La claustrofilia de Bertolucci

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TÚ Y YO
Io e te
Bernardo Bertolucci, 2012

Un sótano y dos actores adolescentes. Poco más ha necesitado Bertolucci para su regreso a un cine de interiores (en toda su extensión), acaso determinado por su condición física. Como Dreyer en Gerturd (1964), Huston en Los muertos (1987) o Antonioni en La mirada de Michelangelo (2004), Bernardo Bertolucci también ha necesitado encontrar una “pieza de cámara” para dirigir desde una silla de ruedas. Todo hace pensar también que Tú y yo será la última película, el último gesto creativo, de otro maestro de la modernidad. Pero la claustrofilia del cine de Bertolucci no necesita justificación alguna, pues le preceden otros enclaustramientos: El último tango en París, Asediada, Los soñadores, etc.

En este tipo de películas es donde hallamos el valor secreto de muchos cineastas. Apelando a la pureza de una puesta en escena que requiere muy pocos elementos, con humildad y sin coartadas exhibicionistas, confiando el material sensible a los extremos sentimentales propios de la adolescencia. Filmando la colisión de dos seres desplazados, Bertolucci coloca su cine una vez más en el abismo. Como Lorenzo (Jacopo Olmo Antinori), el chico con acné que no quiere saber nada del mundo, la película presenta su introversión y su fragilidad: un cuerpo joven con un corazón viejo. Cuando irrumpe Olivia (Tea Falco), la hermanastra sin rumbo, debatiéndose entre entregar amor o rendirse al desprecio, Tú yo encuentra su libertad de espíritu, el valor de sus excesos y provocaciones, la verdad de su pulsión autodestructiva.

Tuyyo

En manos de otro cineasta, Tú y yo no remontaría los límites de un relato con tan poco recorrido, si bien Bertolucci destila con sabiduría la pasión y la angustia de unos actores inexpertos. La sinceridad que surge de las entrañas de una historia que huye de afectaciones, pero que no renuncia a momentos empapados de lirismo (como un baile fraternal bajo el hechizo del Space Oddity de Bowie en versión italiana), catapultan una película aparentemente menor a un lugar en el que la belleza negocia con la modestia. El italiano sabe que no tiene nada más que demostrar, y en el congelado final, un tributo sin máscaras a Los 400 golpes, resuena el legado de una filmografía crucial. Un gesto bello y conmovedor.

– Publicado originalmente en El Cultural, en julio de 2013

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