El corazón de la monstruosidad

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TRUE DETECTIVE
True Detective
Nic Pizzolato, 2014 (HBO)

Seguramente el universo seriófilo no andaba necesitado de otros detectives atrapados en la espiral de la caza y captura del asesino. Prácticamente desde Twin Peaks (1990-1991), es probablemente el género más frecuentado por la teleficción de última hornada. Lo que sí necesitaba era una serie como True Detective, de ahí el entusiasmo generalizado de televidentes y de la crítica especializada. De hecho, el consenso ha sido tan unánime y apasionado que inevitablemente genera su reverso: la suspicacia y el escepticismo. Con apenas cuatro capítulos (el ecuador de la conclusiva primera temporada), tras asistir a un espectacular plano secuencia de seis minutos que proponía una clase de ambición televisiva insólita (“Who Goes There”), se sucedieron toda una serie de artículos en la blogosfera y publicaciones de prestigio que trascendían el mero apunte o crónica de urgencia para ofrecer elaboradas teorías sobre el terror cósmico de Lovecraft y El Rey amarillo de Chambers, sobre las influencias culturales, filosóficas, estéticas, musicales y hasta psicogeográficas de la serie. La inmediatez de la glosa pormenorizada de una serie no es un fenómeno nuevo (el seguimiento masivo de Lost marcó el gran punto de inflexión), pero sí parecía serlo el súbito culto y altamente especializado que True Detective ha generado durante su tiempo natural de emisión en la HBO.

La minuciosa arquitectura formal y narrativa de la serie ya la distingue de otras apuestas de la cadena de pago. La historia fragmentada de una investigación de una red de pedofilia en el noir gótico sureño de Louisiana, a lo largo de diecisiete años, no se ha cocinado en una writer’s room, sino que la ha escrito en su integridad el novelista Nic Pizzolatto, creador de la serie, mientras que los ocho capítulos de la primera temporada (la segunda cambiará de escenario, de caso y de protagonistas) los ha dirigido el mismo realizador, Cary Fukunaga, el director de los largometrajes Sin nombre (2009) y de la última adaptación cinematográfica de Jane Eyre (2011). Tono y forma, estilo y estética de la serie, por tanto, adquieren una unidad prácticamente sin precedentes en la teleficción de la HBO. Estamos, en definitiva, frente a una película de ocho horas, que aunque no desestima la capacidad serial del cliffhanger (los finales de capítulo son casi todos antológicos), sí rompe con la fantasía de cualquier cadena televisiva: mantener en el aire la serie durante el mayor tiempo posible para que los personajes crezcan al tiempo que los espectadores van conectando con ellos.

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Con los detectives Rust Cohle y Marty Hart, encarnados con apabullante energía por Matthew McCounaghey y Woody Harrelson, se produce una conexión inmediata. Su transfiguración física y mental a lo largo del tiempo está trazada con una confianza exhuberante, en equivalencia con el resto de la producción, que hace muy difícil no rendirse a la calidad y el flujo hipnótico de la serie. Al final del sexto capítulo (“Haunted Houses”), en una secuencia de “reencuentro” memorable, Rust se ha transformado delante de los ojos del espectador en un personaje legendario. En su figura cristaliza la capacidad de True Detective para generar una mitología (un pasado y un futuro) a su alrededor que va mucho más allá de las convenciones del género, y que permite a Pizzolatto introducir conceptos más amplios y alterar las expectativas del televidente precisamente aceptando las soluciones más esperadas: el apetito sexual de Marty y su mujer Maggie (Mochelle Monaghan) como catalizador de rupturas, las sombras de duda que se ciernen sobre Rust citando a Schponehauer o el true bromance de los protagonistas. De algún modo, desde su ambigüedad psicológica y su construcción solipsista, True Detective escapa del clasicismo precisamente dejándose devorar por él, de manera que los pliegues oscuros que arrastran los detectives (tan propios de la teleficción contemporánea), es decir, su manifiesto antiheroismo, avanza hacia una resolucion que nunca fue más heroica ni quizá más frustrante, como de hecho también lo es para los protagonistas.

“Es la historia más vieja: luz versus oscuridad”, musita Rust en el episodio “Form and Void”. Forma y vacío. Presencias invisibles o ausencias visibles. Hay algo extraordinario en el modo en que True Detective planea en vuelos cenitales sobre su territorio condenado para arrojarnos poco a poco al corazón de la monstruosidad, en cómo un aire casi irrespirable tensa la atmósfera y los códigos éticos del relato. Si el memorable quinto episodio (“The Secret Fate of All Life”) propone una inteligente disparidad narrativa entre los flashbacks y los testimonios de lo que realmente aconteció en el primer contacto de los detectives con los “responsables” de los crímenes satánicos, el final del penúltimo capítulo (“After You’ve Gone”) nos soprendía con la aparición del “monstruo” cicatrizado. Víctima y perpetrador de aberraciones, su terrorífica presencia, adoptando entre sus múltiples identidades el acento de James Mason (ve en la tele Con la muerte en los talones), carga con todo el peso del abuso paternal, de la abyección generacional (“Mi familia ha estado aquí durante mucho, mucho tiempo”) y de su propia perversidad mitómana.

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Y la verdad es que True Detective nunca trató realmente sobre los asesinatos y las violaciones de mujeres y niños, ni sobre un VHS que alberga crímenes inmostrables, ni sobre el mal endémico de la tierra de los pantanos, la cultura white trash, el terror cósmico, el laberinto de Carcosa o la corrupción sistemática y los secretos y mentiras que la rodean. La serie, y ahí descansa una de las virtudes de su lógico desenlace, siempre trató de implicarnos en los sistemas nerviosos y emocionales de Cohle y Hart (que se pronuncian casi como “cold / frío” y “heart / corazón”), de definirlos no tanto a través de sus impagables conversaciones como de los paisajes en los que se disuelven, tal y como anticipa el concepto de doble exposición fotográfica de los títulos de crédito. Una serie que, a partir de una trama tan inmediata como legendaria, tan terrenal como metafísica, explora el significado de la integridad humana, el agotamiento y la destrucción a las que conduce la persecución de fantasmas. “Nunca atraparemos a todos, porque este mundo no funciona así”, concluye Marty Hart. Como si fuera una extensión catódica de aquello que conquistó Zodiac en la narración cinematográfica (el séptimo episodio pone en escena aquello que Kent Jones dijo de la película de David Fincher, que “te hace sentir como si estuvieras atrapado en un archivador”), True Detective nos coloca frente a la imposibilidad existencial de la verdad y la justicia absolutas.

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– Publicado originalmente en Caiman. Cuadernos de cine, en abril de 2014

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