Amor físico, desgarro interior

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LA VIDA DE ADÈLE
La Vie d’Adèle
Abdellatif Kechiche, 2013

A gran parte de los presentes en el Festival de Cannes sorprendió la contundencia y el consenso con que La vida de Adèle sedujo a casi todos los espectadores. Por lo que a este cronista se refiere, tratándose de Abdellatif Kechiche, el entusiasmo era cuanto menos previsible. En sus anteriores largometrajes –La Faut a Voltaire (2001), La escurridiza (2004), Cuscús (2007), Vénus noire (2010)–, no todos ellos estrenados en nuestras salas, el cineasta francés de origen magrebí ya dio muestras de su extraordinario talento para armar relatos de vocación popular pero con un tratamiento profundamente personal y artístico (la magnífica Cus-cús fue un verdadero éxito de taquilla en Francia), así como de la importancia crucial que concede al trabajo de los intérpretes, al cine entendido como la aventura expresiva del cuerpo. Su obra parece responder a una búsqueda en la que el valor de la palabra y de la imagen encuentren su perfecta equivalencia. Inspirada en el cómic de Julie Maroh El azul es un color cálido –quien publicó en su blog personal varias reflexiones controvertidas en torno a sus impresiones del film, como que se trataba de un emotivo relato sobre lesbianas pero realizado sin lesbianas–, la película con la que Kechiche obtenía la Palma de Oro parecía proponer una mirada insólita, hasta entonces nunca vista en el cine, en torno a la naturaleza carnal del deseo en el amor lésbico.

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La vida de Adèle parte de una premisa ordinaria, convencional, de una historia de amor y ruptura mil veces contada, especialmente en el cine francés. Su contenido dramático (organizado en dos capítulos) es incluso esquemático: amor a primera vista, despertar de la sexualidad, pasión física correspondida, convivencia, ruptura y reencuentro. Kechiche solo recoge la estructura del cómic original de Maroh –que es mucho más trágico y mórbido que el film– para a partir de él ofrecer una lección de puesta en escena, de aquello que en definitiva hace grande a una película: la armonía entre idea y representación, o si quieren, entre la escritura, la dirección y la intepretación. En este sentido, estamos frenta a una obra mayor, ciertamente insuperable desde los términos en que está planteada y los resultados que obtiene. Fuera del circuito del cine porno, el sexo entre mujeres nunca se ha filmado con tanta intimidad y explicitud como en La vida de Adèle, con dos largos bloques de sexo que ocupan el corazón de la película y al que a la postre van a dar todas las fugas sentimentales de la relación entre Adèle (Adèle Exachorpoulos) y Emma (Léa Seydoux), de modo que el contenido emocional de la propuesta lo debemos a la vibración, casi la brutalidad física con que director y actrices, mediante un trabajo sublime (no libre de controversias posteriores), trascienden la superficie de la pantalla.

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Se podrá debatir una y mil veces sobre el carácter naturalista o estilizado de las imágenes, sobre el peso específico del cine como arte del simulacro o de la revelación documental, pero lo cierto es que a ese abismo al que se asoma La vida de Adèle, concentrado en el magetismo carnal de sus intérpretes (en una película que discurre esencialmente sobre el deseo y el placer), muy pocos cineastas se han asomado con anterioridad. John Cassavetes y Maurice Pialat (A nuestros amores, 1983) emergen como esenciales piedras de toque a este respecto en el cine de Kechiche. Como ya ha venido revelando en sus trabajos precedentes, la estrategia del cine performativo, concediendo mayor tiempo del habitual a cada secuencia y conjurando así una suerte de estado voyeurístico (en torno al sexo, pero también en torno a la relación amorosa y la vida interior de sus personajes), apela a una clase de cine para el que el plano no basta con ser visto, sino que debe ser trascendido. La vibración de la mirada va más allá de la mera complacencia visual, apela al placer físico, sensorial, que no se ciñe solo a la representación del sexo, sino a la sensualidad de los sentidos, especialmente pregnantes en otras dos largas escenas de contenido “gastronómico”.

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Fue una de las grandes conquistas del cine moderno (Bergman, la Nouvelle Vague, Cassavetes): el despertar del cuerpo en la pantalla cinematográfica. Y a ese linaje se suma Kechiche, como antes lo hicieron Pialat (probablemente el que más lejos lo llevó) o Garrel. Si la irrupción en la pantalla de Brigitte Bardot significó, según Antoine de Baecque, “la conciencia de la visión del cuerpo moderno” –el trayecto que va de Y Dios creó a la mujer (1956, Roger Vadim) a El desprecio (1963, Jean-Luc Godard)–, La vida de Adèle apela a la conciencia masculina de la belleza de ese cuerpo para ofrecernos una mirada sin filtros, poderosamente contemporánea, del sexo lésbico, ese que el cine tradicionalmente ha ocultado por diferentes motivos. Dice Kechiche que ha filmado los encuentros seuxales de sus actrices (a quienes se refiere como “modelos”) como si fueran pinturas clásicas. El film lleva consigo el impulso, y la responsabilidad, de marcar un antes y un después en el potencial de las formas cinematográficas. Sin renunciar a ese placer probablemente perverso que el cine, como arte esencialmente voyeurístico, facilita, el objetivo es tan plausible como perturbador: el amor físico no se diferencia del desagarro interior, el aspecto carnal no puede separarse de los sentimientos. Una película en estado de gracia.

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 Publicado originalmente en Sensacine 

 
 
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