Terrores conyugales

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PERDIDA
Gone Girl
David Fincher, 2014

Hay mayor complejidad en Perdida de la que aparenta. Para empezar, la resolución del punto de vista: ¿desde dónde se filma una historia y quién nos la cuenta? A este respecto, parecía extraordinariamente complejo, casi imposible, resolver la transmutación cinematográfica de la novela de Gillian Flynn, pues el best-seller que fue recibido como la última de las sensaciones de la literatura de serie negra concentraba gran parte de su energía dramática en la existencia de narradores poco fiables y constantes saltos en el tiempo. La subjetividad imperaba en el sombrío retrato de las devastaciones que ejerce el tiempo sobre un matrimonio, pues la estructura literaria alternaba las versiones de él y de ella sin que nunca pudiéramos estar seguros de quién fiarnos. Perdidos.

En el cine, los “falsos flashback” nunca han sido bien recibidos, representan una especie de trampa para el espectador. El guion de Perdida, escrito por la propia Flynn, resuelve este primer escollo con una eficacia, honestidad y singularidad dramática excepcionales. La película no es inmune a los giros radicales y los desarrollos sorprendentes, pero no nos sentiremos engañados. ¿Por qué? Probablemente porque David Fincher, ese gran maestro del thriller contemporáneo, sabe que todo es posible siempre que lo justifique el comportamiento, la personalidad de los personajes, y el destino final del drama. Además de ofrecerse como un modelo para armar sobre la artimética del drama (la precisión del guion, su cálculo y su flujo, es empírica), Perdida, aunque no lo parezca, es sobre todo una película de personajes.

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La inmersión psicológica del film en sus criaturas, Nick Dunne (Ben Affleck, un magnífico acierto de casting) y Amy Dunne (sublime Rosamund Pike), y especialmente la exactitud con la que los personajes que les rodean van revelando la complejidad del misterio, es lo que permite que a lo largo de dos horas y media de relato saltemos de un clásico misterio policial –marido sospechoso de asesinar a su mujer el día de su aniversario– a un thriller psicológico en torno a la cultura mediática y de ahí a una desoladora sátira sobre los reproches y desencantos de las relaciones conyugales. La película bien puede aglutinar la psicología de ¿Quién teme a Virginia Wolf? con la obsesión de Vertigo, la rabia de Network y una versión macabramente verosímil de La guerra de los Rose. Realmente no conocíamos esa confluencia de tonos hibridados en un fondo de desazón y cinismo tan siniestro. No habíamos visto antes nada igual.

El undécimo largometraje de David Fincher, ese cineasta tan anómalo en la industria de Hollywood (capaz de sumarse al linaje de Lang, de Hitchcock, de Lumet, de Kubrick…), genio de la embaucación en posesión de un dominio del ritmo y la manipulación cinemática absolutamente hitchcockiano (Perdida es, también, un ensayo sobre las artes de la manipulación), carece de los alardes estéticos de otras de sus grandes conquistas, especialmente Se7en y El club de la lucha. Con una propuesta sobria y naturalista, con la que busca atrapar la decadencia de una clase social herida de muerte tras el desplome financiero y la crisis de valores de Norteamérica, es como si el cineasta norteamericano hubiera optado por dejar que la oscuridad y el horror se filtren poco a poco desde los rincones más ambiguos del drama que se va desflorando delante de nuestros ojos (abriendo puertas secretas a los terrores, odios y rencores cotidianos del matrimonio), en lugar de imponerlos desde fuera. Con la ayuda del sobresaliente trabajo musical de Trent Reznor y Atticus Ross, la atmósfera que se apodera de Perdida acaba siendo igualmente opresiva a medida que Nick –acusado del asesinato de su mujer mientras los medios de comunicación, a lo largo de una semana, establecen un juicio popular– ve y siente cómo todas las vías de escape se cierran a su alrededor. Así, Fincher acaba entregando otro viaje aterrador a los sombríos laberintos de la mente humana: la película empieza y termina con el plano de una cabeza, una mente, indescifrable.

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Más allá de la apariencia de un whodunit o una investigación policial, estamos realmente frente a una película de terror sobre el matrimonio, que además puede pasar como una sátira brutalmente cínica y como un siniestro retrato de la psicopatía. [Lo de Rosamund Pike es puro Hitichcock] En última instancia, y esto es lo que acaba golpeándonos con toda su fuerza y perversión, Perdida es una película sobre los encantos y los desencantos, sobre la superficialidad y el vacío, sobre las máscaras y las mentiras que construimos de nosotros mismos para ser (o dar la impresión de ser) lo que creemos que merecemos ser. De ahí la importancia que adquiere la telerrealidad y la cultura cibernética en el filme (casi como una variante melodramática de La red social), su facilidad para juzgar al mundo y las personas solo desde sus fachadas. Lo dicho, como ya ocurría en la filosófica Zodiac (donde la Verdad no era unívoca), todo en Perdida es mucho más complejo de lo que aparenta.

–Publicado originalmente en Sensacine, en octubre de 2014.

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