Wim Wenders: “Nunca he perdido la fe en el ser humano”

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© Sebastião Salgado

LA SAL DE LA TIERRA
The Salt of Earth
Wim Wenders & Juliano Ribeiro Salgado, 2014

Cuando Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) conoció a Sebastião Salgado, hace cinco años –“con algo de retraso, porque conocía y admiraba su trabajo desde hace mucho tiempo”, explica el cineasta–, el fotógrafo brasileño le pidió consejo: “¿Crees que podría mostar mis fotos en una pantalla de cine?”. El autor de hitos del cine europeo como Alicia en las ciudades (1974), Paris Texas (1984) o El cielo sobre Berlín (1987), que ha desarrollado también un potente trabajo como documentalista –desde filmar los últimas días de Nicholas Ray en Relámpago sobre el agua (1980) hasta su reciente película sobra Pina Bausch realizada en 3D–, tuvo muchas dudas al respecto: “Le dije que tenía miedo de que se convirtiera en un pase de diapositivas, aunque fueran acompañadas de sonido y de imagen”. Pero siguió dándole vueltas a la idea, y cuando volvieron a encontrarse, se retractó: “Concluí que si las fotos estaban protegidas por su propia voz y sus propias historias, eso podría marcar la diferencia”.

Solo entonces, una vez que encontró el dispositivo narrativo y visual, Wenders se implicó en el proyecto. “Poco sabía entonces que no iba a ser una cuestión de un par de semanas, y poco sabía entonces que iba a descubrir una historia totalmente distinta de la familia Salgado…”, recuerda el director alemán en las respuestas de las diversas preguntadas enviadas por mail que ha tenido a bien a contestar por escrito, mientras apuntala su última ficción en algún laboratorio de Berlín: Every Thing Will Be Fine, protagonizada por James Franco, Rachel McAdams y Charlotte Gainsbourg. El resultado, varios años después (el montaje se alargó durante 18 meses), es la película La sal de la tierra, que finalmente co-dirigió con el hijo del fotógrafo. “Descubrí que Juliano [Ribeiro Salgado] había seguido a su padre en varios de sus viajes para fotografiar Génesis . Una cosa llevó a la otra, y finalmente los tres discutimos sobre la posibilidad de hacer la película juntos, en la que Juliano y yo tendríamos diferentes misiones y un acceso distinto a Sebastião. Yo sobre todo me concentraría en hablar con él de su carrera y repasar su obra fotográfica”.

© Sebastião SALGADO  Amazonas images 5

© Sebastião Salgado

–En esa labor, ¿qué aspecto del trabajo de Salgado le impactó especialmente?

–Conocía su trabajo, había visto sus principales exposiciones y tenía la mayor parte de sus libros. Pero al recorrer todo su trabajo, año tras año, junto a él, me sentí realmente abrumado por la increíble implicación y dedicación de sus viajes por el mundo, y de lo que significaban para él. Y solo entonces, al cabo de este viaje que finalmente le llevó a ser testigo del genocidio de Ruanda, entendí por qué había abandonado su carrera. Las últimas fotografías del fotógrafo social que era entonces Sebastião Salgado me impresionaron profundamente.

–¿Qué partes de la película ha filmado y concebido usted y cuáles corresponden a Juliano Ribeiro Salgado?

–Durante cierto tiempo habría sido fácil contestar esta pregunta: Juliano filmó la parte en color, los viajes que llevaron hasta Génesis, mientras que yo rodé la parte en blanco y negro, es decir, el viaje fotográfico de Sebastião a través de su vida y su obra en el Instituto Terra. Mantuvimos nuestros respectivos metrajes apartados en la sala de edición, y tratamos de hacer que la película funcionaria con cada uno de nosotros siendo estrictamente responsables de nuestra parte del trabajo. Hasta que nos dimos cuenta de que de ese modo la película nunca se convertiría en lo que esperábamos que fuera. Finalmente tuvimos que montar juntos y mezclar nuestros trabajos. Por eso se hace especialmente difícil contestar a su pregunta. La película es ahora una densa interacción de nuestras dos visiones, la del hijo y la del amigo (en el que me convertí durante el proceso) mirando a la misma persona.

