Proyecto Rabadán

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LAS DOS VIDAS DE ANDRÉS RABADÁN
EL PERDÓN

Ventura Durall, 2008

Es uno de los capítulos de la crónica negra española sobre los que más tinta se ha derramado. La prensa apodó a Andrés Rabadán el “Loco de la Ballesta” tras asesinar a su padre ensartándole con el arma del mote. Tenía 19 años. Cuando confesó su crimen, también se autoinculpó de los tres descarrilamientos de tren que habían sembrado el pánico en la comarca del Maresme (Barcelona), provocando tres muertos. Con absoluta frialdad y lucidez, relató en el juicio que una fuerza incontrolable se adueñó de su voluntad cuando serró las vías del tren y clavó tres flechas a su padre. Quedó absuelto de los crímenes por enajenación mental –esquizofrenia delirante paranoide– y fue internado en un módulo penitenciario. Debía permanecer veinte años encerrado.

Ventura Durall se propuso en el año 2000 explorar la pulsión oscura del homicida. El germen cuelga en las paredes de un restaurante de Barcelona, donde Durall se fijó en unos cuadros dibujados por Andrés Rabadán. “¿Cómo alguien con tanta capacidad creativa había sido capaz de tanta destrucción en el pasado?”, se preguntó el futuro director. La obsesión de Durall se ha cristalizado en lo que llama el “Proyecto Rabadán”. Aparte de una más que apreciable película de ficción, Las dos vidas de Andrés Rabadán, también ha rodado un cautivador documental, El perdón, a los que habría que sumar la publicación del cómic autobiográfico (Norma Editorial) de escalofriante honestidad que el propio Rabadán dibujó en su celda, donde plasma en densos trazos con bolígrafo negro los fantasmas que le atormentan y su programa de rehabilitación en el día a día de su vida en la prisión de La Model de Barcelona.

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El primer gran acierto de Las dos vidas de Andrés Rabadán, que narra un año en su vida once años después de los crímenes, es la elección del actor llamado a incorporar al asesino confeso. Ya lo vimos en Las horas del día (2004). Hay algo en la presencia huidiza de Alex Brendemühl que transmite una extraña mezcla de desazón y confianza, la viva encarnación de esa “banalidad del mal” acuñada por Hannah Arendt. El segundo gran acierto es el modo que encuentra Durall de canalizar su posicionamiento ético frente a su sujeto de exploración. Lo hace a través de las cinco mujeres que rodean la vida de Rabadán –la joven enfermera, la psicóloga, la funcionaria de prisiones, la preceptora del programa de rehabilitación y la hermana– y que establecen esa ambigua mezcla de incomprensión y fascinación por el personaje. Rabadán desarrolla una relación de intimidad con la enfermera que afortunadamente no termina de ceder al romanticismo redentor. Sin embargo, dentro de su apocado realismo y de los hallazgos de dirección (un exquisito empleo del fuera de campo), otras opciones del film delatan tanto la molesta tendencia al género carcelario como la voluntad exculpatoria del relato, impresa en los flashbacks y viajes oníricos de una infancia maltratada.

En todo caso, nos encontramos frente a uno de los filmes más inquietantes del cine español desde que Agustí Villalonga realizara Aro Tolbukhin: en la mente del asesino (2002). Al librarse del filtro condescendiente de la ficción, la vertiente documental de El perdón, ya desde su propio título, podrá avivar aún más las recelos. Su interés, sin embargo, es innegable, pues coloca sobre el tapiz, mediante testimonios, reconstrucciones, imágenes de archivo y el audio de una entrevista “clandestina” con Rabadán, la inextricable naturaleza del mal y su exorcismo mediante el afecto y el arte.

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– Publicado originalmente en El Cultural, en diciembre de 2009

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