Las edades del amor

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ANTES DE LA MEDIANOCHE
Before Midnight
Richard Linklater, 2013

Los destinos de Jesse y Celine se vieron entrelazados por una discusión conyugal. Fue en el vagón de un tren camino de Viena, hace dieciocho años, en Antes del amanecer (1995). Celine, la jovencísima Julie Delpy, cambiaba de asiento para huir de la furia de un matrimonio alemán manifiestamente hastiado de sí mismo. “¿Habías oído que a medida que las parejas envejecen pierden su habilidad para escucharse?”, le preguntaba a Jesse a modo de presentación. “La naturaleza tiene su forma de permitir que las parejas crezcan juntas sin que lleguen a matarse”, elucubraba el también jovencísimo Ethan Hawke. Era la primera de las muchas conversaciones que, como una marca de estilo en el cine siempre locuaz de Linklater, no solo establecería el sendero dramático y las convulsiones románticas de, llamémosla, su “triología del amor a través del tiempo” (o del tiempo a través del amor), sino que de algún modo definía los espacios intermedios de una relación tan propensa al idealismo como al cinismo.

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Esa relación a través del tiempo ha ido cincelándose en perfecta complicidad con el espectador (quizá con especial significación para quienes comparten generación con los amantes), quien a medida que también cumplía años ha podido recorrer las distintas edades del amor (los veinte, los treinta, los cuarenta) mediante las idas y vueltas, los encuentros y desencuentros, de aquella estudiante francesa y aquel aspirante a escritor norteamericano. Antes del amanecer finalizaba con los espacios vacíos (y encantados) que, en su periplo de veinticuatro horas por las calles y travesías, bares y cafés, parques y plazas de Viena, habían sido testigos de la agitación romántica. Nueve años más tarde, Antes del atardecer arrancaba con los espacios también desocupados que Jesse y Celine (para quienes el tiempo, desde luego, no había pasado en balde) iban a llenar en los siguientes ochenta minutos. Linklater otorgaba así una cualidad casi espiritual a los rincones vienenes y parisinos que, a modo de bisagra, engarzaban ambas películas. Como en las pinturas de Seurat que la pareja contemplaba en una calle de Viena, sus figuras se disolvían en el entorno, apelando a “la transitoriedad de la existencia”.

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Antes del atardecer sumaba a la madurez creativa del cineasta la experiencia de los intérpretes en la piel de sus personajes (la escribieron los tres, como también ahora han escrito Antes de la medianoche), habitándolos con una convicción sin fisuras. “En la primera película aprendí a olvidarme de las poses propias del actor joven, a estar presente para la cámara, a no actuar”, explicaba Hawke. Y en esa forma de “estar presente”, ambos actores se han apropiado por completo de sus personajes, lejos de ser autobiográficos. Narrada prácticamente en tiempo real, el director de Waking Life (título relevante) entregaba con Antes del atardecer una sobrecogedora obra maestra. Esculpía la esencia de un concepto que atraviesa su filmografía entera: filmar el curso inexorable del tiempo, con sus placeres y sinsabores, “despertar la vida” para fijar sus demoliciones. Lo hizo en un rodaje de apenas dos semanas, planificada en escenas largas y sin apenas cortes (el clímax en el coche superaba los siete minutos), que fluían locuaces arrastrando un creciente caudal de tensiones emocionales, desvelando misterios en la hora mágica del crepúsculo parisino, y proponiendo un desenlace tan emotivo como inconcluso. ¿Qué camino tomarían sus vidas tras semejante encrucijada? La respuesta, otros nueve años después.

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Ya se han cumplido. [Y aquí el lector sensato que no haya visto Antes de la medianoche dejará de leer]. Jesse y Celine están juntos, de vacaciones en un escenario idílico del sur del Peloponeso, tienen dos hijas mellizas llamadas Ella y Nina, y sus carreras profesionales son exitosas. Las apariencias dictan que han culminado el reverso luminoso de un sueño imposible, cuando la vida te ha dado una segunda oportunidad y no la has dejado escapar. Pero la coda “vivieron felices y comieron perdices” con la que podía jugar el final semiabierto de Antes del atardecer queda reservado al territorio de las quimeras. El enamoramiento romántico de las dos primeras entregas da paso ahora a una clase de amor más difícil, el que se disputa en la conviviencia y debe negociar con el pasado, con lo que se dejó atrás (especialmente Jesse), improvisando una nueva vida tomada por otra clase de ilusiones y reproches. Escuchemos a Linklater filosofar: “La noción de que el amor está basado en la atracción es bastante reciente en la historia. Ligar el romanticismo adolescente al amor eterno es casi un suicidio. Hasta Espinoza lo recomendaba. Decía que amar románticamente era perseguir la infelicidad”.

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La distancia con que los veintañeros fueron testigos en la primera parte del enfrentamiento conyugal se torna ahora, en Antes de la medionache, en una cercanía inquietante. Ellos también han alcanzado los cuarenta, y aunque desde luego no han perdido su habilidad para escucharse, tampoco son inmunes a los combates verbales y los brotes de amargura. Sentimos su fragilidad, a veces su desesperación. Lo sentimos incluso en esos juegos interpretativos con los que que, divertidos, Jesse y Celine siempre se han comunicado aquello que no pueden decirse directamente (las “falsas” llamadas de teléfono en el café vienés, un dulce vals en el apartamento parisino), que ahora se tiñen de cierto sarcasmo. “Si hay algo esperanzador en la película –sostiene Linklater–, es que hay dos personas que todavía lo están intentando. Aún se comunican, se hacen reír mutuamente cuando pueden, y los vemos juntos en el ring. Tenemos a dos personas que se preocupan por mantener su relación activa, incluso cuando es duro hacerlo”. 

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Una forma de perseverancia cimentada en algo mucho más profundo que el afecto y el respeto, pero que ahora muestra sus grietas y desvela sus inseguridades. El protagonismo de la pareja ya no es completo en Antes de la medianoche, su presencia totalizadora cede espacio, y con enormes resultados, a otros personajes, de manera que los diálogos que estructuran el intercambio de ideas de la trilogía toman también la forma de pobladas conversaciones. Linklater filma una distentida sobremesa intergeneracional de varias parejas –donde queda reflejado que el romanticismo no es permanente ni el amor inmutable– con la ligereza y fluidez de Rohmer, y luego encierra a la pareja en una habitación de hotel para dialogar con las escenas de matrimonio de Bergman.

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Los viajes por Europa de la trilogía han buscado sus semillas precisamente en la modernidad del cine europeo, en permanente diálogo con las huellas del melodrama norteamericano (especialmente con Leo McCarey), y en esta tercera entrega la presencia de Rossellini, con citas explíticas a Te querré siempre (1954), empapa el discurso de una relación amenazada por las ruinas. Cuando los amantes conviven en la intimidad más desnuda de cuantas han protagonizado hasta ahora, un extraño pudor da paso a la crisis, y entonces sí, resurge con toda su evidencia, esa necesidad de “conquistar el tiempo” con que Jesse recitaba al poeta Auden, hace dieciocho años. Cuando todo estaba por hacer y todo podía decirse.

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– Publicado originalmente en El Cultural, en junio de 2013

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