Olivier Assayas: “El cine debe reescribir la Historia”

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CARLOS
Carlos
Olivier Assayas, 2010

Otros lo han intentado antes. Steven Spielberg (Múnich) y Steven Soderberg (el díptico Che), por ejemplo. Con resultados dispares, con ideas políticas distintas. Cuando el cine ha tratado de ofrecer una lectura contemporánea de la complejidad geopolítica de los años setenta -iconos revolucionarios, internacionalismo terrorista, espionaje político-, y de escenificar los sótanos más oscuros de la historia que nunca nos contaron -las turbias conexiones de gobiernos, traficantes de armas y terroristas mercenarios-, se ha visto generalmente sofocado por los imperativos de la condensación, ergo la simplificación, cuando no por la pátina ideológica. Afortunadamente, el último en intentarlo ha sido Olivier Assayas (París, 1955), uno de esos autores cuya obra –Irma Verp (1996), Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Clean (2004), Las horas del verano (2009)…, etc.- podríamos contemplar como un conjunto de peldaños que ha ido escalando hacia un sentido determinado, hacia una noción clara y consecuente de los factores narrativos y estéticos que definen el cine contemporáneo. Su última parada: Carlos.

Es difícil pensar en un cineasta más idóneo para una película tan compleja. Carlos es un pormenorizado y vibrante relato histórico de la vida del terrorista de origen venezolano Carlos ‘Ilich’ Ramírez Sánchez, alias El Chacal, que hoy cumple condena en una cárcel francesa tras más de veinte años de dedicación al terror. El filme retrata los pasos que llevaron a un idealista de la lucha armada a transformarse en un mercenario peligroso y acorralado, en una “curiosidad histórica”. “He tenido mucha suerte de haber encontrado un icono como él para poder desarrollar una dramaturgia que pueda tratar seriamente el trasfondo político de las últimas décadas, el que va de los movimientos ideológicos antiimperialistas al embrutecimiento de los ideales”, explica Assayas a El Cultural.

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Asumiendo una producción compleja, que parte de un proyecto televisivo de Canal + Francia y el Sundance Channel, rodado en 35mm en múltiples idiomas y países, el autor francés ha destilado la esencia de su cine, con todo su dinamismo y su singularidad formal, con su sutil carga de experimentación narrativa para apresar el desorden del mundo moderno.

Tras un rodaje intercontinental (como ya hiciera en 2007 con Boarding Gate, inédita en España) y un presupuesto de casi 15 millones de euros, el ascenso y la caída del terrorista Carlos quedaron cifrados en una miniserie de casi seis horas (presentada en Cannes y galardonada con el Globo de Oro, que se emitirá en junio en Canal +) cuyo éxito ha dado lugar a un estreno en salas comerciales del largometraje de 195 minutos que hoy llega a salas españolas. “Quería que la película estuviera en los grandes cines y sabía que en el algún punto iba a tener que hacer un montaje más corto”, sostiene el cineasta galo, quien a pesar de mostrar su satisfacción con ambas versiones, reconoce que la amplia mutilación del metraje original ha sido el trabajo “más complicado” de su vida, “y probablemente el más doloroso”.

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“Para ser absolutamente transparente, yo quería un estreno en dos partes”, reconoce. Como Tullio Giordana hizo con La mejor juventud (2003), como Tarantino con Kill Bill (2004), como Soderbergh con Che (2008). “Creo que con el modelo de dos largas películas hubiera funcionado, y aunque he conseguido casi todo lo que he querido, uno no siempre puede salirse con la suya”. Uno de los deseos frustrados de los productores fue la contratación de una estrella como Javier Bardem (“no daba la edad”) o Gael García Bernal (“no daba el físico”) para interpretar al terrorista, pero Assayas sólo tenía ojos para el actor venezolano Edgar Ramírez, que incorpora con enorme autenticidad tanto la vitalidad atlética del Carlos de 22 años como su decadencia física cuando cruza los 40. “Ramírez es un actor volcánico, una fuerza de la naturaleza. Pasó por toda una serie de transformaciones físicas y psicológicas en el rodaje, hasta el punto de que tuvo que someterse a una terapia para desprenderse del personaje”.

El valor de Carlos no se cifra únicamente en términos cinemáticos, como una pieza mayor de entretenimiento, un thriller político y de espionaje con grandes momentos de acción cruda y realista, como el asesinato en París de dos policías franceses o el secuestro en Viena de varios miembros de la OPEP. El valor de Carlos es sobre todo de carácter historiográfico. “Al abordar el proyecto me sentí intimidado por su enorme dificultad. Sabía que era un terreno peligroso y no tenía ninguna intención de polemizar. Por eso me he acercado lo máximo posible a los hechos verídicos, y he sido muy exigente en ello, porque el cine a veces debe reescribir la Historia”. Carlos desmenuza así los itinerarios biográficos del personaje desde una perspectiva múltiple: “Está por un lado el mito, ‘El Chacal’ como creación mediática, que es fascinante. Luego se añade el Carlos retratado en las biografías, aunque la mayoría son muy pobres y viejas. Y por últimohemos incorporado toda una serie de documentos desconocidos hasta ahora, como informes policiales, archivos, documentos sueltos, que al reunirlos forman un fresco histórico que nadie había articulado hasta ahora”.

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En ese minucioso trabajo de ordenación, a Assayas no le interesan los motivos psicológicos del monstruo (“un ser despreciable, pero magnético”, asegura), sino plasmar exactamente lo que ocurrió. De ahí la plasticidad documental de la ambientación, de ahí que hasta las reuniones con el líder saudí Yamani respondan a registros y testimonios en primera persona. “Casi no he tenido que ficcionalizar nada. Quizá más en los años ochenta, porque durante la Guerra Fría hizo de todo… vendió armas, trabajó para los sirios, para los libios, fue subcontratado para operaciones de IRA y de ETA, y hasta por Ceaucescu”.Es la década más activa de Carlos, y junto a su prolija y tormentosa relación con las mujeres (esposa, amantes y prostitutas), también es la parte biográfica que más se ha extirpado en el montaje para cines.

Un montaje por cuyos conductos sanguíneos circulan dos elementos primordiales para Assayas. Por un lado, la dinámica de la globalización -“es lo más inspirador de la sociedad contemporánea, pues me permite explorar nuevas formas de narrativa”, asegura-; y estrechamente unido a este factor, la cualidad líquida de sus filmes, poseídos siempre por el movimiento electrizante. En este aspecto, el empleo de temas de New Order, Wire y otros sonidos post-punk en Carlos es fundamental. “La película rechazaba todo tipo de música que tuviera que ver con la psicología, con cualquier comentario emocional, y lo que funcionó fue una base rítmica que dota a la película de esa energía tan mecánica y tan orgánica al mismo tiempo”. Y así es, mecánica y orgánica, vibrante y clarificadora, esta gran épica moderna edificada con las ruinas de las utopías devoradas por el dinero. De aquellos barros, estos lodos.

Carlos (Edgar Ramirez)

– Publicado originalmente en El Cultural, en abril de 2011

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