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© Sebastião Salgado

El filme se presentó en el último Festival de Cannes y obtuvo el Premio del Público en el pasado Festival de San Sebastián. No es de extrañar. La sal de la Tierra apela tanto a la corteza intelectual como al corazón emocional del artista retratado, y su espectacularidad visual se alimenta de la épica y el impacto de los trabajos más reconocidos de Salgado como fotoperiodista, desde Sierra Pelada a Ruanda, pasando por la hambruma de Etiopía o los pozos de petróleo de Kuwait. Wenders, Salgado y Salgado Jr. forman el políglota coro de voces que nos conduce, prácticamente en orden cronológico y en un tono biográfico y celebratorio, por la vida y milagros del famoso fotógrafo, buscando la misma clase de sensibilidad visual y de enfoque “humano” que caracteriza su obra, y sin ocultar en ningún momento su filiación y admiración por el sujeto y los predicados del artista brasileño.

–Obviamente, la película está realizada desde la admiración al artista y desde el amor del hijo. ¿No tuvieron miedo de caer en la “hagiografía”?

–Debo admitirlo: he tenido que buscar en Wikipedia, y solo entonces he comprendido que una “hagiografía” es la biografía de un santo. Me ha hecho reír. No, esa no era la intención. Sé que la relación entre el padre y el hijo fue algo antagónica por un tiempo, y que la película ciertamente les ha reunido de nuevo. Y yo soy el primero en admitir que quería hacer esta película porque me gusta mucho el trabajo de Salgado y quería descubrir quién era el hombre detrás de las fotos. ¿Cree que lo hemos convertido en un santo? Si hay un santo en la familia… ¡es su mujer Lelia!

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© Sebastião Salgado

–En escala cinematográfica, por la espectacularidad de las fotos de Salgado, parecen haber sido concebidas para el cine. ¿Cree que su trabajo entrará en una nueva dimensión con la película?

–Debo decir que incluimos las fotos en montaje con basante inocencia. Mientras estaban en un monitor delante de nosotros, no había mucha diferencia con las fotos que conocía de los libros y las impresiones con las que habíamos trabajado. La primera vez que las vi en una pantalla grande fue cuando empezamos a mezclar la película en un estudio de sonido. Me impactó mucho. Me planté frente a la pantalla grande con la boca abierta. Está totalmente en lo cierto: las fotos han encontrado una nueva dimensión. No puedo decir que esto fuera intencionado. He visto otras películas con fotografías, pero nunca he visto este efecto. Nicholas Ray hizo la película Más poderoso que la vida (Bigger Then Life, 1956), y eso es lo que me vino a la mente. Quizá tenga un punto de razón al sostener que las fotos de Salgado parece que hayan sido hechas para el cine. Siempre ha realizado largas series de sus fotografías, como en Sierra Pelada, y de algún modo forman una narrativa cinematográfica, sobre todo ahora, acompañadas de su voz y de sus historias.

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© Sebastião Salgado

Wenders encontró el perfecto dispositivo fílmico para evocar las raíces sonoras y visuales del viejo blues en la memorable The Soul of a Man (2004), también hizo una magnífica labor llevando a la tridimensionalidad el trabajo coreográfico de Pina Bausch en Pina (2011), y ahora regresa al documental con la intención de sublimar el trabajo de otro artista asimismo dotado de un talento que merece ser “monumentalizado”. El dispositivo en esta ocasión es una idea fílmica simple, lúcida y eficaz: el rostro del fotógrafo comentando su trabajo a través de un espejo semitransparante en el que se proyectan sus fotografías, permitiendo así al espectador ver al mismo tiempo al hombre y a la obra, como dos imágenes interactuando y reflejándose entre sí. De este modo, Wenders encuentra la concisa traducción visual de la película, que es tanto un recorrido por el reconocible trabajo del artista como por su biografía.

–Tardamos un tiempo en encontrar ese dispositivo. Rodamos durante bastante tiempo de un modo más convencional, con Salgado y yo mismo delante de dos cámaras, y ambos sentados en una mesa mirando pilas de fotografías y libros. Pero a veces sentí que Sebastião adquiría demasiada conciencia con las cámaras, y solo mientras miraba las fotos se le veía más y más implicado en sus historias que cuando me hablaba a mí directamente. Así que sentí que debía encontrar otro modo de filmar. Y finalmente encontré la solución con ese espejo semi-transparanete delante de la cámara, en una sala oscura. Eso permitió que Salgado pudiera ser él mismo proyectado sobre su pasado y sus memorias.

