Justicia desesperada

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PORFIRIO
Porfirio
Alejandro Landes, 2011

Un hombre llamado Porfirio quedó discapacitado de la cintura a los pies al recibir una bala perdida disparada por un policía, consecuencia del conflicto civil colombiano. Esclavizado a una silla de ruedas, reclamó su derecho de indemnización a un Gobierno ciego, sordo y mudo. Se cansó de esperar lo inesperable, escondió dos granadas en sus pañales y subió a un avión para secuestrarlo. El director de Cocalero (2007), Alejandro Landes, leyó la noticia en un periódico hace seis años: “Hombre discapacitado en pañales secuestra aeronave rumbo a Bogotá”. Quiso conocer al protagonista del suceso, entonces encarcelado. El cineasta tuvo una iluminación. A partir de un guión desarrollado en el Sundance Institute, y con un protagonista de excepción – Porfirio Ramírez Aldana, el hombre que la prensa colombiana había apodado “el aeropirata”–, Landes se propuso replicar la historia empleando los mismos elementos geográficos (la región amazónica de Colombia) y humanos (Porfirio, su hijo y su vecina).

El filme se inscribe así en una interesante intersección entre la intención documental y el relato ficticio, entre la realidad y la imaginación. Paul Greengrass empleó una metodología similar en United 93, donde algunos de los empleados de la torre de control del aeropuerto JFK se interpretaron a sí mismos en una minuciosa reproducción de la cadena de eventos que se produjo ante los secuestros múltiples del aciago 11-S. Pero Porfirio no es un docudrama, ni un filme que opere bajo los códigos genéricos del thriller o el film político. En verdad, el evento noticioso actúa apenas como sustrato y origen de la película, que no apuesta por la dramatización de los hechos, sino por la neutralidad expositiva y la descripción antropológica. Landes no focaliza su atención en el secuestro –que de hecho sólo se produce al final de la película y en fuera de campo–, sino en la existencia diaria –abluciones, ejercicios, higiene, sexo, etc.– de un hombre cuyo mundo se ha visto reducido a las constantes limitaciones de su estado, postrado en una silla de ruedas y completamente dependiente de su hijo (Jarlinsson Ramírez) y de su vecina (Yor Jasbleidy Santos), con quien mantiene relaciones sexuales.

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Rodado en cinemascope, Porfirio atiende a la poética del cuadro quieto y generalmente bajo (a lo Ozu), adoptando la insólita altura del punto de vista del parapléjico, en cuidadas y simétricas composiciones, con el fin de proyectar la relación claustrofóbica que Porfirio (el hombre que se interpreta a sí mismo) mantiene con el mundo que le rodea. El rigor bressoniano en la descripción de su cotidianidad, la cualidad física de las imágenes –la lucha permanente de un hombre con un cuerpo que es incapaz de controlar– y la milimétrica puesta en escena inscriben la película en cierto modelo de cine goloso para festivales de autor –compitió en la Quincena de Realizadores de Cannes–, ese cine surcado de silencios y ritmos dilatados, de una belleza exótica, si bien alimentan de una extraña tensión la rebelión interna y la callada desesperación que va desarrollando el personaje, y que sólo detona al final del relato.

Adquiere entonces Porfirio una dimensión política que apenas había quedado apuntada con anterioridad, mediante una conversación telefónica y la visita a un abogado fantasma. La lucidez del cineasta, que se coloca en todo momento en una posición de observador (con planos cenitales cuando la situación lo requiere), pasa por retratar desde la periferia los gestos de rebeldía de un cuerpo y una vida ultrajados. Lo hace con una insólita clase de asepsia dramática, apelando a la vía inductiva de los relatos que se construyen desde los márgenes, y cuyo ritmo sin duda puede provocar el tedio del espectador acostumbrado a los tiempos cinéticos impuestos por Hollywood, pero que finalmente se antoja tan astuta como penetrante.

Porfirio

– Publicado originalmente en Sensacine, en diciembre de 2011.

 

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