapadia, que no ha rodado una sola imagen para este compilation film, es decir, la puesta en forma de cientos de imágenes procedentes de archivos personales, públicos y domésticos alrededor de la cantante. Desde su niñez semirobada (con un padre ausente) y su adolescencia abonada a los antidepreseivos hasta su conocido final. El punto de vista consiste en ordenar todo aquello para que la película establezca un pacto de respeto con la persona(lidad) que retrata y el dolor que padeció. Las lágrimas se secan solas.

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La polifonía de voces que, con una cualidad espectral, comenta y narra la agitada y corta vida de la cantante –familiares, amigos, colaboradores como Mark Ronson o Salaam Remi, doctores y, por supuesto, el amor de su obsesión y su perdición, Blake Fielder–, comparte protagonismo con la música y las imágenes de toda procedencia, algunas realmente deslumbrantes (un retrato de Amy tumbada en el suelo de la cocina que es puro blues, con su belleza y su desdicha), otras extraordinariamente incómodas, en general todas ellas reveladoras. Sentimos la relación visceral de Winehouse con la música en todo momento –una interpretación en Rotterdam en 2004 quita el hipo–, somos testigos de que la bulimia, el abuso de drogas y la imposibilidad para gestionar la fama fueron tan nocivas para su salud como acaso lo fueron su padre y su marido. El amor es un juego perdido.

Frente a Amy, y el revuelo formado a su alrededor antes y después de su presentación en Cannes, florecen cuestiones en torno a la ética del documental (y en extensión del documentalista) a la hora de hacer uso de material tan privado, que roza lo pudoroso, cedido por una familia que se distanció de la película al verla terminada. Cierto que no sale precisamente bien parada, especialmente el padre. Probablemente el filme se extiende y hasta se regocija en los demonios de la cantante y su trágico proceso de decadencia más de lo necesario para captar el mensaje, sin esquivar el decisivo papel que el acoso de la prensa tuvo en su final, y aún con todo nos alcanza algo que va más allá de la compasión y la admiración hacia ella. Al fin y al cabo, sabíamos que no era una santa.

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Cuando la autora de Rehab –cuya grabación en el estudio oposita como una de las ssecuencias más fascinantes de la película– se sienta en el escenario de Belgrado, completamente ausente no ya del mudno, sino de sí misma, y se niega a cantar, podemos por un instante entrar en su cabeza. Abandonamos el punto de vista del público desde el que está grabado, con el empleo de diversos móviles, el momento y el lugar en el que la artista realmente tocó fondo. El film parece que avanza determinado hacia ese instante. Ese es un logro que no podemos hurtar de la película. Ni tampoco que logra contarnos la historia más antigua del rock –y su letal trinidad de sexo (o amor), drogas y fama– como si la viéramos por primera vez. Regreso a negro.

–Publicado originalmente en El Cultural, en junio de 2015

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