Un lobo con piel de cordero

800_the_player_blu-ray13

EL JUEGO DE HOLLYWOOD
The Player
Robert Altman, 1992

Una película hobbesiana, podríamos decir, como un lobo con piel de cordero que se devora a sí mismo. Realizada por un maverick que fue expulsado de la industria y cuando regresó a ella colocó un endiablado artefacto explosivo en su interior, El juego de Hollywood (The Player, 1992) es la obra (¿maestra?) de un consumado artificiero. Como indica su título original, Robert Altman, despiadado retratista de América y virtuoso tejedor de corrosivas obras corales, es un jugador que se adapta a las reglas del juego pero solo para subvertirlas y proponer lecturas inversas, sobre todo para esos espectadores entrenados durante años a consumir las películas con candor y sin resistencia. Altman juega sus cartas con la media sonrisa del tahúr irónico, cínico y satírico que siempre fue, y propone una radiografía moral sobre qué clase de personas deciden qué y cómo se hacían las películas en los estudios de Hollywood durante la borrachera publicitaria de los ochenta. Aquella que le arrojó temporalmente al olvido.

Recordemos que Robert Altman encarnó a la perfección el espíritu del Nuevo Hollywood de los setenta. La audacia narrativa y la novedad formal de trabajos como MASH (1970), Los vividores (1971) y Nashville (1975), inesperadamente exitosos, le convirtieron en el amo del patio trasero de los estudios, en el indomable creador con quien todo productor y todo actor quería relacionarse. Conflictivo y escurridizo como pocos, Altman fue enviado a la oscuridad de las tv-movies en la siguiente década: su arraigada independencia no tenía cabida en el cine-marketing de los ochenta. El fracaso de Popeye (1980), tan adelantada a su tiempo, le hundió en las tinieblas y le propulsó hacia otra suerte de excentricidades que hoy solo cabe reivindicar, aunque nadie lo haga, como Jimmy Dean, Jimmy Dean (1982) o Secret Honor (1984), oscurísimo retrato de Nixon (Philip Baker Hall), a quien Altman odiaba de forma obsesiva.

800_the_player_blu-ray12

Los celebrados ocho minutos de alambicado plano-secuencia con los que arranca El juego de Hollywood, merodeando por el parking de los estudios, están tomados por el exhibicionismo de alguien a quien no le importa forzar todo un poco más porque se está divirtiendo de lo lindo. Revolotean en este largo arranque las citas a otras célebres secuencias coreografiadas, menciones a grandes directores del pasado (del mudo al cine europeo) que han cedido el santoral del arte cinematográfico a ejecutivos preocupados no tanto por encontrar al nuevo Orson Welles como por fabricar otra Pretty Woman (¿una secuela de El graduado con Julia Roberts?), conducir el deportivo más caro y vestir los trajes más horteras. El vicepresidente de los estudios, Griffin Mill (un joven Tim Robbins en quien podemos evocar, no sin desconcierto, a Charles Foster Kane), es uno de ellos, quizá el más salvaje roedor en la carrera de ratas. Su lujoso estilo de vida, doblemente amenazado –por un escritor anónimo y por un ejecutivo que quiere ocupar su puesto–, se abisma en los lodazales pulp del thriller criminal.

Producida por la filial neoyorquina de New Line, creada por entonces con la intención de distribuir películas sofisticadas y provocativas (como Mi Idaho privado de Gus Van Sant y Noche en la tierra de Jim Jarmusch, ambas de 1991), he aquí el filme que, según apuntó sibilinamente Roger Ebert, es lo que La hoguera de las vanidades (1990) quiso ser. Altman incopora a sus frescos sociales los mecanismos depredadores y la estulticia de los magnates de Hollywood como la más pertinente metáfora de la avaricia y banalidad de los ochenta. Escrita por Michael Tolkin, que guioniza su propia novela, la improbable trama aplica las reglas que, según Mill, deben seguir las películas comerciales: “suspense, humor, violencia, esperanza, sentimientos, desnudos, sexo y finales felices”, pero en su estricto cumplimiento desliza el veneno que las corrompe, despachándose a gusto con la industria que encorseta el cine en fábulas alejadas de la realidad, de ahí quizá la vindicación de El ladrón de bicicletas en el punto de giro del relato.

800_the_player_blu-ray2

Los sucesivos cameos de estrellas de Hollywood (Jack Lemmon, James Coburn, Burt Reynolds, Anjelica Huston, Susan Sarandon, Julia Roberts, Edward Norton, Cher, etc.) a lo largo del film no hacen sino reforzar el compromiso de Altman con hacer a la propia industria cómplice de su asesinato creativo, y de paso mostrarnos sin resquicios que, tras el exilio forzado, había vuelto para vengarse. Robert Altman siempre tuvo la última palabra.

– Publicado originalmente en Caiman. Cuadernos de cine, en mayo de 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s