Los límites del control

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MAPA
Mapa
León Siminiani, 2012

Cuando Jean-Luc Godard presentó sus Histoire(s) du cinéma en el Festival de Cannes, hace quince años, se lamentaba de que el cine, en determinado punto y demasiado pronto, se dedicó exclusivamente a “contar historias”, renunciando así a aquello para lo que idealmente había nacido: generar conocimiento. El llamado ‘cine-ensayo’ se puede rastrear en pocas pero sublimes muestras (Marker, Resnais, Varda, Mekas, Welles, Curtis, Farocki, Godard…), que siempre entroncan con el cine de vanguardia. De tal suerte, la visión futurible de Alexander Astruc en su famoso manifiesto sobre El futuro del cine (en el que se aventuraba a asegurar que si Descartes hubiera vivido en el siglo XX habría “escrito” su Discurso del método con el lenguaje de las imágenes), se antoja 65 años después como un capítulo de la historia del cine de un universo alternativo.

Astruc no se equivocó en todo caso en su formulación de la ‘camera-stylo’: la cámara será como la estilográfica del escritor, como el pincel del pintor. Se podrá hacer cine en primera persona (incluso autobiográfico), sin necesidad de un equipo de rodaje, en la más absoluta libertad creativa y como sistema expresivo de (auto)conocimiento. Este sueño, esta historia del cine en un universo alternativo, es la que se aventura a proponer León Siminiani, la que propone una película tan audaz y asombrosa como Mapa. Solo por ello, porque toma la forma de un deseo de Godard y una visión de Astruc –aunque el propio filme se vincule desde dentro, con citas explícitas, a Truffaut, a Cassavetes, a Pasolini–, ya debería merecer toda nuestra atención.

Pero las conquistas de Mapa van mucho más allá de haber roto ciertos estigmas en la distribución comercial (no solo española), de haber logrado que un ‘cine del yo’ alcance, hoy, las salas comerciales. Porque Mapa es un diario filmado en vídeo a lo largo de los años y editado en la más estricta soledad, que hibrida con extraordinaria armonía la neurosis cerebral del cine-ensayo con la emoción de una historia romántica, la del propio cineasta, quien se encuentra y se desencuentra, se muestra y se aleja, se confiesa y se esconde en los confines de la pantalla. Siminiani, quien en el terreno del cortometraje –con piezas como Zoom, que actúa como prólogo de la película– ya había articulado su talento para desembrollar su existencia en los márgenes del cine, traza un mapa emocional de los últimos cuatro años de su vida al tiempo que cartografía no pocas pulsiones (y preocupaciones) del cine contemporáneo.

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A partir de un viaje de autodescubrimiento en India que emprende después de perder su trabajo y su novia, Siminiani pone en forma los empeños (éxitos y fracasos) de un cineasta por hacer una película sobre sí mismo sin renunciar a una suerte de relato universal, con el que todo espectador pueda sentirse identificado, conmovido o, al menos, implicado. Escindida en dos partes (el viaje de mochilero a la India y el regreso a Madrid, a un país en crisis y alterado, como el propio Siminiani), negociando entre el control férreo de una estructura (un mapa) y los designios impredecibles de la vida, Mapa se convierte en un discurso sobre su propio método, esto es, en el detallado proceso creativo de hacer un filme: buscar el reparto (la estrella protagonista, es decir, una nueva compañera sentimental), tejer una trama (y qué dificil es tejer el flujo imparable de la propia la vida) y editarlo con formas embaucadoras, astutas, imaginativas, generando el movimiento perpetuo.

Mapa está tomada entonces por el irrefrenable deseo de “vivir en una película”. Vampirizar cine y vida, fabulación y realidad, hasta hacerlos indiscernibles. Inevitablemente, la persona (el cineasta) se convierte en personaje. Las dicotomías a las que se enfrenta Siminani son múltiples, y todas tienen que ver con los límites del control: ¿hasta que punto podemos gobernar el relato de nuestras vidas?, ¿en qué medida podemos discernir un itinerario lógico en su deconstrucción? Puede que en Mapa los motivos de la razón se impongan a los de la emoción (Moravia a Pasolini, según la película), que la necesidad del control impida que los momentos de verdad irrumpan sin constricciones, pero es el sentimiento lúdico, la necesidad cortazariana de emparejar creación y juego, lo que acaba imponiendo su razón de ser y fijando la distancia precisa desde la que practicar el (auto)exorcismo.

Si la premisa de Mapa, un filme tan irónico y amargo como desgarradoramente confesional, pasa por culminar una obsesión amorosa, durante el proceso Siminiani acaba encontrando su verdadero motor de búsqueda: encontrarse a sí mismo. El cine emerge entonces como una fuente de sanación y conocimiento, que no renuncia en ningún caso a ese compromiso adquirido con el público: relatar una historia conmovedora. Y además hacerlo como jamás lo había hecho el cine español. Bravo.

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– Publicado originalmente en El Cultural, en enero de 2013

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