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© Sebastião Salgado

–Críticos como Susan Sontag o Ingrid Sischy han acusado a Salgado de convertir la miseria que padecen millones de seres humanos en objetos estéticos para el consumo compasivo del mundo occidental. ¿Cuál es su postura en este debate?

–Creo que es un debate falso, y sobre todo que se han equivocado de hombre. Si llegas hasta el final del argumento, puedes o bien no fotografiar la miseria o de algún modo producir imágenes “antiestéticas”, sea eso lo que sea. ¿Tomar fotografías “feas”? Ambas opciones son absurdas. La pregunta es más bien la siguiente: ¿puedes fotografiar la miseria con respeto? ¿Puedes hacerlo de un modo que no abuses de la dignidad de las personas retratadas? Y no sé de nadie que haya pasado por tantos sacrificios para ofrecer sus respetos a sus sujetos retratados que Salgado. La mayoría de los fotógrafos a pie de campo simplemente llegan allí, hacen sus fotos y se marchan, pero no Sebastião. Él convive durante tiempo con las personajes que fotografía, a veces semanas y hasta meses, y regresa a los mismos lugares una y otra vez. Y en todas sus fotos puedes sentir el consentimiento entre el fotógrafo y el fotografiado. Al encuadrar y componer sus fotos, y trabajando mucho en su impresión, siento que no explotaba a sus sujetos, más bien al contrario, les honraba y les ofrecía sus respetos. En la era del digital descuidado y de las selfies, me temo que la noción de reconocer tal respeto a la imagen se está perdiendo.

–¿Por qué Salgado no habla en la película de sus referencias creativas y o sus métodos de trabajo? Es una parte que se echa en falta…

–Hablamos mucho de ello, por supuesto. Hablamos del blanco y negro, también, y lo filmamos trabajando en su laboratorio. Pero al final, de algún modo, esas referencias no añadían mucho al cauce narrativo de la película, y mientras nuestra gran preocupación era más bien contar su aventura desde economista a fotógrafo social y finalmente a ecologista, algo teníamos que dejar fuera. Y lo que quedó fuera fueron las referencias a la técnica o al estilo. Entiendo que lo eche en falta, en todo caso. Pero hasta que encontramos el hilo que debía recorrer la película, tuvimos que hacer unos cuantos sacrificios.

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© Sebastião Salgado

–En la última parte del filme, descubrimos que Salgado, tras documentar el horror durante tantos años, cambia el foco a los pasiajes y animales. ¿Qué opinión le merece ese radical gesto en su obra?

–Realmente puedo comprender esa hora oscura en la vida de Salgado, cuando puso la cámara en el suelo para abandonar su trabajo como fotógrafo social. Incluso en la sala de edición, al ser expuestos a sus fotos en los días de Ruanda, tuvimos que apagar el Avid, porque la tristeza era abrumadora. Supongo que su opción era continuar como un cínico, porque ¿de qué otra manera puede uno seguir tomando esas fotos? Pero él prefirió no hacerlo, porque claramente había perdido la fe en la salvación del hombre. Solo tengo respeto hacia ello. Y Sebastiao no tenía un plan. No dijo: “De ahora en adelante voy a fotografiar plantas y animales…”. Fue al revés: la naturaleza le curó. Descubrió la belleza de este planeta, y se dio cuenta de que si miras con detenimiento puedes encontrar lugares vírgenes que siguen igual que al principio de los tiempos. Solo entonces reconsideró la posibilidad de tomar fotografías de nuevo…

–¿Y usted: ha perdido la fe en el ser humano?

–Nunca he sentido esa clase de pérdida de fe. Tuve una crisis, pero de otra índole. Siempre he creído en el ser humano, y nunca he dejado de ser un eterno optimista.

© Sebastião Salgado

© Sebastião Salgado

–Entrevista publicada originalmente en El Cultural, en noviembre de 2014
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