El argumento invisible

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BOYHOOD (MOMENTOS DE UNA VIDA)
Boyhood
Richard Linklater, 2014

Dice Randall ‘Pink’ Floyd (Jason London) en Movida del 76 (1993): “Solo digo que si alguna vez empiezo a referirme a estos como los mejores años de mi vida, recuérdame que me suicide”. En otro momento de esta memorable película que concentra veinticuatro horas en la vida de varios adolescentes, Cynthia Dunn (Marissa Ribisi) sostiene: “Me gustaría dejar de pensar en el presente, en el ahora mismo, como un pequeño, insignificante preámbulo de otra cosa”.

Descansan en estas dos líneas de diálogo buena parte de los cauces no solo narrativos, sino filosóficos, de Boyhood, como si el cine siempre libre de Linklater (no solo porque lo hace en libertad, sino porque evoca la noción de libertad) fuera, como de hecho es, una reflexión siempre en marcha (un work in progress) sobre el transcurso del tiempo. De tal modo, su última, monumental película, vendría a ser una suerte de film-antología de aquello que convierte su cine en algo tan personal y tan universal al mismo tiempo.

La advertencia de Pink se traduce, por un lado, en una firme declaración contra la nostalgia, mientras que la de Cynthia es una invitación horaciana a la magnitud existencial del instante perpetuamente desapareciendo y renovándose. Son las dos ideas que sostienen Boyhood, de modo que ambas frases van a dar a la última línea de diálogo de Mason (Ellar Coltrane), protagonista de Boyhood, cuando alcanza la edad de los protagonistas de Movida del 76, antes del doloroso corte a negro: “[La vida] es constante, son momentos, es como si siempre fuera ahora mismo”. Ese presente del indicativo es la eterna fuga y destino del film.

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El misterio y el gozo que alimenta las imágenes de Boyhood –que en tres horas concentra 39 días de rodaje a lo largo de 12 años, entre 2002 y 2013: la vida ficcionalizada de un niño y su familia desde que tiene 4 años hasta que cumple 18– procede de un antisuspense aliado con los mecanismos del azar, con la indiferencia con la que el tiempo gravita sobre los dramas o las alegrías de la vida, negando la necesidad clásica del relato de dotar de lógica dramatúrgica a todos los elementos de la narración, para que al final el relato “cobre sentido”. El único relato en Boyhood es necesariamente el relato del crecimiento: el de los actores, los personajes, la película y, en última instancia, el propio espectador.

Una historia, por tanto, hecha de retazos de vida, de aquello que el alquimista y perseguidor del realismo cinematográfico Jean Renoir llamó “tranches de vie”. Acaso la ligereza y la distancia con la que Linklater filma indolentemente las sucesivas demoliciones del tiempo, tomándose el abandono de “tramas”, personajes y registros melodramáticos casi como un dogma, sea la única de hoy en día realmente comparable a la del autor de El río. Llamémosle épica íntima o intimidad épica, ambos tonos nunca se anulan en Boyhood pero de algún modo siempre están presentes, disueltos en el fluir de los años, en el devenir itinerante, elíptico y casi expresionista de los capítulos de vida filmados (como si efectivamente se rememoraran), años que transcurren sin necesidad de señales cronológicas, con meros cortes elípticos que no anidan necesariamente una transición, pues música y entorno –a través de Mason, retrata a la primera generación digital nativa– inscriben la película en la historia.

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Boyhood no se revela contra el tiempo –ya se advertía en Antes del amanecer, a través del poeta W. H. Auden, que “no puedes dominar el tiempo”–, sino que abraza su transitoriedad, nos muestra que el sueño baziniano, la pureza del cine esculpido por la vida, es perfectamente posible. En los múltiples personajes (los encarnados también por Patricia Arquette, Ethan Hawke y Lorelei Linklater, la hija del cineasta), sentimos el mecanismo del crecimiento y también del envejecimiento, y nos sobrecoge comprobar cómo la amabilidad de la película –siempre cálida, queremos habitarla– solo es comparable a la inclemente certeza que retrata: la vida es un argumento invisible. Los Lumière inventaron el cine para que Linklater hiciera Boyhood.

– Publicado originalmente en El Cultural, en septiembre de 2014

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