Los juegos de la impostura

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TOMBOY
Tomboy
Céline Sciamma, 2011

El segundo largometraje de la francesa Céline Sciamma transcurre también, como su debut con Naissance des pieuvres, durante los meses de verano en un suburbio parisino. Y también gira en torno a los descubrimientos de la identidad sexual. Si en su debut congregaba a tres adolescentes de 15 años en un equipo femenino de natación sincronizada, en Tomboy retrocede apenas unos años a esa edad prepúber en que los niños parecen estar suspendidos en algún lugar entre géneros, buscando una identidad para sí mismos y una imagen confiada frente a los otros. El centro gravitatorio de la película es Laure o Michäel (Zoé Héran). El primero es su verdadero nombre, el segundo es el que se inventa para hacerse pasar por un niño en la nueva comunidad de vecinos donde se ha mudado con su familia: padre, madre (embarazada) y hermana pequeña. Todos parecen muy felices.

Afortunadamente, la película no siente la necesidad de explicar los motivos del comportamiento de Laure/Michäel, si empieza como un juego que se le va de las manos o si obedece a necesidades más profundas. El interés del film es el de contemplar cómo se forma una bola de nieve que se hace cada vez más grande, y esperar el momento en que se rompa o se derrita. La sensibilidad de Sciamma para manejar los resortes de este pequeño drama familiar, que en consecuencia se niega a escalar al estatuto de tragedia o apelar a falsos dramatismos, se adapta a las exigencias de un relato que no se sale de las zonas de confort, generando las necesarias dosis de interés y complicidad (¿cómo mantendrá su impostura en la piscina?, ¿cómo y de qué modo se derrumbará el castillo de naipes?) en el espectador. La doble vida de Laure/Michael (en casa y fuera de ella) avanza entre el juego infantil (del que acaba participando, cómplice, la hermana pequeña, que abraza la fantasía de tener un hermano mayor que la proteja) y los elementos propios de un relato iniciático, un verano idílico con un primer amor (o algo parecido) de por medio. En cierto modo, la directora propone que veamos la película a través de la mirada de Lisa (Jeanne Disson), la primera de las vecinas a quien conoce Laure/Michäel, quizá ese motivo profundo por el que decide mentir sobre su condición sexual.

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El éxito de las aspiraciones de Tomboy, obvia decirlo, descansa en el acierto de casting, en la condición andrógina de la joven Zoé Héran. De hecho, si Sciamma no decidiera mostrar el cuerpo desnudo de la protagonista en la bañera, en el arranque del film, probablemente seguiríamos dudando de su sexualidad. Si queremos ver en ella a un niño, lo veremos. Si queremos ver a una niña, también. (Aunque el título, que significa “marimacho”, ya pone todas las cartas sobre la mesa). La película es la historia de una mentira que en última instancia apela a los problemas de adaptación social en la conflictiva edad de la pre-adolescencia, y la decisión de Laure parece responder más al oportunismo que a un plan preconcebido. No encontraremos aquí el sórdido artificio de Boys Don’t Cry (1999, Kimberly Pierce), ni tampoco los desafíos genéticos de XXY (2007, Lucía Puenzo), sino un nuevo y tierno relato de educación sentimental y conflictos de identidad pre-púberes, en el que la directora, que al contrario de su protagonista no engaña a nadie, parece decirnos que los roles sociales los ha impuesto la sociedad y no están necesariamente determinados por la condición sexual. Tanto da si hablamos de un niño o una niña, de Laure o de Michäel.

–Publicado originalmente en Sensacine, en abril de 2013

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